martes, 4 de junio de 2019

"Acróbatas del aire": tres hombres, una mirada y un mirlo



Aprender a mirar los distintos pájaros; afanarse en escucharlos; buscar las connotaciones de cada uno de ellos e intuir el simbolismo de aquel que es todos y uno; hacer de este un instrumento para sondear las propias grietas; encontrar en esta pasión una suerte de reconciliación con el mundo y con uno mismo... Desde este punto de vista se concibe Acróbatas del aire, editado con un exquisito gusto por la Delegación de Cultura del Ayuntamiento de Iznájar, un libro que se convierte en refugio para quien es capaz de asombrase ante esas efímeras proyecciones del yo que escriben el cielo con su vuelo, y que, en este sentido, me trae a la memoria Tierra en el cielo de Antonio Cabrera, exquisito volumen de haikus en el que condensa su pasión por la ornitología y una singular concepción de la existencia.
El conjunto está compuesto por veintiocho textos breves en prosa que, en palabras de Julián Cañizares, autor del prólogo, funcionan “como postales”, en la medida en que “retratan un momento y una sensación de naturaleza humana, colectiva, intensa.” Esta plasticidad se refuerza con el hecho de que cada uno vaya acompañado de una ilustración de Andrea Corpas Aguilera, quien, además, es la autora de la bella cubierta.
Todas las composiciones se distribuyen según el motivo temático abordado en siete partes pretendidamente asimétricas, estructuradas como un continuo fluir permeable de color y de sensaciones. En la primera, “Invierno en familia”, la mirada se  detiene en aquellos pájaros que vuelan en bandadas; en la segunda, “Lanzarse al vacío”, en los que trazan picados suaves sobre el agua –si se me permite tirar del título de uno de los mejores libros de Antonio Luis Ginés-; en la tercera, “Bajo el agua”, en aquellas aves que, preferentemente, nadan; en la cuarta, “Volar sin pausa”, en las de vuelo casi infinito; en la quinta, “Presumir de plumas”, en las de plumaje más llamativo; en la sexta, “Cantos con encanto”, en las de bello canto; y en la séptima, “¿Discretos?”, que adopta la forma de pregunta retórica enviada al lector, en algunas difíciles de englobar en los apartados anteriores por la discreción con que habitan un territorio y lo fertilizan.
Con la intención de no obstaculizar la lectura unitaria e incidir en el hecho de que todas las composiciones nacen de un mismo impulso, de una misma mirada, la autoría de cada texto se indica únicamente en una sucinta nota final, donde comprobamos que Antonio Luis Ginés Muñoz firma siete; Francisco Ginés Muñoz, once; y Paco Martos Muñoz, diez.
Todas tienen una estructura similar: un título que condensa la sensación experimentada durante la contemplación, seguido de tres o cuatro párrafos de extensión breve, en los cuales se conecta lo contemplado con la propia interioridad, acudiendo a un lenguaje sencillo y preciso que, a través de las imágenes y las sinestesias, estimula los sentidos al tiempo que mueve a la reflexión.
El resultado es un auténtico tratado poético de ornitología de la Subbética cordobesa, que cuenta con lugares tan bellos para el avistamiento como Iznájar, Carcabuey, Benamejí, Rute, Puente Genil, el río Bailón en Zuheros, el barrio del Cerro en Cabra, la Laguna Amarga en Lucena, el río Salado… e, incluso, haciendo del horizonte frontera, como el pájaro y su vuelo, los Sotos de la Albolafia y la dehesa de Los Pedroches.




(Publicado en Cuadernos del Sur, 27 de abril de 2019, p. 9)


Autor: VV.AA. 
Título: Acróbatas del aire
Editorial: Ayuntamiento de Iznájar
Año: 2018

jueves, 30 de mayo de 2019

"Todo un temblor", de José Gutiérrez Román



“He crecido. Estoy hecho todo un hombre. / Mi temblor ha crecido. Está hecho todo un temblor.” Con estos rotundos versos del poeta griego Kostas Vrachnos, José Gutiérrez Román (Burgos, 1977) encabeza Todo un temblor, su esperado nuevo poemario, editado por La isla de Siltolá.
Siete años han pasado desde que apareciera Los pies del horizonte (Rialp, 2011), con el que consiguió el Premio Adonáis en 2010. Desde entonces, y cuando lo normal hubiese sido afanarse en editar un nuevo libro, el poeta burgalés ha preferido crecer en un fértil silencio. Tal vez el alto nivel de exigencia estética que lo lleva a dejar fuera de su obra reconocible todo lo escrito con anterioridad a dicho reconocimiento -dos volúmenes de poesía, Horarios de ausencia (2001) y Alguien dijo tu nombre (2005), y uno de relatos, El equilibrio de los flamencos (2006)- sea la causa de este retiro voluntario.
Pese a la legitimidad de dicha omisión en la nota biobibliográfica ofrecida en la solapa, presentar este poemario como el tercero –por más que se prevenga de que “el segundo continúa en paradero desconocido”- puede desorientar al lector, pues la modulación de la voz y la soltura en el manejo tanto del metro como del lenguaje son fruto de una evolución de casi veinte años de escritura y reescritura.
Sea como fuere, Todo un temblor es un poemario rotundo, compuesto por veinticinco poemas, diversos en su unidad, en su mayoría de extensión media, escritos con un lenguaje directo y aparentemente sencillo, al servicio de la anécdota, de cierto tono pesimista y desencantado, en los cuales se combina la amargura con la ternura, en la medida en que entre las grietas se cuela la luz, a través de la ironía y de un medido sentido del humor que, en ocasiones, deviene ácido.

Además del brillante poema inicial “Me preguntan si sigo escribiendo”, concebido al hilo de la manida pregunta que el autor confiesa haber escuchado hasta la saciedad en los últimos años, destacan “Realismo limpio”, toda una declaración estética y vital; “Eros”, una sugerente exaltación del cuerpo masculino; el inteligente y comprometido “España, aparta de mí esta tierra”; “Residuos”, lúcida apelación a la necesidad de crear un “vertedero de poemas”; el irónico y desmitificador juguete “Donde se cuenta la historia de un joven poeta que casi se va de fiesta con Carlos Marzal”; el perspicaz y sarcástico “Poesía didáctica”; el intimista y descreído “Dime cuánto te debo”; el sutil y emocionante “Temblor esencial”, o el contundente broche final, “Anotaciones”.  


(Publicado en Cuadernos del Sur, 27 de abril de 2019, p. 9)


Autor: José Gutiérrez Román 
Título: Todo un temblor
Editorial: La isla de Siltolá
Año: 2018

viernes, 24 de mayo de 2019

Palabras periféricas



Hace ya ocho años que José María Cumbreño (Cáceres, 1972), pese a saber que los poetas no son gente de fiar, fundó Ediciones Liliputienses, una modesta editorial independiente que, por encima de etiquetas fáciles y acomodaticias, apuesta por la calidad y autenticidad de la palabra excéntrica, que hace de la frontera un horizonte. Dentro de sus múltiples frentes, destaca la labor llevada a c abo en la difusión de la poesía escrita en la otra orilla de un océano que nos une a través de una lengua y de una tradición común y diversa al mismo tiempo.
Algunos de los más recientes autores presentados por la editorial cacereña son Roberto Valdivia (Lima, Perú,1995), Raquel Cané (Santa Fe, Argentina, 1974), Kevin Castro (Lima, Perú, 1993), María Florencia Rua (Argentina, 1992), Valentina Varas (Buenos Aires, Argentina, 1991) y Paula Giglio (Córdoba, Argentina, 1988), ganadora del I Premio Centrifugados de poesía joven con La risa loca de los ángeles.
E.P. (Poemas de Salinger), de Roberto Valdivia, quien antes había publicado el poemario [MP3] y el proyecto visual Salinger, aborda temas como la incomunicación, la identidad, la temporalidad, la desestructuración de una sociedad globalizada o la insatisfacción a través de una poesía narrativa, nacida de lo inmediato, estructurada a través de un versículo ágil, cuya cadencia se sostiene en las múltiples repeticiones sintácticas, léxicas y semánticas, y en un lenguaje directo y descarnado, que busca sacar al lector de la zona de confort donde está instalado.
Raquel Cané, quien ha publicado varios libros álbum para niños, debuta en la poesía con Cartas a H. El aprendizaje, dos obras independientes que, aunque corresponden a un mismo estado anímico, plantean líneas de fuga muy diferentes. “Cartas a H” está compuesto por veintitrés poemas en prosa que, a modo de teselas, abordan el tema del alejamiento emocional a partir de la distancia física entre un yo y un tú enigmático que existe tan solo como motivo para la introspección. “El aprendizaje”, en cambio, está compuesto por cuarenta y dos poemas breves, de tono más metafísico, que responden a tres momentos distintos de un camino de autoconocimiento a través del lenguaje.
Norcorea es el segundo poemario de Kevin Castro, tras Los tiempos jurásicos. La intensidad tonal del conjunto viene marcada por el rotundo poema que lo abre, una bofetada descarada que nos advierte que la lectura ha de ser una travesía desasosegante e incierta, que debe desubicarnos y hacer que nuestras convicciones y nuestra forma de relacionarnos con el mundo se tambaleen. Para conseguirlo emplea un léxico cotidiano, incisivo y contundente, de aristas pulidas, y experimenta con la puntuación y con la disposición de los versos, multiplicando la capacidad significativa de las palabras.   
Bajo el título de De todas las cosas que nunca entendí siempre vas a ser mi favorita, Valentina Varas reúne sus dos volúmenes publicados, La velocidad de una fiesta (2016) y Volcán (2018), además de ocho composiciones  inéditas. Convencida de que la escritura sirve para intuir el enigma que sostiene el mundo y a nosotros mismos, la poeta porteña aborda con acierto temas como la identidad femenina, los anhelos, las dudas, la temporalidad, la ausencia o la soledad, teniendo en todo momento al amor como eje vertebrador de unos poemas intensos y contenidos que “tienen un aire de canción pop”, en palabras de Damián Ríos, autor de un breve pero certero prólogo.
El sugerente título del sólido debut de María Florencia Rua es Luces mal usadas, cuya arquitectura se sustenta en la palabra incisiva, directa y desencantada, nacida de las pequeñas fallas cotidianas por las que el mundo se desangra. La hostilidad del entorno, los miedos más íntimos, las pérdidas, el dolor y el cansancio son las caras de un discurso escéptico que ahonda en las contradicciones de un yo irrenunciablemente femenino.
Por último, París es el escenario donde se desarrolla el itinerario sentimental de La risa loca de los ángeles, el cuarto poemario de Paula Giglio, tras Ella, muerta (2012), En el cuerpo (2016) y Un lugar para mis piernas largas (2018). En estos veinticinco poemas sin título, que actúan a modo de fotogramas de una relación casi evanescente, un “tú” intenta reconstruir, a través de la memoria, los vínculos con un “vos”, a pesar del océano que los separa. La delicada y sugestiva intensidad del libro se mantiene gracias a la parquedad léxica, a la delicadeza de las imágenes, al ritmo sutil de los metros breves y a un léxico cotidiano, sugerente y preciso que busca la emoción a partir de la anécdota.
Cumbreño, pues, nos ofrece seis voces distintas que comparten ángulos y aristas; seis voces que prefieren indagar en algunas de las preguntas que dan sentido al universo, conscientes de la imposibilidad de encontrar las respuestas; seis voces que saben que la poesía nace de destellos fugaces escondidos en lo cotidiano; seis voces que plantean una hoja de ruta definida con exactitud; seis voces que consiguen no dejar indiferente al lector.

(Publicado en Cuadernos del Sur, 27 de abril de 2019, p. 11)

martes, 9 de abril de 2019

"El otro ser", de Arturo Tendero: un canto a lo cotidiano


Empaparse del afuera; construir un horizonte interior más allá de la propia piel, de manera que esta sea permeable y absorba la esencia de lo que la rodea a la par que tienda a diluirse en el exterior a través del  lenguaje; ser consciente de que la persona que habla se desdobla y su voz es el eco de otro ser, con lo que el territorio en que queda incardinado el sujeto y sus límites ya no es el espacio clásico y cerrado de la representación sino el ámbito múltiple y diverso de la creación, donde tiene lugar el conocimiento y donde la palabra literaria se desarrolla a sí misma, sin límites y sin tiempo. Estos son los puntos de fuga sobre los que Arturo Tendero (Albacete, 1961) construye su séptimo poemario, El otro ser, editado por La isla de Siltolá. El conjunto, de juanramoniano título, está compuesto por treinta y ocho poemas concebidos como un todo plural, compacto y bien trabado, que gira en torno al paso del tiempo, a la memoria y a la identidad. Y, para conseguirlo con la soltura a la que nos tiene acostumbrados, el poeta centra su atención en los pequeños detalles que conforman la existencia: la espera de una grúa “en la cuneta/de lo que fue un polígono industrial”, la primera relación sexual, la fértil desidia de una mañana de fin de semana “tirado en el sofá”, la búsqueda de las perseidas, la triste función de unos tertulianos televisivos que hablan a gritos y mendigan “el aplauso/de un público que vibra en el combate”, el exterminio de unas cucarachas que aparecen en la cochera, la sensación provocada al escuchar unas grabaciones con las voces infantiles de sus hijos, la ascensión de “Mi primer tresmil”, el adentramiento en un “castillo vacío”, el regreso a casa tras un largo viaje, el calambrazo que provoca la contemplación de un atardecer desde la azotea, los cafés literarios, el oficio de profesor y el encuentro con un antiguo alumno, el descubrimiento de los tesoros mínimos que encierra la naturaleza, cuyos secretos mantienen “vivo el mundo al que regreso”…  Estos instantes deben guardar la fragilidad necesaria para que se produzca el prodigio de que una mirada reflexiva e inquieta se asombre ante ellos -fertilizando así la palabra- y se detenga, por un instante, el tiempo, consiguiendo una eternidad momentánea, que radica en lo cotidiano. Ante el espectáculo del mundo, que no puede ni debe ser pensado, solo cabe una actitud: aceptarlo sin más, contemplarlo y asombrarse ante lo inédito diario, como Tendero deja patente desde el programático y rotundo poema inicial “Selfie”. De esta manera, el ser humano consigue una suerte de reconciliación con la vida.

(Publicado en Cuadernos del Sur, 30 de marzo de 2019, p. 6)


Autor: Arturo Tendero 
Título: El otro ser
Editorial: La isla de Siltolá
Año: 2018



jueves, 4 de abril de 2019

Karmelo C. Iribarren: íntima cartografía urbana



Veinticinco años después de la aparición del cuaderno Bares y noches en la Colección Máquina de sueños, del Ateneo Obrero de Gijón, Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959) ha conseguido moldear una voz propia, fácilmente reconocible, que cuenta con la veneración de un gran sector del público, siendo uno de los poetas actuales más seguidos en las redes sociales, y con el respeto de un buen sector de la crítica y de los compañeros.
Sin embargo, los inicios de este mal llamado poeta tardío –publica su primer poemario, La condición urbana, a los treinta y seis años en la editorial sevillana Renacimiento- no fueron fáciles. En este sentido, es justo destacar la perspicacia de uno de los grandes editores de este país, Abelardo Linares, quien confió en él desde el primer momento y ha publicado siete de sus once poemarios, además de la célebre antología La ciudad (Antología poética 1985-2008), -cuya segunda edición, ampliada, vio la luz en 2014-, su poesía completa Seguro que esta historia te suena. Poesía completa (1985-2005) -que ha alcanzado una segunda edición en 2012 y una tercera en 2015- y múltiples reediciones, entre las que destaca el heteróclito volumen en prosa Diario de K.
Confirman la excelente acogida de su obra por parte del público la aparición de otras dos antologías -Pequeños incidentes (Antología poética), con prólogo de Luis García Montero, aparecida en 2016 en Visor, y El amor, ese viejo neón, editada en 2017 por Aguilar- y de su más reciente poemario, Mientras me alejo, con prólogo de Luis Alberto de Cuenca, en Visor.
Ahora La isla de Siltolá decide recoger algunos de sus poemas más significativos bajo el título de Los cien mejores poemas de Karmelo C. Iribarren. El mérito principal del presente volumen, aparte de la exquisita edición a la que nos tiene acostumbrados Javier Sánchez Menéndez, es que ofrece el itinerario lector de un crítico sólido y reputado como José Luis Morante, quien, además, firma un extenso y sólido prólogo.
En sus tres primeros poemarios -La condición urbana (1995), Serie B (1998) y Desde el fondo de la barra (1999)- el poeta delinea con trazos gruesos los rasgos de un yo poético que le ha valido ser considerado como uno de los últimos poetas malditos: un hombre callado y descreído, escéptico y misterioso, entre cuyos múltiples oficios se encontraba el de tabernero que escribía en los tiempos muertos, y que, tras asomarse al abismo del alcohol, comprendió que la vida, pese a todo, merece la pena.
Sin olvidar la noche, la contemplación de la realidad urbana a un lado y otro de la barra, el desencanto, el alcoholismo y diversos temas y motivos del cine negro, como una inevitable atracción por ciertas mujeres fatal, en La frontera y otros poemas, el discurso se vuelve más reflexivo y adquiere conciencia de la temporalidad. Con todo, no será hasta Otra ciudad, otra vida (2011) cuando el poeta descubra que el verdadero paisaje no es la realidad, sino la recreación que la memoria y el desencanto hacen de esta, con lo que el poema se convierte en el instrumento idóneo para explorar la propia identidad.
Así pues, la indagación en la intimidad y la temporalidad se convierten en el eje de rotación de Las luces interiores. Frente a la hostilidad del afuera aparece el espacio interior de la casa, cuyas luces dan calor y sentido a la existencia. El desencanto y el amor a la vida, la dureza y la ternura, la desolación y la esperanza, la soledad y el amor… incardinan la existencia.  Esta certeza supone una revisión de las relaciones con el entorno y revela aristas desconocidas.
En la misma línea continúan Haciendo planes y Mientras me alejo. En ellos, junto al escepticismo, teñido de cierto humor, hay sitio para la ternura de una mirada pesimista y desarraigada que, a pesar de las cicatrices que la vida ha ido dejando en ella, encuentra cobijo en el amor; al mismo tiempo, la palabra se depura y adquiere mayor sobriedad y laconismo, poniendo el foco de atención en las sensaciones de un hombre que observa cansado el mundo, y entrelaza vivencias personales, entre las cuales se encuentran las lecturas, con lo que lo metaliterario pasa a formar parte de lo diario. Frente a la intemperie, el poema, que nace de los naufragios y de las islas de toda travesía, muestra pequeños instantes como una forma de eternidad momentánea.
El gran hallazgo de la poesía del donostiarra es la autenticidad que le confiere el hecho de ser escrita desde el centro de su propia vida. Aunque libro a libro haya ganado en contención, sugerencia y hallazgos, convirtiéndolo en un hábil maestro de las distancias cortas y consiguiendo una singular intensidad que, además de activar el pensamiento del lector, deja constancia de lo que sucede a su alrededor, su lenguaje sigue siendo directo e incisivo, descreído y sobrio, preciso y descarnado, y encuentra en la ironía y el distanciamiento un instrumento eficaz para desmontar la previsibilidad del poema y ganarse la complicidad del lector sin alardes estériles.


(Publicado en Cuadernos del Sur, 30 de marzo de 2019, p. 10)


Autor: Karmelo C. Iribarren 
Título: Los cien mejores poemas de...
Editorial: La isla de Siltolá
Año: 2018




miércoles, 27 de febrero de 2019

En el estudio de...



El pasado jueves 21 de febrero apareció en el ABC este reportaje firmado por mi buen amigo Félix Ruiz Cardador, dentro de su serie "En el estudio de...". Aprovecho para darle las gracias por el magnífico trabajo y por el retrato impresionista que ofrece. La fotografía en esa sala de estudio ordenada para la ocasión es de otro amigo, Rafa Sánchez Ruiz.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Poemas que sacian la sed. "El cuarto del siroco", de Álvaro Valverde



Aparecido en octubre pasado, El cuarto del siroco está recibiendo, desde el mismo momento de su publicación, el aplauso unánime de la crítica. El décimo poemario de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959), que ha visto la luz cuatro años después de Más allá, Tánger y de dos antologías de su obra poética, está concebido de modo heterogéneo, como el propio autor reconoce en la “Notas, agradecimientos y dedicatorias”: “los poemas que componen este libro han sido escritos en lo que va de siglo, al mismo tiempo que, por ejemplo, Plasencias o Más allá, Tánger. Poema a poema, cabe precisar. Tal vez sea este mi libro menos unitario. De hecho, la ordenación es, en general, cronológica.” Pese al largo período de escritura y reescritura, los setenta y cinco poemas –un número bastante más extenso de lo que suele ser habitual en él- no se resienten y tienen una profunda unidad tonal, de pensamiento y de estilo, conseguida con un lento proceso de sucesivas relecturas y correcciones.
A partir de la imagen de una estancia que, según cuenta Leonardo Sciascia, existía en las casas patricias sicilianas, en la cual las familias se refugiaban de la violencia de este viento procedente del norte de África (“Un lugar recogido, a modo de refugio,/en el que cobijarse/del triste pensamiento de la muerte”), el poeta placentino construye toda una metáfora de la poesía y, por qué no, de una poética construida con humildad y honestidad a lo largo de más de tres décadas, desde aquel inaugural Territorio: una poesía reflexiva, nacida de la contemplación, que busca entender el mundo y los desajustes que lo componen, al tiempo que celebra y goza de la belleza, aunque sea efímera, de los pequeños instantes, en los que se revela la dimensión de toda existencia.
Ahora bien, este cuarto no es definido en ningún momento como un espacio cerrado. Aunque es un refugio contra la intemperie, está construido y necesita del afuera para existir, siendo, por tanto, un ámbito múltiple, en el que se funden interior y exterior.
Así, los principales ejes temáticos sobre los que se articula este diario poético, de inevitable tono confesional, en el que los poemas nacen del devenir diario y diverso que conforman el propio ser, son la fugacidad de la vida, la muerte, la melancolía, la memoria, la elegía a algunos amigos muertos –Ángel Campos Pámpano, Santiago Castelo o Fernando Pérez González-, que “nos viven” y conforman parte de nuestras señas de identidad, y la celebración de la existencia, bien sea a través de la visión gozosa de la naturaleza bien a través de la evocación de los paraísos perdidos de la infancia y de la juventud.
El rigor en la construcción y la exigencia de un escritor consciente de su oficio llevan a un discurso depurado tanto en la perspectiva y en la temática como en la arquitectura lingüística y formal de cada poema y del libro. Una magistral muestra de esta sobria contención, lograda mediante una palabra precisa y transparente, que aspira a la sencillez, es el poema “La poesía”, donde afirma: “la poesía/que hoy solo se me antoja/tan sencilla/como el gesto de alguien/que da un vaso de agua/a quien padece sed.”
Y en ese gesto mínimo radica la esencia de estos poemas honestos que buscan permanecer a través de la precisión y de la sencillez, emocionar al lector y acompañarlo en la construcción de una estancia donde cabe el hombre y lo que lo rodea, que es concebido como un regalo que se debe disfrutar. Poemas que sacian la sed. 

(Publicado en Cuadernos del Sur,  9 de febrero de 2019, p. 6)



Autor: Álvaro Valverde 
Título: El cuarto del siroco
Editorial: Tusquets
Año: 2018