miércoles, 25 de agosto de 2021

'Los que miran el frío' cumple diez años

El concejal de Cultura de Villanueva del Duque, Tomás Ruiz, me pidió una colaboración para la revista de "no feria ni fiestas" de este 2021. Dado que se han cumplido diez años de Los que miran el frío, que tanto le debe a Villanueva del Duque decidí escribir sobre ello. Comparto con vosotros el texto publicado.



El pasado mes de junio se cumplieron diez años de la aparición de Los que miran el frío, que, aparte de ser reconocido con el premio Andalucía de la Crítica a la Ópera Prima, me regaló la satisfacción de cientos de lectores. 

El libro, cuidadosamente editado por Ediciones Espuela de Plata (de la editorial sevillana Renacimiento), es un conjunto unitario formado por nueve relatos ambientados en un pequeño pueblo del norte de Córdoba, Retamal, que fue línea de frente durante los tres años que duró la guerra civil. Bajo este espacio mítico se encuentra, como cualquier vecino puede intuir, Villanueva del Duque, cuyo origen está en un pequeño asentamiento así denominado que los investigadores sitúan en el actual barrio de la Fuente Vieja. Este detalle, en apariencia intrascendente, encierra toda una declaración de intenciones: a la hora de recrear el pasado huyo de visiones edulcoradas y apuesto por la seriedad y el rigor histórico, sin olvidar en ningún momento que estoy creando una obra de ficción, con lo que la información se hilvana como mejor interesa narrativamente, buscando siempre la verosimilitud.

Más allá de la repetición de símbolos, imágenes y motivos, y de la presencia de unos personajes que deambulan por varios cuentos, el auténtico protagonista es el frío, que simboliza la derrota, el dolor y la humillación. Este frío condiciona la mirada de unos personajes que se afanan en sobrevivir un día más en un mundo hostil y los mueve a actuar. 

Aunque se ha escrito muchísimo sobre la guerra civil en Los Pedroches, ningún escritor se ha atrevido a zambullirse en un momento tan doloroso de nuestra historia reciente –salvo la visión dulce que Juan Eslava Galán hace en La mula, novela escrita durante su breve estancia en Pozoblanco, que tiene como protagonista a un acemilero franquista que, al final del conflicto, cruza la línea de frente en busca de su mula y vive una serie de hilarantes peripecias en nuestra sierra-. Como mucho, hay quien ha hecho referencia a algún episodio esporádico que ha pervivido en la memoria colectiva, quien ha escrito algún cuento ocasional o quien se ha ocupado de la posguerra. Ese era uno de los riesgos que asumía: centrarme en esos tres años en los que un frente estático, con ligeras variaciones, dejó terribles historias de supervivencia, de derrota y de sufrimiento; y que el resultado fuese creíble.  

Sin duda, el momento más estudiado y más llamativo literariamente se corresponde con la batalla de Pozoblanco, que tuvo lugar entre marzo y abril de 1937, y cuyos combates más intensos y sangrientos se llevaron a cabo en las calles de Villanueva del Duque y Alcaracejos. Esta batalla fue una de las grandes victorias del ejército republicano y supuso una concentración de fuerzas sin precedentes por parte de ambos bandos; no en vano, sirvió como ensayo de la batalla del Ebro y como banco de pruebas para los tanques y los cazas alemanes e italianos. 

Por supuesto, Los que miran el frío es ficción, pero tiene un importante aporte histórico. En este sentido, hay una ingente labor de documentación que me llevó a leer todas las fuentes escritas disponibles, a caminar por los lugares donde quería situar muchas escenas y, sobre todo, a echar largas horas de agradable conversación con algunas de las personas mayores que sufrieron el enfrentamiento fratricida, quienes contribuyeron a crear la atmósfera de los relatos. Desgraciadamente, ya no están con nosotros ni Benedicto Cabrera Blasco ni Resurrección Quebrajo Fernández ni Josefa Granados Medina, abuela de mi mujer, a quien está dedicado el libro; pero su aliento se percibe en esta reconstrucción de Villanueva del Duque que late en cada página. 

 Con motivo de este artículo, he llevado a cabo el extraño y desasosegante trabajo de relectura de lo publicado y debo confesar que, una década después, aunque me ha costado reconocerme en ciertos momentos, sigo viendo con total nitidez los espacios y personajes que hacen de este libro un instrumento privilegiado para adentrarse en un momento crucial de la historia de nuestro pueblo y de Los Pedroches, en el cual se configuran muchas de las señas de identidad de ambos.   

A continuación, os dejo un fragmento de “Entre líneas”, en el que recreo una historia real encontrada en la prensa de la época: en unos días en que el pueblo fue tomado varias veces por unos y por otros y se luchó casa a casa, cuatro milicianos defendían la posición desde el campanario de la Iglesia de San Mateo con una ametralladora. Cuando los suyos abandonaron la localidad, no pudieron acompañarlos y siguieron disparando durante tres días contra todo lo que se movía. Finalmente, fueron apresados y ejecutados en la plaza para que sirviera de escarmiento a los pocos vecinos que quedaban. 

*****

Al caer la noche, una ametralladora, controlada por un sargento de milicias y tres soldados, recorría desde el campanario lo que quedaba del pueblo, de modo que los organizados batallones rebeldes tenían que moverse casi a gatas entre los cercados y los escombros para sortearla. Los cuatro milicianos escudriñaban el perímetro desolado y disparaban contra cualquier bulto que rompiese las siluetas. En la oscuridad intuían las colinas de Las Chorreras y las sombras de los eucaliptos que anunciaban la estación de Las Viñas, donde se encontraba una batería a las órdenes del capitán Francisco Blanco Pedraza. Él y el coronel Morales eran la única esperanza que les quedaba. Cada vez que la oían rugir por el este se agarraban a la vida. Solo tenían que resistir y esperar a que los suyos volviesen a tomar Retamal. Tenían como misión dificultar el avance de las tropas de Queipo para que no asentase una estructura defensiva y apoyar la entrada de las Brigadas 20 y 25. Habían conseguido que los fascistas retirasen la batería de montaña improvisada en la plaza de Pablo Iglesias para bombardear la colina sobre la que se levantaban la ermita y el camposanto.

-¡Por allí van cuatro fascistas! –dijo uno de los milicianos, que llevaba un casco verde abollado y que, cuando fumaba tabaco de picadura, aspiraba hondo después de dejarse caer el cigarrillo al lado izquierdo de la comisura de los labios. -¡Veréis cómo tumbo a alguno! – Apretó el gatillo dos veces tan seguidas que parecía todo un mismo disparo. Inmediatamente los otros milicianos vieron desplomarse sendos cuerpos y se sucedieron los comentarios eufóricos que les hacía olvidarse, aunque fuese por unos segundos, de la precaria situación en que se encontraban. No tenían escapatoria. Se sentían como las personas mayores que no habían podido salir del pueblo y que, en más de una ocasión, veían ir desde el corral al interior de sus casas o moverse por las ruinas donde antes vivían. 

De los cuatro, tan solo el soldado Bautista, un joven moreno y alto que siempre llevaba el gorro cuartelero doblado sobre el hombro de la camisa, sabía escribir. Aprovechaba las lentas horas del día agazapado entre las rocas para hacerlo, pues cada uno le había pedido una carta de despedida a sus respectivas familias. El más joven, David, un soldado gaditano de apenas 18 años, lo miraba en silencio. Le había encargado una para la novia que no volvería a ver. Nunca se la entregaría; no obstante, pensar que alguien podría dársela cuando él muriese le hacía no desesperar. Si los cogían, siempre que no los matase antes una bomba, los fusilarían y los cuerpos serían arrojados a una fosa, como tantas otras que él había visto; por ello, lo mejor sería que la carta no estuviese con él. Decidió guardarla en la escalera que conducía a la torre, en un hueco que quedaba entre las piedras de la pared. Si alguien la encontraba y la leía, quizá creyera conveniente hacérsela llegar a la auténtica destinataria. 

Bautista escribió tres cartas, sin embargo no tuvo valor para escribir la suya. Se limitó a coger el machete y, mientras el pueblo permanecía en una quebradiza y agónica calma, grabó su nombre y el de su novia sobre la piel de la piedra herida. Al rasgarla lamentaba no haberlos escrito nunca en el tronco de un álamo.

Las cajas de munición se vaciaban con rapidez y no tenían comida. No dormir durante dos noches, paradójicamente, les permitía no tener sueño. El pueblo se iluminaba al ritmo de las explosiones de las bombas, los obuses, los cartuchos de dinamita, las granadas y las ráfagas de ametralladora. Apenas intuían dónde se encontraban los suyos. Los grupos reducidos de dinamiteros, los pelotones de seis o diez soldados que improvisaban un parapeto tras los escombros para intentar controlar una calle y las patrullas que violaban la quietud de los hogares abandonados a la busca de adversarios eran objetivos fáciles para un sargento de milicias y una ametralladora. 

En no pocas ocasiones llegaron a disparar, intencionadamente, contra los que llevaban su mismo uniforme. Se trataba de pequeños grupos de resistencia entre las casas que, al ser sorprendidos por el rival, se rendían para salvar la vida o que, aprovechando el desorden de la lucha casa a casa, querían pasarse al bando contrario.

Los últimos disparos que salieron de la torre con un sentido concreto fueron la noche del 14 de marzo, cuando las brigadas republicanas contraatacaron para hacerse con el control de la carretera de Peñarroya. El día 15, en cambio, tras comprender que los suyos habían dejado Retamal –y a ellos- en manos hostiles, el desánimo se propagó entre los cuatro, que disparaban sin ton ni son, buscando un destello en el horizonte que les permitiese seguir pensando en un mañana, al tiempo que intentaban rechazar, como podían, el asedio al que estaban sometidos.

Al notar que los enemigos estaban en el interior de la iglesia trabaron la vieja puerta de madera que daba acceso al campanario. Eran conscientes de que se trataba de una frágil resistencia que no aguantaría las embestidas. 

-Lo único sensato que podemos hacer es rendirnos –sentenció el sargento-. Apenas nos queda munición. Cuando se den cuenta de que no tenemos balas, entrarán a por nosotros y esa puerta no aguantará mucho.

-Eso nunca. Antes muerto –le repuso uno de los supuestos subordinados-. Si nos rendimos nos fusilarán. Si no quieres defender este puesto, entrégate tú; pero ni yo ni la ametralladora bajaremos de esta torre, si no es con los pies por delante.

David contemplaba la escena. La tensión iba en aumento, hasta el punto de que el sargento tuvo que apuntar a la frente del insubordinado para sofocar el conato de rebeldía. Compartía las palabras del compañero, sin embargo sabía que debía obedecer a un superior. Además, fuese cual fuese su actuación, morirían; por eso callaba y no tomaba partido, mientras su memoria volaba lejos de los despojos. Sin apenas tener tiempo de reaccionar, se vieron rodeados por tres fusiles. Para ellos no había posibilidad de cambiarse de bando. Técnicamente no se habían rendido y, además, habían causado demasiadas bajas al contrario. Solo había una manera de redimir la culpa que habían cometido. Serían un ejemplo para los pocos que quedaban en el pueblo de la justicia de la nueva España.

Tras leer el sufrimiento en los ojos del miliciano anónimo, Elías levantó la mirada hacia la desmochada torre, donde sabía que el próximo febrero no volverían las cigüeñas.  



domingo, 1 de agosto de 2021

'Okaeri', de Eduardo Chivite: Bienvenido a casa


 

“Okaeri”, cuya traducción podría ser “bienvenido a casa”, es la expresión coloquial japonesa que utilizan las personas que viven bajo un mismo techo para dirigirse a quien regresa al hogar. Este es el escueto y significativo título del primer poemario de Eduardo Chivite (Córdoba, 1976), trece años después de la aparición de Sharaija murió con trece años (La Bella Varsovia, 2008), una obra singular e inclasificable en torno a la infancia, en la cual se funden poesía, narrativa y teatro. 

“Okaeri”, por tanto, sería el saludo gozoso y agradecido con que el autor se dirige a una creación que regresa, ahora completa, al espacio íntimo que supone las manos del lector. Pero, al mismo tiempo, le sirve, por un lado, para incardinar su discurso en lo cotidiano -con tal finalidad, acude a un lenguaje sencillo y directo, cargado de sugerencia y de dulzura-; por otro, para situarlo en la esfera de lo personal, pues nace de las circunstancias vitales de quien escribe, con lo que la escritura se convierte en confidencia.

Chivite es uno de esos poetas para los que la poesía es camino y, así, desde los dieciocho años ha coordinado varias actividades culturales que han dinamizado la vida poética de su ciudad y ha publicado en múltiples medios antes de atreverse con el formato libro. No en vano, quien lo conoce desde sus primeros escarceos cae inevitablemente en la tentación de realizar una prescindible labor de arqueología con la intención de localizar los versos o títulos que le son familiares. De hecho, el lector ha podido leer con anterioridad nueve o diez poemas en alguna “plaquette” (Limbo n.º 8), blog (Las afinidades electivas), página web (Biblioteca universitaria de Córdoba), libro colectivo (En pie de paz) o antología (Edad presente, Las Noches del Cangrejo. Poetas en Platea, Antología del beso, Terreno fértil ). De ellos, que apenas hayan sufrido modificaciones tan solo hay dos: “Las hermosas” y “La meditación de Xue Xie”. Lo normal es que el proceso de reescritura haya sido intenso. Así, los hay que únicamente mantienen el título -“Poema para leer en tren”, antes publicado como “Poema de amor para leer en tren”, del que solo permanecen dos versos; “In vino veritas”, del cual sobrevive el título; y “De cómo mi madre nos enseñó a contemplar la muerte”, adelgazado a conciencia-; que han sido desbrozados y pulidos al tiempo que se le han añadido partes completas -“Les mains de Jeanne-Marie”, cuya primera sección, que serían los versos más antiguos, ha sido limada hasta engastarla con los versos más recientes; y “Anotaciones para una futura poética del amor”, amplificación de un poema de tres versos-; que son fusión de varios poemas y conservan el título de uno -“De los efectos de la tristeza” y “Cosas de pájaro”-, e, incluso, que han sido creados a partir de algún verso y no guardan ni el título -”Canción indígena”-.

Este estéril ejercicio filológico no le resta valor al volumen, sino que viene a ratificar la concepción unitaria del mismo, pues aunque recoja textos separados por casi dos décadas, el proceso de revisión, reescritura y corrección ha conseguido dar unidad a un conjunto que corría el riesgo de quedar deslavazado. Dicha unidad se sustenta tanto en el punto de vista que adopta el poeta, cuyos poemas están fuertemente imbricados en sus coordenadas vitales, como en su peculiar mirada, que configura una cosmovisión en la que la infancia y el amor son los ejes de ordenadas y abscisas. 

La infancia deja composiciones tan interesantes como “La casa enterrada” o “Infancia” y llega a imbricarse con la adolescencia, creando un espacio mítico (“Adolescente”) en el que tienen gran importancia la amistad -que se celebra en poemas como “De los efectos de la tristeza” o “De Amicitia”- y la poesía -“Escribir lento” o “Collage”-. Sin embargo, el gran pilar de este territorio es la madre, cuya presencia irradia sobre varios textos, convirtiéndose en la protagonista de “De cómo mi madre nos enseñó a contemplar la muerte”. 

Pero, el tema fundamental de Okaeri es el amor, no en vano está precedido por la explícita dedicatoria “A mi esposa Marta”. La importancia axial del matrimonio le lleva a anteponer el sustantivo “esposa”, que actúa como núcleo del sintagma. En este sentido, son varios los poemas en los que se celebra el amor correspondido y vivido en plenitud: “Los peligros de amar a una lexicógrafa”, “Poema nupcial”, “Mañana de domingo sin paisaje”, “Carta para después de la lluvia”, “Nuestra hija”, donde además late el deseo de ser padre como forma máxima de consumar el amor, o “Canción indígena”. Junto a este amor correspondido, también aparece el idealizado y añorado (“Cosas de pájaro”) y el desengañado y doloroso (“In vino veritas”).  

El tono idílico, mágico y mítico con que la mirada del escritor acomete la recreación del pasado y del presente se sustenta en la propia selección léxica y de las imágenes, pero también en lo oriental, que va más allá del título o de textos como “La meditación de Xue Xie”, “Kangis” o el protocolario haiku impuro que actúa de cierre (“Octubre”), y condiciona su visión del mundo, que indaga en los pequeños detalles para buscar, a partir de ellos, una suerte de trascendencia.

El resultado son veintiocho poemas en prosa, íntimamente trabados -entre los que se intercalan armónicamente diez láminas de Miguel Gómez Losada- que escudriñan la fértil grieta de la que brota el misterio y se mueven entre la inocencia y el asombro, entre la delicadeza y la gratitud, entre la ternura y la celebración.  


Autor: Eduardo Chivite.
Título: Okaeri.
Editorial: Cántico.
Año: 2021.

(Publicado en 'Culturamas', 29 de julio de 2021)


lunes, 28 de junio de 2021

sábado, 12 de junio de 2021

Andrea Alzati, la abrupta sutileza de lo cotidiano

 


Animal doméstico es el debut literario de la mejicana Andrea Alzati (Guanajuato, 1989), autora de otros dos poemarios: Algo tan oscuro que no tiene nombre (2018) y Todos mi quchillos (2019).

El libro, editado en 2017 en su país por Juan Malasuerte Editores, está compuesto por tres secciones asimétricas a través de las cuales la poeta ofrece un itinerario introspectivo desde el paraíso perdido de la infancia hasta la herida presente, sin nostalgia, sabiendo dosificar el dolor para extraer de él la palabra precisa –“volver / a un patio es / volver a / volver a / volver a / volver a / otra casa / donde el aire no deshace la materia”- que, a veces, roza la limpieza de la sentencia: “a cada pájaro lo habita un caos anterior al caos íntimo / del aire”.

La primera parte, que es la columna vertebral del conjunto, lleva por título “Miel” y está compuesta por veintisiete fragmentos en los que, a partir del contacto con los pequeños objetos cotidianos y con los instantes en apariencia banales, el yo poético realiza un viaje interior, en el cual la duda (“un muelle / es una forma / de habitar la indecisión / una forma de saber si movernos / o quedarnos quietos”) y la memoria (“la memoria es un animal silencioso / vive se alimenta / de nosotros”) son los ejes de rotación y traslación de unos poemas en los que fluye la infancia, el primer amor, la familia (los padres, la abuela…), la reivindicación, el perro, las grietas, todo con un lenguaje hondamente simbólico...  Este simbolismo se intensifica en las secciones siguientes: “Huevo” y “Leche”, en las cuales el poema se vuelve más extenso y narrativo. 

Alzati, pues, sabe manejar el ritmo de pensamiento del verso libre, ocasionalmente combinado con un cuidado verso blanco, al tiempo que casa el lenguaje abrupto con la sutileza y lo onírico, para lo que acude tanto a las imágenes como a los símbolos, administrados con habilidad, en una apuesta clara por la sugerencia y la evocación. 



Autora: Andrea Alzati.
Título: Animal doméstico.
Editorial: Ediciones Liliputienses.
Año: 2020


(Publicado en Cuadernos del Sur, 22 de mayo de 2021, p. 8)


martes, 1 de junio de 2021

'Un invierno en mitad del verano'

Desgraciadamente, hay poemas que se repiten y vuelven a ser actuales con una dolorosa cadencia cíclica. Esta aproximación al conflicto entre Israel y Palestina tiene ya dos décadas.


El peso del dolor es idéntico a un lado y otro

de la franja de niebla.

No su geometría ni sus causas.

La textura del odio es idéntica 

y fractura la luz deshabitada 

de los atardeceres. 

No la devastación ni la ignominia.

Las palabras higiénicas nunca sacian la sed,

aunque sean la manta

con que se cubre este fracaso

que no cruza fronteras,

porque la muerte  llega como un invierno en mitad del verano.

(de Los lugares públicos, Córdoba,  1998, corregido y ampliado en 2008)

domingo, 30 de mayo de 2021

Una genealogía femenina


Ni diosa, ni dulce ni serpiente
es el verso de Juana Castro que sirve de título a la más reciente antología de poesía femenina cordobesa, que, según el poeta lucentino Jacob Lorenzo, responsable de la misma, “abarca las inquietudes y el ritmo de la vida poética de nuestras escritoras”. 

El volumen, editado con elegancia y mimo por la Diputación de Córdoba, con una sutil combinación de ahuesado y fucsia oscuro, se abre con dos breves notas introductorias: una firmada por la Diputada de Cultura, Salud Navajas, y otra por el antólogo, titulada “Esta guarida azul no estaba escrita”. Acto seguido, se ofrece la escueta muestra de la producción poética de las treinta y cinco autoras seleccionadas. Cada una de ellas es presentada en una página fucsia oscuro, en la cual aparecen, además de su nombre, una poética, el lugar y la fecha de nacimiento. Tras esta página de presentación, se dispone otra en la que se incluye una reseña biobibliográfica y, por último, dos poemas, que, aunque sepan a poco, sirven, en la mayoría de los casos, para confirmar la talla de múltiples voces conocidas o para dejar la puerta entornada y avivar la curiosidad del lector. 

Este libro supone una piedra más en la construcción y en la reivindicación de una genealogía femenina, que ha sido y es el gran legado de escritoras como la desaparecida Concha Lagos o de las actuales madres de la poesía cordobesa: Juana Castro, Soledad Zurera, Ángeles Mora, Concha García y María Rosal; no en vano, aparece cuando se cumplen veinte años de la publicación de la célebre antología Estirpe en femenino, en la cual Pilar Sanabria reunió a veintiocho poetas cordobesas. De hecho, el propio Lorenzo confiesa que su selección es la continuación de “un camino abierto hace veinte años por la poeta Pilar Sanabria”.

La aparición de cualquier antología suscita suspicacias y elogios a partes desiguales, pues deviene, por definición, en una instantánea parcial e incompleta de la poesía contemporánea y de los gustos, de las inquietudes, de las amistades o de los intereses de la persona que la realiza. Y es, precisamente, esta dimensión la que sirve para calibrar la necesidad o contingencia de la misma, pues el tiempo será el juez implacable de todas y cada una de las decisiones tomadas por el colector.

Jacob Lorenzo lo sabe y en la citada nota inicial reconoce que ha sido “una selección difícil, que ha tenido como referencia el recorrido y la calidad de las obras seleccionadas”. Además de resaltar la dificultad de la empresa, explicita los dos criterios de selección: por un lado, la trayectoria de las poetas; por otro, la calidad de sus obras. La primera pauta parece más objetivable; en la segunda, radica el riesgo innato que asume todo antólogo y su agudeza lectora. 

Sin intención de polemizar, pues no creo que conduzca a ningún lado enredarse en ausencias o presencias, y partiendo del convencimiento de que toda antología es una apuesta personal de quien la firma, llama la atención, además de que no estén cuatro autoras tan significativas como Matilde Cabello, Inmaculada Mengíbar, Elena Medel o María Sánchez, el hecho de que diecinueve de las treinta y cinco mujeres antologadas hayan nacido después de 1978. 

La primera observación puede ser simple contingencia y escapar a lo puramente literario; en cambio, la segunda, aunque es incuestionable que hoy hay más poetas jóvenes que nunca, es una arriesgada apuesta por parte de quien realiza la selección. 

El resultado es un volumen heterogéneo, que nos muestra a treinta y cinco poetas muy dispares, separadas por un arco temporal de 56 años, los que hay entre el nacimiento de Juana Castro (Villanueva de Córdoba, 1945) y Victoria García (Sevilla, 2001). Entre medias, se ofrecen diversos planteamientos éticos y estéticos ante el acto creativo, en la mayoría de los cuales late un innegable componente reivindicativo que, en los casos más destacables, lleva aparejada una inevitable reflexión a partir de la propia praxis poética.

Ahora es el turno de que el lector se demore en los contornos de la fotografía que se le ofrece, en la que hay voces de una altura e intensidad incuestionables junto a ecos, algunos de los cuales aún deben pulir el latido del poema, y se deje llevar más allá de los bordes de la misma para disfrutar de la fértil y compleja realidad poética de la provincia de Córdoba.



Autor: VVAA.
Título: Ni diosa ni dulce ni serpiente.
Editorial: Diputación de Córdoba 
Año: 2020


(Publicado en Cuadernos del Sur, 22 de mayo de 2021, p. 8)


sábado, 15 de mayo de 2021

Catorce exilios voluntarios



La manzana poética, dentro de su colección Poesía, publica una interesante Antología poética del desexilio. Los nautas, que lleva como subtítulo “14 poetas en exilio voluntario”. Según la antóloga,la escritora cordobesa nacida en Baracaldo Mertxe Manso, “la antología presente recoge una generación o grupo poético de nombres que muestran cómo en la actualidad y por otras razones económicas, laborales, personales o profesionales, llevan a una generación joven a exiliarse, esta vez de manera voluntaria y como búsqueda de una mejor situación a la existente en el país”.

Partiendo de la dificultad de aplicar el controvertido marbete de generación a la nómina de escritores recogidos en el volumen, pues entre el mayor y el más joven median 45 años, y de la confusión que puede provocar tanto la resemantización del neologismo “desexilio”, acuñado por Benedetti, al que se despoja de su contenido político, como el sugerente subtítulo de “14 poetas en exilio voluntario”, la antología que nos ocupa corre el riesgo innato de toda selección: su parcialidad. Sin embargo, en dicho peligro radica su valor en la medida en que se convierte en una radiografía más o menos acertada de una parte del panorama poético y, sobre todo, de los gustos, afinidades, inquietudes, intereses o amistades de la persona que hace la recopilación. 

Consciente de ello, Mertxe Manso escribe un prólogo titulado “Los nautas: 14 poetas en exilio voluntario” con la intención de dar respuesta y justificar todas y cada una de las decisiones que ha tomado. En este sentido, comienza reivindicando la necesidad del volumen en la medida en que es “un trabajo de investigación de la migración moderna y que construye un nuevo modelo de autor/a con una poética muy particular, apreciándose un panorama paisajístico y de elementos que difieren de antologías anteriores”. 

Acto seguido, explica el proceso de búsqueda o hallazgo de los catorce poetas a través de las redes sociales. La inmensa mayoría de ellos reside en EEUU (Joaquín Gallego, Irene Gómez Castellano, Pedro Larrea, Marta López Luaces, Ana Merino, Luis Muñoz, María Paz Moreno, Fernando Operé y Fernando Valverde), aunque también los hay que viven en Alemania (Fernando Aramburu o la propia Manso, que residió algunos años en Nuremberg), en Italia (Beatriz Hernanz Angulo), en Francia (Francisco Javier Irazoki) o, incluso, en Japón (Iván Díaz Sancho). 

En cualquier caso, las causas que los han llevado a tomar la decisión de salir de su “patria” han sido muy variadas y van desde lo laboral -los nueve poetas que marcharon a EEUU lo hicieron en busca de unas oportunidades laborales dentro del mundo universitario que no tenían en España- hasta la pasión por una ciudad -Francisco Javier Irazoki-, por una cultura -Iván Díaz Sancho- e, incluso, por una persona -Fernando Aramburu emigró en 1985 a Alemania movido por el amor hacia la joven alemana que, más tarde, se convertiría en su esposa-.

En palabras de la propia Manso, su “objetivo con esta antología es indagar en todas las razones que a los autores nos ha llevado a residir en el extranjero y mostrar una muestra de su quehacer literario y poético, así como la reflexión que los propios autores hacen de su devenir y cambio geográfico”. 

Para ello, además del prólogo, tras la fotografía de cada autor aparece una nota biobibliográfica variable en su extensión, a continuación de la cual se dispone un número de poemas igualmente diferente. Este hecho confiere al volumen un carácter heterogéneo, reforzado por el hecho de que recoge voces desiguales y poéticas muy distintas, entre las cuales apenas hay vasos comunicantes y en las que el exilio voluntario presenta un peso diferente.

Autor: VVAA.
Título: Antología poética del desexilio. Los nautas.
Editorial: La manzana poética 
Año: 2020


(Publicado en Cuadernos del Sur, 8 de mayo de 2021, p. 10)

miércoles, 5 de mayo de 2021

Mirar adentro y conectar con uno mismo

 


El concepto de cuarentena, entendida como instrumento de conocimiento y de regeneración a partir de la repetición de una misma actividad durante cuarenta días, y su conexión con la propia edad del poeta, esa frontera en la que parece obligado hacer balance de dudas y de temblores, son el eje de ordenadas a partir del cual José García Obrero traza su cuarto libro, Tocar arcilla al fondo (La Isla de Siltolá, 2021). 

Las connotaciones de este término en las diferentes tradiciones místicas son coincidentes. Cuarenta días necesitó Buda para librarse completamente de los límites ilusorios del alrededor y comprender la existencia; cuarenta días estuvo orando Moisés en el Monte Sinaí para ser merecedor de las doce tablas; cuarenta días duró el retiro de Jesús en el desierto antes de ser tentado por Satán... 

Lo mismo sucede con el simbolismo del número 40. El 4 representa la realidad sensible, lo concreto, mientras que el 0 es el infinito, lo desconocido. Al unir ambos números se consigue la fusión entre lo que se percibe por los sentidos y lo que nos supera, entre lo manifestado y lo oculto. El nuevo número simboliza, pues, la totalidad y es utilizado como imagen de un tránsito creativo que desvela las múltiples posibilidades escondidas en una persona. No en vano, el diluvio universal, del que nacería un nuevo orden, duró cuarenta días, el tiempo que transcurrió entre la resurrección de Jesús y su ascensión; del mismo modo, siguiendo la tradición islámica, Mahoma tuvo su primera revelación a los cuarenta años, edad en la que, de acuerdo con el Talmud, el ser humano pasa a un nivel de sabiduría superior. 

Según la cábala este número representa los cuatro lados del mundo y cada lado contiene las diez “sefirot”o atributos a través de los cuales el infinito se revela a sí mimo. Por ello, no creo que sea casualidad que García Obrero estructure el volumen en cuatro partes -las mismas en las que se dividen los cuatro Vedas-: “Flor”, construida a partir de la nostalgia de los veranos de la infancia en un pueblo de Córdoba; “Sed”, en la cual la mirada, el silencio y la respiración se acompasan al hilo de las palabras que, como mantra o letanía, intentan acomodar nuestro pensamiento; “Ceniza”, la parte nuclear, donde se aborda la duda de la escritura, que nace cuando “se enciende el pensamiento como un fósforo”; y “Sombra”, en la que afloran las penumbras, las grietas y las contradicciones interiores.

Todas las secciones están compuestas por diez poemas, excepto “Sed”, integrada por siete. Al fracturar la esperada estructura cabalística, el poeta centra el foco de atención en la belleza de lo imperfecto, la grieta de la que brota una poesía en la que la mirada de asombro ante el alrededor es crucial (“es tu mirada al fondo la que arde como una pira funeraria; / todo el paisaje se desploma cada vez que abres los párpados”), y con la que, a partir de un profundo simbolismo, se busca lo primigenio, lo germinal. Así, la memoria, la raíz, el desarraigo y la preocupación por el lenguaje se convierten en los temas nucleares de unos poemas sin concesiones ni fuegos de artificio, que buscan el equilibro entre lo intelectual y el subconsciente, entre lo racional y lo irracional, con la única ayuda del lenguaje, que aspira a iluminar distintos ángulos de unas mismas obsesiones.

Tras La piel es periferia (Visor, 2017; Premio Ciudad de Burgos), José García Obrero vuelve a demostrar que conoce bien la textura del metro, las puertas entreabiertas del misterio (“es tu mirada al fondo la que arde como una pira funeraria; / todo el paisaje se desploma cada vez que abres los párpados”), la extrañeza de lo cotidiano (“cierra el balcón para escuchar adentro / cómo una gota cae / y se desborda el mundo”), la clausura de la herida (“Por eso la clausura cotidiana / deja en el aire surcos de ceniza / mientras crece tu raíz en otro suelo”) y los mimbres de la incertidumbre (“toda certeza el viento la deshace”). 

Con todo ello trama la arquitectura de unos poemas que nos llevan a replantearnos nuestra vida desde una mirada interior y a recuperar un contacto íntimo con la propia esencia, metiendo, así, el dedo en la llaga de una sociedad que, afanada en conocer mejor lo que nos rodea, olvida mirar adentro. La lectura de este libro supone, pues, un viaje a nuestras fosas abisales para intuir nuestras contradicciones, inseguridades, miedos y límites, para volver a conectar con lo más elemental y para sentir la plenitud de escuchar lo que transcurre dentro. Sin prisas.

Autor: José García Obrero
Título: Tocar arcilla al fondo
Editorial: La Isla de Siltolá
Año: 2021


(Publicado en Cuadernos del Sur, 24 de abril de 2021, p. 10)


sábado, 1 de mayo de 2021

Un viaje a la ausencia, 'Anacronía' de Rodríguez Salas

Anacronía supone el debut como poeta de Gerardo Rodríguez Salas (Granada, 1976), profesor de Literatura inglesa en la Universidad de Granada, quien publicó hace tres años una colección de relatos que llevaba por título Hijas de un sueño (Esdrújula Ediciones, 2017); sin embargo, no es el libro de un principiante. Rodríguez Salas conoce bien los cimientos del poema al utilizar el viaje como símbolo de un tránsito existencial hacia la ausencia, como manifiesta en los tres poemas que sirven de pórtico: “Más allá de las nubes / y de los años, / estaba escrito el viaje / con otra pluma, / en otro cuerpo”.

La muerte de su hermano hace veinte años en un accidente de moto es el detonante de esta anacronía o error que consiste en situar algún acontecimiento fuera del instante en que sucedió. El poeta explora esta pérdida (eje sobre el que se construye la primera parte, titulada “Ayer”) a través de un viaje a Nueva Zelanda (motivo sobre el que se levanta la segunda, “Ausencia”) y del regreso a su ciudad natal (protagonista de la tercera sección, “Porvenir”).

No solo se trata, pues, de un viaje físico, sino de un viaje emocional en el cual el yo poético acomete una labor de reconstrucción íntima, una suerte de reconciliación con la vida y con uno mismo, a pesar del dolor (“Aquel día caí / y caigo aún / como aquel niño por las escaleras”).  

Así, tiempo, memoria y viaje se convierten en los coeficientes de una ecuación en la cual la ausencia es la incógnita que vertebra unos poemas donde la reflexión pausada y el lirismo se funden para que brote la escritura serena del dolor, pues “el pasado no es un territorio de nostalgia, sino de catarsis, de reconciliación”, como afirma Teresa Gómez en la acertada nota de la contracubierta. 


Autor: Gerardo Rodríguez Salas 
Título: Anacronía
Editorial: Valparaíso 
Año: 2020  


(Publicado en Cuadernos del Sur, 24 de abril de 2021, p. 10)


domingo, 25 de abril de 2021

'Iluminaciones' apoya a Poetas por el clima, en Paradigma radio.



Comparto con vosotros 'luminaciones',  el poema que abre "Vértices", leído el pasado jueves en el magazine "¡Qué tal! ¿Cómo estamos?", de Paradigma radio, como uno de los firmantes del manifiesto de Poetas por el clima. Vaya desde aquí mi gratitud a Enrique Rodríguez, presentador del programa.

'Iluminaciones'

lunes, 19 de abril de 2021

En "Once maneras de mirar un microrrelato"

 

La asociación Mucho Cuento, con la colaboración de la Escuela de Artes Mateo Inurria, ha inaugurado en la sede de la Fundación Gala la exposición colectiva "Once maneras de mirar un microrrelato", donde palabra e ilustraciones se funden.

Es un placer compartir espacio con autores como Pilar Adón, Inés Mendoza, Rafael Mir, Isabel Leña, Victoria Quiles, María José Lucena Flores, Emilio I. García Criado, Manoli Requena Gutiérrez, Manuel A. Jiménez y Rafael Sillero Fresno. 

Asimismo, es una satisfacción  que un micro mío sea ilustrado por Isabel Carrera Ruiz. Gracias, desde aquí, a los alumnos y alumnas de la Escuela de Artes Mateo Inurria y a sus profesoras, Sara Moyano y Estefanía Muñoz. Vaya también mi gratitud para la asociacion Mucho Cuento, por la labor que lleva a cabo en la divulgación del cuento y del microcuento, y por contar conmigo para este magnífico proyecto.







lunes, 12 de abril de 2021

Parquedad y exuberancia del aforismo: 'Desajustes' e 'Impertérrito pluscuamperfecto'


La velocidad y la inmediatez, instauradas por la sociedad actual como principios rectores de nuestras relaciones sociales y de unos hábitos de consumo en red, determinan el auge de los aforismos, de los haikus y de los microrrelatos, tres géneros distintos que, más allá de compartir el culto al instante y a la brevedad,  han de albergar, en su concisión y en su precisión, un pensamiento capaz de activar la inteligencia del lector a través de la emoción.

Tal vez la Isla de Siltolá sea la editorial que más está contribuyendo a la difusión de este género híbrido en boga con la creación del Premio de aforismos La Isla de Siltolá y, sobre todo, con una interesantísima colección en la que, de momento, se han publicado una cuarentena de títulos, entre ellos los dos que nos ocupan: Desajustes, de Benito Romero, e Impertérrito pluscuamperfecto, de Miguel Agudo Orozco.

Ambos autores son licenciados en Filosofía y eso, obviamente, se nota en su mirada perpleja ante lo cotidiano y ante las grietas y contradicciones que nos definen y sobre las que se sustenta el mundo en que vivimos. El rumor y el desconsuelo provocados por esta constatación y su aceptación solo pueden ser abordados desde la ironía y la concisión expresiva, en el caso de Romero, y, desde la ironía y el humor, en el de Agudo Orozco. 

Benito Romero nació en Santa Cruz de Tenerife en 1983 y ha publicado dos libros de aforismos Horizontes circulares (Ediciones Trea, 2018), con el que obtuvo el Premio AdA de los lectores, y Desajustes, que le ha valido el II Premio de aforismos La Isla de Siltolá, además de numerosos artículos y reseñas sobre cine y textos de creación en diversas revistas, suplementos, blogs y webs. 

Los parcos y sobrios aforismos de Desajustes se sitúan, en palabras de Jordi Doce, quien firma una precisa nota en la contraportada, “lejos de la cursilería de la máxima o la redondez autocomplaciente de los juegos de ingenio, tan comunes en nuestra tradición, Benito Romero busca el hachazo de la brevedad, la concisión fulgurante que sabe sorprenderse incluso a sí misma”.  En los más conseguidos, aquellos de tema cultural, metafísico y metaliterario destacan la precisión sintáctica y la inteligente selección léxica (“El poeta obsesionado con los adjetivos rara vez emplea el apropiado”, “En filosofía la errata es una pésima argumentación” o “La verdad de cada uno no es superior ni inferior a la del resto, pero sí posee más calorías”), que no están reñidos con la ironía y el humor ( “Los ilustres mentores son fábricas de limpiabotas”, “Contaba los segundos para abrazar ese momento en que la alegría consistiera en evacuar sin dificultades y con regularidad” o “Durante la cópula escudriñaba con insistencia los preámbulos de la exactitud”).

La seca y equilibrada arquitectura de Romero contrasta con la exuberancia verbal y el despliegue lingüístico de Agudo Orozco, ingenio, agudeza, perspicacia, sutileza, intensidad, aguijonazo en estado puro. 

Miguel Agudo Orozco, nacido en Tarragona en 1976, ha publicado cuatro libros, todos ellos en La Isla de Siltolá: dos de poesía -Cuando Herodes la tierra (2009) y Amorexia (2014)- y dos de “parapensares”, afortunado neologismo con el que se refiere a estos pensamientos breves en prosa: Parapensares (2017) e Impertérrito pluscuamperfecto (2020); asimismo, cultiva el collage digital y la poesía visual, habiendo participado en varias exposiciones colectivas.

Los aforismos de Agudo Orozco son fruto del maridaje de lo observado y de su propia concepción del mundo, todo con un profundo sentido del humor y con un escepticismo que le permiten poner el dedo en la llaga, sin dogmatismos. Para ello, el autor afincado en Baeza utiliza continuas resemantizaciones de frases hechas (“Cuando las barbaridades de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar”), sentencias o máximas (“Conócete a ti mismo y no hables con desconocidos” o “Dios bendice la clonación: creced y multiplicaos”), axiomas (“Tu sonrisa es la distancia más dulce entre dos puntos”) o, incluso, fragmentos de canciones (“Si tú me dices ven, lo jode todo”), utilizados en un contexto distinto al habitual; crea insólitos neologismos (“Los poemas malos son catástrofas” o  “ Quien escribe invectivas lo hace con boligarfio”); emplea el calambur (“En realidad, la máxima latina decía: carpe diem y carpe tazo”); la dilogía; la paranomasia (“De las verdades del barquero a las postverdades del banquero”), sobre todo, “in absentia”, en la que el parónimo que no está es connotado por otra palabra desde el plano del significado y desde el plano del contenido (“Microrrelato escatológico: Érase una hez” o “La realidad supura la ficción”); los anagramas (“Parásito: tó para sí”); los quiasmos; e, incluso, varias figuras a la vez “Di vida y vencerás”, donde el calambur y la paranomasia “in absentia” se funden con maestría.

Este derroche de ingenio, que un lector apresurado podría tildar de frívolo e impertinente, está sustentado sobre una mirada reflexiva de gran intensidad, que hace de estos parapensares un deleite para los sentidos y para la inteligencia.




Autor: Benito Romero 
Título: Desajustes
Editorial: La Isla de Siltolá
Año: 2020  

Autor: Miguel Agudo Orozco
Título: Impertérrito pluscuamperfecto 
Editorial: La Isla de Siltolá
Año: 2020  


(Publicado en Cuadernos del Sur, 10 de abril de 2021, p. 6)


jueves, 25 de marzo de 2021

Hermetismo testamentario, 'Despedida' de Cees Nooteboom



Despedida. Poema en tiempos del virus es el último poemario del poeta, novelista, ensayista, traductor y crítico de arte neerlandés Cees Nooteboom (La Haya, 1933), una de las voces más reconocidas de la actual poesía europea, habitual en las quinielas del Premio Nobel.

Traducido por Isabel-Clara Lorda Vidal, el libro está concebido como un solo poema estructurado en tres movimientos, cada uno compuesto por once fragmentos -tanto unos como otros están titulados, lacónicamente, con números romanos-, y supone un nuevo intento de conciliar el ser y la apariencia en una búsqueda continua de la propia identidad.

En este proceso de construcción austero y sustancial juega un papel crucial la mirada, que, en un irrenunciable juego de perspectivas, oscila entre el exterior y el interior. Esta mirada esencial, que agradece todo lo recibido, implica una palabra frugal y contenida, dando lugar a un hermetismo nacido de lo cotidiano que busca, a través de la sugerencia de la imagen precisa, reflexionar acerca de la esencia de las cosas y del silencio y retiro necesarios para el autoconocimiento.

El germen de este libro de plenitud está, como el propio autor confiesa en el prólogo inicial, en un jardín, con la descripción de unas plantas mediterráneas, pero, inmediatamente, la memoria fractura las coordenadas espacio-temporales y vuela hacia las cicatrices de la guerra -la muerte de su padre y la reducción a escombros de su casa en La Haya a causa de los bombardeos- y la desolación de los años siguientes. En la segunda sección, el poeta ahonda tanto en la memoria como en la nostalgia y el sentimiento de pérdida producido a nivel mundial con la aparición del coronavirus, el derrumbamiento del mundo tal como era concebido hasta el momento y la incertidumbre y el miedo como principios que rigen la vida cotidiana de las personas. En la tercera, en cambio, se plantea, a través de la imagen del mar, que es concebido como origen y término, el eterno dilema de nuestra frágil existencia.

El conjunto, adquiere, de este modo, cierto tono testamentario. El yo poético siente la cercanía del final de un viaje geográfico, físico y existencial: “aquí me despido de mí mismo / y lentamente me trasmuto en / nadie”.

Autor: Cees Nooteboom
Título: Despedida
Editorial: Visor
Año: 2020  


(Publicado en Cuadernos del Sur, 13 de marzo de 2021, p. 11)

martes, 23 de marzo de 2021

Antonio Machado: palabra abierta al otro


Palabra en el tiempo es el esencial título de la antología poética de Antonio Machado que ha editado Poéticas Ediciones, la nueva editorial malagueña que, bajo el lema “Una nueva defensa de la poesía”, está rescatando a algunos de los poetas imprescindibles de la literatura universal en cuidadas ediciones a cargo de investigadores, expertos y críticos literarios de reconocido prestigio.

La que nos ocupa está firmada por Francisco Morales Lomas, presidente de la Asociación Internacional Humanismo Solidario, quien, además, es el responsable de la selección de los poemas y de un interesante prólogo programático -“La poesía intemporal de Antonio Machado, un poeta para la historia”-, que articula en dos partes: “La poética machadiana. Un hombre para el tiempo”, en la cual aborda el necesario andamiaje conceptual sobre el que se levanta su poesía -como dijo el autor, “todo poeta debe crearse una metafísica que no necesita exponer, pero que ha de hallarse implícita en su obra”-, y “Un escritor para el reencuentro. Un escritor para la historia. La influencia de Machado en los siglos XX y XXI”, donde analiza la influencia y admiración que ha despertado tanto su figura como su obra poética. 

A partir de la definición que Juan de Mairena hace de la poesía como “diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo”, el poeta sevillano apuntala una obra poética al margen de las vanguardias y de la poesía pura, que conecta con el pensamiento de María Zambrano. Este tiempo al que hace referencia su heterónimo no es exclusivo del yo, sino que es un ámbito en el que convive con el otro. No existe, pues, un yo atemporal, al margen de la realidad inmediata, sino que el ser humano está ligado al momento histórico que le ha tocado vivir y, por tanto, no puede escribir sin tener en cuenta las coordenadas espacio-temporales en que discurre su existencia y, obviamente, la del lector. 

En este proceso, el creador debe buscar la esencialidad tanto en el tratamiento del tema como en el uso del metro y de la palabra, intentando poner el lenguaje poético al servicio de la vida y abriendo el discurso, inevitablemente, a la otredad. Así, la escritura deviene en un acto performativo que ha de nacer de la complejidad poliédrica del yo y de sus circunstancias para hundir sus raíces en el otro y, a partir de él, sondear las grietas y fisuras propias. Aquí es donde radica la verdad y honestidad de un discurso que funde ética y estética, y que se revela como la única vía posible para que el escritor deje de ser un lujo y devenga en una necesidad, comprometido ideológica y socialmente con los demás en la medida en que apuesta por un discurso rehumanizador que toma conciencia de la realidad al tiempo que ubica al ser humano en el centro de la misma, convirtiéndolo en la materia principal de una creación artística que aspira a reconquistar la dignidad del compromiso colectivo. 

La antología, pues, aparte de ser una magnífica ocasión para releer a nuestro poeta más importante del siglo XX, presenta el interés de ofrecer una radiografía del gusto lector del antólogo y de ser una reivindicación sin ambages de uno de los pilares fundamentales sobre los que se sustenta el humanismo solidario, movimiento que, en palabras de Morales Lomas, “parte de algunas ideas que han hecho de la poesía de Antonio Machado un engarce perfecto para lo que se avecina en el siglo XXI en torno a conceptos como alteridad y otredad, la hermenéutica del sujeto y el solipsismo, la interpretación de la recepción de la obra poética, el nuevo modelo de ética y compromiso en la obra literaria, las relaciones entre el objeto literario y el sujeto”.



Autor: Antonio Machado
Título: Palabra en el tiempo. Antología poética.
Editorial: Poéticas Ediciones
Año: 2020  


(Publicado en Cuadernos del Sur, 13 de marzo de 2021, p. 11)

domingo, 21 de marzo de 2021

Día Internacional de la Poesía

La librería 17 Pueblos ha preparado un vídeo para celebrar el Día Internacional de la Poesía, en el cual recitan algunos poetas de Los Pedroches. Es para mí un orgullo compartir espacio con muchas amigas y algunos amigos como Juana Castro, Conrado Castilla, María Pizarro, Raquel Gil, Araceli Fernández, Yolanda López, Pilar Cámara,  Ana Castro y Juan Serrano.
Gracias a Pedro de La Fuente e Isabel Fernández por invitarme a esta magnífica iniciativa.



Otro amigo me envía una fotografía de un collage que han preparado en la Biblioteca Pública de Córdoba,  donde curiosamente seleccionan el mismo poema que he leído para los amigos de 17 Pueblos, "10 de septiembre de 2010". Mi gratitud también para los trabajadores de la Biblioteca Pública, especialmente para Antonio Luis Ginés. 



lunes, 15 de marzo de 2021

Dos poemas en 'small blue library'


Feliz y agradecido a José Luis Morante por la confianza depositada en mi obra y por contar conmigo en esta selección de poesía española que ha hecho para la revista mexicana small blue library, que dirige el poeta Mario Urquiza Montemayor. 

Para la ocasión leo "Frente al árbol" y "Mientras dormís, yo escribo", ambos de Vértices.

lunes, 8 de marzo de 2021

'Palimpsesto', un poema de 'Vértices'

Por todas ellas y para todas ellas, este poema de Vértices.


PALIMPSESTO


Una niña coloca las manos en la nieve.

La nieve lava el mundo

y escribirla es origen como ausencia.

Las huellas se endurecen con el frío.

Son parte de la nieve; son parte de la niña,

que aguanta la caída vertical

de pequeños hexágonos

irregulares.

Me mira y me sonríe.

Agacha la cabeza y se quita los guantes.

Extendidas las palmas, aprieta con más fuerza,

buscando la profunda exactitud

de lo que no se borra.


Disfruta de lo efímero.

Vivir es compartir un zeugma

y no emplear palabras connotadas.

Ella es el punto de regreso

a un universo anterior al lenguaje. 


domingo, 7 de marzo de 2021

La maternidad como lucha y cuestionamiento


En su apuesta por difundir algunas de las voces más interesantes de la actual poesía hispanoamericana, Ediciones Liliputienses publica en nuestro país La escuela, el castillo, de la poeta argentina Tamara Domenech (La Plata, 1976), editado hace dos años en su país natal por la editorial El Ojo del Mármol.

El volumen, compuesto por ciento diez poemas escritos durante el año 2015, se estructura en once fotogramas de diez historias protagonizadas por otras tantas mujeres que comparten inquietudes, frustraciones, anhelos, necesidades y afectos mientras esperan a sus hijos a la puerta del colegio, en unas conversaciones teñidas de urgencia y cotidianidad.

Estas madres aparecen dibujadas de manera impresionista: el inconformismo visceral, la irrenunciable integridad, las grietas inconfesables, los vacíos sentimentales, las derrotas íntimas, la necesidad de tener una casa propia, la urgencia de disfrutar de más tiempo libre, los trabajos que se deben combinar para llegar a fin de mes, las horas dormidas, la comida y el baño de los niños o el tiempo detenido después de acostarlos. 

Cada retrato se completa con un verso directo y descarnado, polifónico y transparente, que evita edulcoraciones y pretende invitar a la acción al lector, quien no puede quedar impasible ante un discurso honesto y cargado de verdad, en el que la maternidad no es concebida solo como un deseo sino como una lucha, como un cuestionamiento del mundo en que vivimos y como una ruptura de la comodidad en la que encorsetamos nuestra vida en un estéril intento de hacerla más cómoda y habitable, intentando anular las variables y la incertidumbre sobre las que se levanta cualquier existencia.

Autora: Tamara Domenech
Título: La escuela, el castillo
Editorial: Ediciones Liliputienses
Año: 2020  


(Publicado en Cuadernos del Sur, 27 de febrero de 2021, p. 11)



viernes, 26 de febrero de 2021

La pérdida del padre: "Da dolor", de Pilar Adón


“Mi padre me llamaba Pilu. / Mi madre, ratona. / Aunque ellos no se acuerden”. Estos versos, que cierran el poema inicial de Da dolor, el último poemario de la escritora madrileña Pilar Adón, marcan el tono y la perspectiva de todo el volumen.

La palabra autobiográfica y directa y el verso desnudo y sangrante pretenden “preservar lo vivido del tiempo que todo lo borra”. Así, los veintisiete poemas que zarandean al lector con contundencia están construidos a partir de la inestabilidad de lo que se creía firme, de la memoria y del dolor por la pérdida del padre. Los cuidados y la incertidumbre presentes se funden con la memoria, con la infancia y con la familia, pues la vida es concebida como una sucesión de generaciones, dejando versos tan desgarrados y contundentes como “mi padre es más hijo que yo”.

Solo desde este dolor extremo se explica el simbolismo de una naturaleza agreste y salvaje que sirve, al mismo tiempo, para reconciliar a la mujer con la aspereza de un mundo injusto, en el que hay que seguir reivindicando un ámbito de encuentro igualitario, cuestionando los roles de género heredados. 

Pero, por encima de la reivindicación de una mujer que se convierte en la voz de todas las demás mujeres, se impone la certeza de que tras la pérdida todo es vacío y desolación. Para reflejar tal desgarro, Adón acude a la palabra abisal, que ilumina las regiones en sombra de nuestro interior, ofreciendo un libro escrito desde las entrañas de un yo irrenunciablemente femenino, con sus contradicciones y sus miedos, con sus grietas y sus abismos, con sus fortalezas y sus fragilidades.


Autora: Pilar Adón
Título: Da dolor
Editorial: La Bella Varsovia
Año: 2020  


(Publicado en Cuadernos del Sur, 30 de enero de 2021, p. 10)

sábado, 13 de febrero de 2021

Redefinir la identidad


La editorial Cántico, dentro de su colección Palabra de mujer, publica Cómo decir deseo, el segundo poemario de Salvadora Drôme (Montélimar, 1963), tras Poesía sociable (Fundación María del Villar, 1997), por el que obtuvo el Premio de Poesía María del Villar. A ellos habría que añadir las novelas El rumor (Editorial Germanía, 2001) y Marcel (Puntoreklamo, 2008), y la obra de teatro Por fin Antígona, con la que consiguió el Premio de Creación de la Diputación de Córdoba.

Se trata de un libro que aborda y cuestiona el concepto de identidad, tal como lo ha definido el patriarcado, resemantizándolo desde el prisma de un amor -y, por consiguiente, del deseo y de la sexualidad- que es concebido como vía de autoconocimiento.

El conjunto se estructura en dos partes desiguales que corresponden a dos momentos vitales y a dos impulsos creativos distintos -”Cómo decir deseo” y “La confusión de los géneros”-, además de un prólogo y de un interludio en el que la propia poeta intenta justificar la estructura y cómo la primera sección nace a partir de la segunda.

Los doce poemas iniciales, titulados lacónicamente con números romanos, son los más conseguidos. En ellos la palabra se adelgaza y se hace más directa y cercana, las imágenes se vuelven más sensuales y sugerentes y el verso amplía horizontes, buscando la cadencia de una conversación a media voz, fundiendo con acierto un inevitable tono autobiográfico y un culturalismo posmoderno con cimientos grecolatinos y franceses. 

El libro, pues, es un canto de celebración de la vida; de la felicidad; de un amor que, desde lo prohibido y la semiclandestinidad, logra hacerse visible; y de la plenitud en otro cuerpo irrenunciablemente femenino.


Autora: Salvadora Drôme
Título: Cómo decir deseo
Editorial: Cántico 
Año: 2020



(Publicado en Cuadernos del Sur, 30 de enero de 2021, p. 10)



miércoles, 10 de febrero de 2021

El intimismo comprometido de Manuel Rico



Manuel Rico (Madrid, 1952) es autor de seis libros de poesía: Poco importa romper con las alondras (1980), El vuelo liberado (1986), Papeles incendiados (1991), El muro transparente (1992), Quebrada luz (1997), La densidad de los espejos (1991), Donde nunca hubo ángeles (2003), Las viejas estaciones invernales (2006), Fugitiva ciudad (2012) y Los días extraños  (2015). De su poesía han aparecido las antologías Monólogo del entreacto, 100 poemas (2007), Versiones del invierno (2007) y Lugares propicios (2015).

Asimismo, ha publicado once novelas, entre las cuales destacan El lento adiós de los tranvías (1992), Una mirada oblicua (1995), Los días de Eisenhower (2002), Trenes en la niebla (2005) y Un extraño viajero (2016); varios ensayos; múltiples ediciones críticas, y numerosos artículos. Ejerce la crítica literaria en Babelia desde 1997 y dirige la colección de poesía Bartleby Editores desde 1999. Desde 2015 preside la Asociación Colegial de Escritores (ACE).

Comprometido con la justicia social, militó en el Partido Comunista y fue diputado en la primera legislatura de la Asamblea de Madrid, incorporándose al PSOE en 1995.


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En la “Poética” escrita para la Antología de la poesía española publicada por Gerardo Diego en 1931, Antonio Machado definió la poesía como “la palabra esencial en el tiempo”. Más allá de la aparente obviedad, la expresión machadiana encierra un enigma difícil de sondear. Consciente de ello, el poeta sevillano, de la mano de Juan de Mairena, la perfila al sentenciar que “la poesía es el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo”. La materia a partir de la que el poeta crea es, por tanto, su propia interioridad y las coordenadas espacio-temporales en las que tiene lugar su existencia y de las que no puede abstraerse; por tanto, todo escritor ha de tener conciencia del tiempo histórico que le ha tocado vivir y ha de establecer una compleja relación dialógica con él.  

El poeta, narrador y crítico literario Manuel Rico bien lo sabe y, de hecho, su poesía nace de la mirada crítica hacia la realidad, en un ejercicio continuo de observación y de indagación en los principios que determinan la relación del yo con el entorno. No obstante, prefiere matizar y no referirse a la poesía de manera abstracta, sino a su concreción, el poema, un artefacto construido con el lenguaje que debe dejar constancia del tiempo histórico del poeta, pero que, al mismo tiempo, dinamita los límites espacio-temporales para adquirir nuevos significados y producir una honda emoción en el lector o, en palabras del autor, intenta “atrapar el tiempo, reelaborarlo mediante la palabra, y entregárselo a los lectores para que a su vez lo gocen y lo reinterpreten de acuerdo con su propia experiencia”.

El tiempo se convierte, de este modo, en el eje central de toda la poesía de  Rico, como él mismo declara con el título de su más reciente antología Tiempo salvado del tiempo (Antología 1980-2018), editada con mimo por la editorial madrileña El sastre de Apollinaire dentro de su colección Poesía. En ella se compendian casi cuarenta años de creación destilados en cincuenta y cuatro poemas pertenecientes a los diez libros publicados más dos de otro aún inédito. El volumen se completa con un interesantísimo prólogo de la filóloga y escritora Fanny Rubio, que lleva por título “Confidencia en la casa de la memoria de Manuel Rico”, y con un acertado epílogo del propio autor: “El sentido del poema”.

Este epílogo, convenientemente situado para no dificultar la lectura, es una legítima declaración de intenciones que puede servir de cuaderno de bitácora al lector curioso para revisitar la obra del escritor madrileño. En él Rico afirma que el tiempo es un constucto que el hombre percibe a través de los “objetos, de lugares, de sueños, de deseos, de frustraciones, de incertidumbres, de sentimientos, de estados de conciencia” y, por tanto, “solo existe cuando la palabra, sobre el papel en blanco, nos lo hace visible”.

Como en cualquier selección, el poeta elige aquellos textos en los que se reconoce con mayor claridad. No en vano, de su primer libro, Poco importa romper con la alondras (Madrid, Endymion, 1980), tan solo se incluye un poema y, según él mismo declara, se encuentra reescrito en su práctica totalidad. Ya en su segundo poemario, El vuelo liberado (Madrid, Endymion, 1986), percibido el agotamiento del culturalismo, reivindica la memoria íntima, que no puede entenderse sin una memoria colectiva, con lo que el poema deviene en testimonio de “experiencias vividas en los tiempos últimos de la dictadura”. Este mismo eje articula Papeles inciertos (San Sebastián, Kutxa, 1990; Premio Ciudad de Irún). En El muro transparente (Madrid, Libertarias, 1992), en cambio, gana “espacio la reflexión metapoética, la búsqueda, a través de la palabra, de un ‘estado de conciencia’ respecto a la realidad”. En Quebrada luz  (Ferrol, 1996; Premio Esquío), con el que se cierra una etapa inicial, profundiza en lo metapoético e insiste en los “vínculos con la memoria, con la capacidad de evocación de todo poema”. 

La madurez llega con La densidad de los espejos (Huelva, Diputación Provincial, 1997; Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez) y, sobre todo, con Donde nunca hubo ángeles (Madrid, Visor, 2003), en los cuales el autor incorpora la historia al texto poético, “filtrada por mi historia, metabolizada por mi experiencia y por mi memoria y sometida a una labor de rescate mediante el lenguaje”. Dicho libro inaugura un camino que transitará con acierto en De viejas estaciones invernales (2006) y, muy especialmente, en sus dos poemarios más destacados: Fugitiva ciudad (Madrid, Hiperión, 2012; Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández) y Los días extraños (Granada, Valparaíso, 2015). En palabras de Fanny Rubio, la poesía de Manuel Rico “aloja una memoria poética en su doble función presidida por un lenguaje narrativo que aporta realidad exterior, relativa a lugares y seres imborrables de su biografía, y realidad imaginaria, que remite a su tiempo personal y a su mundo de imágenes borrosas que le llegan del fondo del espejo de la infancia”.

El poeta, pues, utiliza un lenguaje eminentemente narrativo, en el que el lirismo contenido aflora a través de una eficaz adjetivación y de unas imágenes sencillas en su rotundidad y en su sugerencia. El empleo de un cuidado verso blanco se adapta al pretendido tono narrativo que, en los poemas más intensos, deviene en confesión a media voz y adopta un delicado y sutil tono elegíaco al evocar la infancia, la juventud, los familiares y amigos ya fallecidos. De este modo, consigue fundir la memoria y la experiencia personales con el testimonio de un espacio y de un tiempo concretos, ya sea la injusticia de la sociedad de la infancia y de la juventud del poeta o las inevitables grietas de hoy. Y lo hace sin fáciles edulcoraciones, escudriñando las diversas fisuras con una palabra precisa y exacta, libre de dogmatismos y de certezas miopes, íntegra y solidaria, capaz de construir puentes.


Autor: Manuel Rico
Título: Tiempo salvado del tiempo 
Editorial: El sastre de Apollinaire
Año: 2020



(Publicado en Cuadernos del Sur, 30 de enero de 2021, p. 5)



lunes, 8 de febrero de 2021

En "Versos en Al-Ándalus"



Agradezco a los amigos de Poesía "Versos en Al-Ándalus", en especial a José Luis Clavero, que me invitasen a leer algunos versos para su página de Facebook (la pandemia obligó a anular una lectura con ellos en mayo). Comparto con vosotros este vídeo que publicaron el pasado 30 de enero y en el que repaso cinco poemas de Vértices.


jueves, 4 de febrero de 2021

"A las estrellas lo inmeso", de Hugo Mujica: la inmensidad de lo frágil.


Cada libro de Hugo Mujica (Avellaneda, 1942) supone un acto de lúcida rebeldía contra los cimientos heridos del pensamiento dominante en nuestra caduca sociedad occidental. El prodigio de su discurso, que concibe la creación como un proceso de ahondamiento en unos mismos pilares éticos y estéticos, se produce en la fértil frontera entre la exactitud de una mirada contemplativa, que busca la inmensidad esencial de lo pequeño, y la desnudez concisa de una palabra en la que, de manera sutil, se aúnan pensamiento y emoción para celebrar la vida, en su belleza y en su fragilidad: “Todo es principio y fin/y no hay un todo;/hay este ya/que tiembla/su ahora y nunca otro/hay este abrazar la vida/mientras nos besa/la muerte”.

En este sentido, Vicente Gallego, quien firma una lúcida contraportada, mantiene que “Hugo vislumbra y canta el misterio de lo eternamente naciente”. No en vano, para el poeta no hay más realidad que lo que nos rodea, el alrededor, lo que florece aquí y ahora, por donde el yo merodea hasta saberse parte de él y  encontrar su canto en la desnudez y en el silencio: “De una misma/transparencia/la lluvia y el río sobre/el que cae:/desnudos de lo que somos/no hay nada que no/seamos”. Este canto deviene, pues, celebración del instante, de la vida: “Vi la vida latiendo/y brotaban flores;/la vi y no hubo saber:/hay el brotarse flores”.

Semejante concepción inmanentista le da a su poesía una dimensión sagrada, con lo que antes de entrar en el poema se revela necesario un acto de recogimiento que, por un lado, le permita al lector luchar contra las distracciones exteriores e interiores y, por otro, le ofrezca una suerte de integración en sí mismo. De ahí, la característica disposición tipográfica de sus versos en la parte inferior de la página, tras un vacío creador en el que se imbrican soledad, silencio, meditación, clausura y palabra, con lo que escritura y lectura devienen sendos actos transformadores tanto para el poeta como para un lector que no puede ni debe regresar idéntico después de adentrarse en la parquedad léxica y en la sobriedad y exactitud de unos versos caracterizados por una concisión expresiva extrema, que refuerza la emoción al tiempo que activa de manera efectiva el pensamiento, como en uno de los dos poemas de los que brota el título: “Basta una estrella/y la noche/se abisma cielo./En los más íntimo acampa/la inmensidad:/en lo sereno hace casa/lo absoluto.”

La publicación, pues, de A las estrellas lo inmenso es un don que, como lectores, debemos agradecer y que confirma al poeta argentino como una de las voces imprescindibles de la actual poesía en lengua española. 


Autor: Hugo Mujica
Título: A las estrellas lo inmenso 
Editorial: Visor
Año: 2020



(Publicado en Cuadernos del Sur, 16 de enero de 2021, p. 6)



domingo, 31 de enero de 2021

"El reloj de Mallory", de Hernández Sevillano: llegar al límite



El deseo de llegar al límite, de cruzar la frontera entre lo conocido y lo ignoto, de explorar lo inaccesible, es consustancial al ser humano y a la escritura. Vivir es llegar a la cima del Everest. Escribir es llegar a su cima y regresar para dar testimonio de su naturaleza majestuosa e imponente -aunque hoy los montañistas que sueñan con una fotografía para compartir en las redes sociales lo hayan convertido en un circo-. 

La desaparición de George Mallory y Andrew Irvine en junio de 1924 durante su intento de alcanzar el ficticio techo del mundo es uno de los grandes enigmas de las conquistas humanas y se ha convertido en todo un símbolo. Fueron vistos por última vez a más de 8500 metros de altitud, en la arista noreste. Ahora bien, ¿lograron llegar a la cima veintinueve años antes que Hillary y Tensing? 

El sorprendente hallazgo en 1999 del cuerpo momificado del montañero conocido como “el poeta de las montañas” por sus tentativas con la poesía reavivó la polémica y multiplicó el misterio. Entre los objetos encontrados junto al cuerpo, convertido en parte de una roca, se hallaba un reloj sin manecillas, metáfora de la eternidad y de la plenitud del instante. Sobre esta sugerente imagen, David Hernández Sevillano (Segovia, 1977) construye El reloj de Mallory, que le ha valido el XVIII Premio Emilio Alarcos.

El conjunto se articula en dos partes: “El poeta de las montañas”, compuesta por quince poemas; y “Mapas antiguos”, por diecinueve. En la primera, la imagen del reloj hallado junto al cadáver momificado es el hilo conductor de unos poemas entre los que sobresalen “El poeta”, “Currículum vitae”, “Quienes no”, “Nuestros antepasados”, “Lluvia de estrellas”, El poeta de las montañas” o el que da título al libro.

En “Mapas antiguos”, por su parte, a partir de la imagen de los monstruos que se dibujaban en los límites del mundo conocido, aborda el amor como instrumento de autoconocimiento. Así, en en el poema que titula la sección afirma: “Como aquellos cartógrafos antiguos, /  también dibujé monstruos en las zonas / de ti y de mí que aún me dan pavor”. Junto a él, destacamos “Instrucciones para hacerte reír” o el que cierra el volumen, “Campamento base”, donde afirma: “Y sabré que la vida o el dolor / son iguales que este fuego / que sacude y arrasa, /que trasforma y asciende”. 

Hernández Sevillano, pues, consigue sin alardes efectistas una poesía clara, de altura e intensidad, que nace de lo cotidiano y que hace del amor, de la felicidad, de la plenitud y de la celebración del instante materia literaria.



Autor: David Hernández Sevillano 
Título: El reloj de Mallory
Editorial: Visor
Año: 2020



(Publicado en Cuadernos del Sur, 16 de enero de 2021, p. 10)