miércoles, 20 de junio de 2018

Melancolía y desarraigo. "El musgo y las campanas", de Alejandro López Andrada



El musgo y las campanas, el más reciente poemario de Alejandro López Andrada, abre el catálogo de un nuevo sello editorial, CatorceBis, dirigido por el también poeta Carlos Vaquerizo (Sevilla, 1978). El sugerente nombre de este proyecto, que dará cobijo a autores de la talla, entre otros, de Jesús Munárriz, Manuel Moya, María Sanz o Fernando Ortiz, remite al número de versos de la estrofa por antonomasia, el soneto.
El volumen, articulado en cuatro partes –“Atrio”, “Prosas ocres”, “Fragmentos del verano” y “Las sombras vespertinas”- ofrece el lado más íntimo y personal del poeta nacido en Villanueva del Duque; de hecho, la mayoría de los textos ha ido viendo la luz en el muro del autor en Facebook al hilo de las sensaciones y momentos que los han motivado. Pese a que la utilización del lenguaje y la extensión de los mismos no sea lo establecido al uso en la citada plataforma social, esta influye en su estructura, especialmente en el caso de las prosas. En este sentido, la condición de “diario público” o álbum compartido no es obstáculo para que el autor intente dotar de unidad a esta serie de fragmentos de su propia interioridad, compartida en la red, al seleccionarlos y ordenarlos, con vistas a la publicación, pues responden a un impulso común y a una misma concepción de la poesía y del mundo. Así, el presente libro entronca directamente con Entre zarzas y asfalto.
El poeta, un hombre que ha tenido que marcharse de su pueblo natal ante la falta de trabajo -circunstancia que ya sufrió entre 1986 y 1988-, pasea por la capital cordobesa, donde vivió durante sus años de estudiante de Magisterio, y escribe al hilo de los pequeños detalles en los que repara durante su caminar diario. A ese núcleo se unen los recuerdos del pasado y/o las sensaciones experimentadas en los regresos vacacionales a las raíces, que se amalgaman en un todo imposible de disociar.
“Atrio”, que funciona a modo de patio abierto situado a la entrada, marca el tono y el punto de  vista del conjunto: la sensación de desarraigo. Este desarraigo, presente en poemarios como Novilunio en Allozo, Álbum de apátrida o Los pájaros del frío, se canaliza a través del sentimiento de melancolía y el tono elegíaco característicos de su poesía, y no de la denuncia social –como hiciera en El jardín vertical o en Los perros de la eternidad-. El volumen puede leerse, por tanto, como una metáfora del éxodo rural: “Abandoné el temblor de mis raíces./Piso los surcos/y oigo a mis espaldas/la mansa eternidad de la pobreza/que antaño vi a mi lado.”
En las veintidós “Prosas ocres”, este paseante se muestra desubicado en una ciudad que, pese a sus bondades, se revela hostil en algunos momentos. Por ello, busca refugio en los espacios en que la naturaleza asoma en forma de parque o se muestra plena, como en los Sotos de la Albolafia. Las composiciones más emotivas de este bloque son las cuatro inspiradas en su madre, quien “sigue ahí, con la cabeza llena de aleteos de golondrinas”: “Fe materna”, “Lágrimas”, “Victoria Andrada, madre” y “Noventa y cuatro años”. Junto a ellas, conviene señalar las dedicadas a su mujer y a sus hijas (“Paqui”, “Rocío” y “María Victoria”), escritas todas desde la sensación de despedida que marca un inevitable aliento melancólico.
En los doce poemas de “Fragmentos del verano”, la añoranza y el recuerdo de su pueblo se intensifican. Aparecen, así, los dos temas fundamentales de toda su producción poética: la naturaleza y el paraíso perdido de la infancia. El amor por la naturaleza es una pulsión vital; la infancia, por su parte, un paraíso, un territorio literario en el que se van difuminando los recuerdos, impregnando la poesía de nostalgia, hasta que la evocación lo invade todo. Especialmente significativos son “La vereda” y el proustiano “La galleta”. En el primero, se calza las zapatillas del padre muerto; en el segundo, evoca a su madre joven.
            En los trece poemas que componen “Las sombras vespertinas” aparece el otro gran tema de su obra: la ausencia y la muerte, e, íntimamente relacionado, la recuperación de los seres queridos a través de la memoria. La despedida de sus hijas alimenta “Ellas”; la ausencia del padre, en cambio, deja “El puente del Río Kwai” y “Borrasca”.
            Celebremos, en definitiva, la valentía de Carlos Vaquerizo al apostar por la poesía en este nuevo proyecto editorial, al cual deseamos una larga y fértil existencia, y que sea un escritor cordobés como López Andrada quien inaugure este sueño editorial.



Autor: Alejandro López Andrada
Título: El musgo y las campanas
Editorial: CatorceBis
Año: 2018


(Publicado en Cuadernos del Sur, 16 de junio de 2018, p. 6)

lunes, 11 de junio de 2018

Luis Bagué Quílez. Mediterráneo: puente o frontera



Convencido de que la lectura ha de ser una experiencia incómoda, Luis Bagué Quílez (Palafrugell, 1978) publica Clima mediterráneo (Visor, 2017; Premio Tiflos de Poesía), un libro que no quiere dejar indiferente al lector, al que, en un trabado ejercicio de tensión y distensión verbal, golpea a través de la palabra concisa y certera, brillante y con aristas.

Su sexto poemario conforma un tríptico espectacular junto a Página en construcción (Visor, 2011; Premio Unicaja) y Paseo de la identidad (Visor, 2014; Premio Emilio Alarcos), y lo consolida como una de las voces más importantes y singulares nacidas en la democracia.

Se trata de un libro profundamente unitario, en el cual se armoniza culturalismo y compromiso, reflexión e intensidad lírica. Está articulado en cuatro secciones polifónicas, en las que el auténtico protagonista es un Mediterráneo que es varios mares y que, por ello mismo, se convierte en símbolo de la sociedad presente, de la vieja Europa en crisis que, con sus grietas e injusticias, se muestra incapaz de estar a la altura del legado recibido y de lo que se espera de ella.

«Mediterráneos» son seis poemas sin título que tienen como protagonista a un mar que es origen y término de nuestra civilización y que, por ello, es concebido «como puerta giratoria», en la medida en que ha sido puente entre civilizaciones, aunque ha acabado convirtiéndose en frontera que separa. «Hecho en España», por su parte, está formada por cinco poemas concebidos como un personal inventario de productos patrios, en los que destaca la fina ironía del poeta. «Alta velocidad», en cambio, son 23 «haikus impuros» que destacan por la agilidad del pensamiento. Por último, en los siete poemas de «Zona residencial» irrumpe un yo, poliédrico y contradictorio, que se nutre de la cotidianidad.

Poema a poema, Bagué Quílez configura un universo poético propio, en el que la ironía y la desmitificación, la decodificación de los mitos, la resemantización de la palabra, el escepticismo, la búsqueda del verbo incisivo y mordaz se convierten en los pilares sobre los que levantar un discurso singular, capaz de asombrar al lector, de quien busca una complicidad activa, que lo enganche definitivamente al poema.


domingo, 3 de junio de 2018

Homenaje a Pablo García Baena en "Suspiro de Artemisa"

El pasado 21 de abril, dentro de la 45 Feria del Libro de Córdoba, se presentó un nuevo número de la revista Suspiro de Artemisa, dirigida por el amigo Calixto Torres, dedicada al gran Pablo García Baena. Como ese mismo día participaba en el II Encuentro de escritores de Los Pedroches, y no tengo el don de la ubicuidad, tuve que excusar mi ausencia en un acto donde hubo muchos y queridos amigos. Hace unos días, recibí por correo un ejemplar de la misma. Ahora comparto con vosotros el poema escrito para la ocasión.



AMOR CLANDESTINO

Espera como solo puede esperar quien ama clandestino,
con la inocencia del “siempre muchacho”
que se daña en los límites de otro cuerpo refugio.
Advierte que la vida es frágil un instante
y busca en la pantalla espejos de lluvia.
Los absorbe y pide en silencio la palabra que dé forma a las ascuas,
controlado arrebato,
que prenden, pese al agua,
y se convierten en la arquitectura humilde y tímida
de un hombre de mirada acogedora
que vive para construir puentes
y que espera. Impares. Fila 13. Butaca 3.

lunes, 28 de mayo de 2018

Poesía nacida de lo cotidiano. Conrado Castilla

El pasado viernes 18 de mayo, acompañé a Conrado Castilla en la presentación de su último poemario, Cuando no tenga presente, en la Biblioteca Municipal de Pozoblanco. Os dejo el prólogo que escribí para el mismo.




La poesía de Conrado Castilla nace de lo cotidiano y explora la propia intimidad en un continuo ejercicio de funambulismo sobre la superficie de un espejo mínimo que, a través de la palabra sencilla, se convierte en un mar sin límites. Así, el lenguaje es una ventana entreabierta desde la que se puede contemplar el cielo, la calle, la lluvia, el mar… al tiempo que intuye su propia silueta esbozada en el cristal, conformada por la preocupación ante el paso del tiempo, por el miedo a desaparecer, por el dolor experimentado a causa de la pérdida, por la evocación de la ausencia y por la frágil frontera que une memoria y olvido. Con estos mimbres, el poeta construye Cuando no tenga presente, título desgarrado y fatalista que surge de la constatación de que nuestro inexorable final será convertirnos, como decía Góngora, “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”.
            De semejante angustia existencial nace su escritura: el deseo de ser la huella de un hombre sencillo que lleva una vida sencilla, entre las clases, la familia, las lecturas, los amigos… a medio camino siempre entre Lucena y la Costa del Sol. De este modo, se explica que el mar y las calles no conformen dos espacios contrapuestos, sino que se amalgamen en un singular paisaje que configura la existencia del poeta lucentino nacido en Pozoblanco.
            Siete años después de Del tiempo que va y viene (ediciones Moreno Mejías, Sevilla, 2011), Castilla nos ofrece cuarenta y nueve poemas distribuidos en dos partes asimétricas: “Desde el umbral del sueño” y “El crepitar de la memoria”, introducidas por el poema más contundente del conjunto, “Proemio”, que funciona a modo de poética y traza la hoja de ruta que pretende seguir en su travesía:

            “Casi todos los días voy,
            al menos un rato, a las palabras.
            Unas veces buscándolas
                                                  para crear un poema
                                                  y otras, las más,
            salgo al encuentro de versos de otro.”

            Se nos presenta, pues, de cuerpo entero el poeta que lee o el lector que, de vez en cuando, escribe. Conrado Castilla sabe que la única vía posible para que un creador vaya configurando su propia voz es la lectura. Como también sabe que la escritura no debe ser arrebatada. La falacia romántica del poeta poseído por una entidad superior no se sostiene hoy. Aunque exista el destello y la poesía tenga un innegable componente irracional, el escritor debe dejar que lo escrito repose en el cajón y volver sobre ello una y otra vez, escribiendo con letras mínimas, intentando encontrar la esencialidad de la palabra, resemantizándola a través de la sencillez.
            Para iniciar este difícil e incierto camino, el autor debe partir de la reflexión sobre el propio quehacer poético. Solo así podrá crecer, ahondando en el tratamiento de unos temas y motivos recurrentes.
            En el caso de nuestro poeta y amigo, que ha sentido la necesidad de ahondar en su propia condición de poeta, la estructura ósea sobre la que levanta este poemario está ya definida en Tres esquinas y una más, editado hace catorce años por el Ayuntamiento de Lucena dentro de su colección Espiral. El primer paso, pues, está dado. Ahora, solo queda asomarse al abismo, sin arneses ni red protectora, y sentir el vértigo ante de lo inexplorado.
            No querría cerrar estas líneas sin manifestar la cercanía experimentada durante la lectura de Cuando no tengas tiempo. Dicha proximidad se sustenta no solo en la complicidad establecida con algunas de las líneas de fuga trazadas en varios poemas, muy especialmente en “Proemio”, sino también en el hecho de que ha sido una de las lecturas con las que he intentado engañar a las lentas y monótonas “horas de hospital”, vividas durante las pasadas Navidades junto “A mi padre”. En este sentido, el presente libro ha cumplido su cometido: formar parte de la biografía de un lector.

jueves, 24 de mayo de 2018

Regresar al origen. Juana Castro y "Antes que el tiempo fuera"


Regresar al origen. Volver a un tiempo previo a la historia. Recuperar la palabra primitiva, despojada de cualquier connotación de tipo social, ideológico, cultural o histórico, convencida de que tan solo un vocabulario germinal, libre de los excesos verbales y nacido del interior del propio ser que lo genera, podrá nombrar de un modo distinto las cosas y, por tanto, crearlas. Tornar a la época inaugural, en la que solo existía una deidad femenina, anterior a las divinidades patriarcales de las tres grandes religiones monoteístas, la Gran Diosa o Gran Madre. Reingresar en un mundo edénico, donde la naturaleza y el propio cuerpo femenino se confunden a través del símbolo de «un fósil llamado Amaltheus, un cefalópodo gigante parecido al caracol» que habitó en los mares de los que emergieron Los Pedroches hace unos cuatrocientos millones de años...
El hallazgo de esta huella de vida en la piedra es el cable sobre el que Juana Castro vuelve a suspenderse, sin red protectora, para asomarse al abismo y sondear las preguntas que dan sentido a una existencia particular y a los vínculos que un yo, irrenunciablemente femenino, establece con la sociedad en que vive. La evidencia de este atávico proceso de introspección y, al mismo tiempo, de indagación en las entrañas del paisaje rural de la infancia -territorio emocional explorado por primera vez en Fisterra-, del que regresa indemne es, haciendo suyo un verso de Fina García Marruz, Antes que el tiempo fuera (Hiperión, 2018), poemario que le ha valido el XXV Premio de Poesía Ciudad de Córdoba Ricardo Molina.



Para seguir leyendo pica aquí.



(Publicado en Cuadernos del Sur, 19 de mayo de 2018, p. 6)

viernes, 18 de mayo de 2018

Antonio Colinas, esencial


El sábado 12 de mayo tuvo lugar el acto de entrega del Premio de Poesía Ciudad de Cabra a Antonio Colinas por el conjunto de su obra, entre la que destacaría por la influencia que han tenido en mí como lector y escritor Preludios a una noche total, Sepulcro en Tarquinia, Noche más allá de la noche, Tiempo y abismo o Desiertos de la luz. Para mí fue un gran honor y un placer poner voz a uno de los poemas del maestro leonés, "Desiertos de la luz", del libro homónimo.
De repente, he recordado que en 2015 colaboré con un poema titulado "Escribo", junto a otros 53 poetas, en un libro homenaje con motivo de los cuarenta años de la publicación de Sepulcro en Tarquinia. En el volumen, publicado por La Isla de Siltolá, y coordinado y editado por Ben Clark, que también estuvo en Cabra, colaboraron autores de la talla de Antonio Gamoneda, Pablo García Baena, Francisco Brines, Antonio Carvajal, Clara Janés, Jaime Siles o Chantal Maillard, por citar solo algunos.



jueves, 10 de mayo de 2018

Diversas miradas sobre Cántico



La tradición trascendida. Cántico y su época es una de las múltiples publicaciones celebrativas que, a lo largo del 2017, han visto la luz para homenajear a Ricardo Molina en el centenario de su nacimiento, y al grupo Cántico y la revista homónima, de cuyo primer número se han cumplido 70 años, aunque esta efeméride haya pasado casi desapercibida.
Tras la protocolaria introducción de la coordinadora del libro, Balbina Prior, donde se justifica la necesidad del mismo y su carácter heterogéneo, al tiempo que se esbozan los diversos artículos que lo integran, se despliegan doce epígrafes pretendidamente asimétricos.
Grupales son las aproximaciones de Luis Antonio de Villena y Juan de Dios Torralbo. El primero firma “Pequeño diccionario íntimo del grupo Cántico”, un compendio de anécdotas escrito desde un punto de vista vivencial y desde la proximidad literaria. Villena conoció en su juventud a todos los miembros, excepto a Ricardo Molina, manteniendo, desde entonces, una relación de amistad, fundida con una admiración literaria declarada. Concluye su evocación afirmando que “Cántico en suma –poetas y pintores- es una galaxia y si ya es muy celebrada, aún está lejos de ser entendida en todas sus dimensiones y en su notable y diferente apuesta estética, dentro de la vida española de su tiempo, no concluido.” El segundo, con “Un paso en la aclimatación de literatura extranjera en España: internacionalización y apertura del grupo Cántico”, profundiza en la independencia y singularidad de unos creadores en una “ciudad de provincias inmóvil y conservadora”, destacando su carácter pionero a la hora de introducir en nuestras letras a ciertos autores extranjeros como T.S. Eliot, Auden, Milosz o Claudel.
De Ricardo Molina se ocupan José María de La Torre, Javier Lostalé, Antonio Colinas y Olga Rendón Infante.
José María de La Torre, responsable de la edición en dos tomos de la Obra poética (Visor, 2007) del pontanés, presenta en “Dos inéditos de Ricardo Molina” un par de textos desconocidos hasta ahora: el primero, un poema titulado “Algo mío”; el segundo, una carta dirigida a Miguel Molina Campuzano, escrita el 7 de mayo de 1948.
Acto seguido, Javier Lostalé acude a la expresión “Hombre solar”, con la que Pablo García Baena definió a su compañero y amigo, y analiza el amor como eje nuclear de su poesía.
La inteligencia, la sutileza y el conocimiento vivencial de Antonio Colinas maceran en “Aroma de leyenda”, escrito desde la dimensión subjetiva que la muerte temprana del poeta proyecta sobre su vida y sobre su poesía. La grandeza de Ricardo Molina para el autor nacido en La Bañeza radica en su capacidad para crear un ámbito eterno, el de la sierra cordobesa, imposible de comprender si no tenemos presentes tanto su obra como la de Góngora. Igualmente, reivindica la novedad de su estética en plena posguerra, un panorama polarizado entre el “compromiso” y el “neoclasicismo”, al apostar por una poesía de la emoción.
En la misma línea que de La Torre, Olga Rendón Infante presenta dos cartas inéditas escritas por Vicente Aleixandre a Ricardo Molina en mayo y junio de 1967, pocos meses antes del fallecimiento de este en enero de 1968.
De Juan Bernier, por contra, tan solo se ocupa Ángel L. Prieto de Paula en “Juan Bernier, entre el yo y el mundo”. Además de destacar el papel cohesionador del mayor de todos los miembros del grupo, capaz de poner en contacto a unos con otros en torno a unas aficiones poéticas, musicales y pictóricas comunes, el crítico salmantino define las líneas esenciales de la poética de Bernier, que, en su fusión de existencialismo y poesía social, “desnaturaliza la estética asumida”, presentándose como “un disidente de la estética arquetípica del grupo representada por Pablo García Baena y Ricardo Molina, y mucho más tardío en la publicación, Julio Aumente”.
Pablo García Baena, fallecido apenas un mes después de la aparición del volumen que nos ocupa, nutre las aproximaciones de Felipe Muriel, “La figura del poeta en la obra de Pablo García Baena”; de Aquilino Luque, “Pablo y la berza”; de Jesús Munarriz, “Una cita otoñal”, y de Antonio Moreno Ayora, “Pablo García Baena: Tres fuentes para su estudio”.
García Baena es, según Felipe Muriel, “el más preocupado por la palabra exacta, el modulado del verso y el ritmo” de sus compañeros a la hora de construir una poética singular a partir de dos planos aparentemente excluyentes: el arrebato y la depuración.
Mientras que Aquilino Luque recuerda, desde su memoria como lector y como amigo, la figura y la obra del  escritor cordobés, notando su oposición estética a autores como Hierro, Celaya o Blas de Otero, Jesús Munárriz rememora sus encuentros otoñales con el ya anciano y premiado presidente del jurado del Premio Ciudad de Córdoba “Ricardo Molina”.
Antonio Moreno Ayora, en cambio, deja constancia de tres estudios recientes sobre su poesía: Pablo García Baena: la liturgia de la palabra, de Antonio Rodríguez Jiménez, Cántico. Resistencia y vanguardia de los poetas de Cántico, de Rosa Luque Reyes, y Pablo García Baena. Antología (1943-2016), selección y estudio de José Infante.
Por su parte, Mario López recibe únicamente la mirada cómplice de Carlos Clementson. En “Mario López en sus paisajes del alma”, además de contar el primer encuentro entre ambos en otoño de 1969, auspiciado por Jacinto Mañas, traza una semblanza biográfica de diecinueve páginas, antes de dar unas breves pero certeras pinceladas sobre un poeta netamente andaluz, afincado “en la tierra y el espíritu de su tierra”.
 Asimismo, Vicente Núñez es objeto de estudio por parte de Antonio Varo Baena, quien, en “Una interpretación sartriana de Los himnos a los árboles”, indaga en el sustrato filosófico sobre el que germinan sus versos.
Julio Aumente centra la atención de Francisco Ruiz Noguera en “Julio Aumente: la pasión, la vida, la belleza”. El profesor malagueño divide su producción en tres etapas: una primera en la cual conecta con las preocupaciones estéticas, morales e ideológicas del resto del grupo; una segunda de un claro esteticismo decadentista, unido a una “hondura en la meditación”, y una tercera marcada por un lenguaje directo y de la calle, que revela la “pasión de Aumente por la vida, el amor y la belleza”.
Cerrada la nómina canónica, es el turno de José de Miguel, quien, pese a no pertenecer a Cántico, tuvo relación con sus miembros nucleares. José María Barrera López firma “José de Miguel, un destino de belleza y realidad en el grupo Cántico de Córdoba”, y destaca que su producción más genuina se caracteriza por la “aguda sátira y el sarcasmo a través de personajes-símbolo”.
Sorprendentemente, Ginés Liébana es, junto a Ricardo Molina y a Pablo García Baena, a quien se le dedica mayor atención. Tres textos dimanan de él. El propio Liébana colabora con un poema inédito titulado “Retrato de Cristo visto a lo Arcimboldo”, al tiempo que es materia de sendos artículos firmados por Bernd Dietz, “La poesía secreta de Ginés Liébana”, y por Miguel Losada, “Ginés Liébana colgando las preguntas en el vestidor de la belleza”. El primero aborda las claves de su creación poética; el segundo recorre amistades y anécdotas del incombustible personaje fabricado por él mismo. Sin embargo, Miguel del Moral tan solo recibe la aproximación tangencial de José María Báez en “El surrealismo en Cántico a través de Pablo García Baena y Miguel del Moral”, donde analiza la relación del grupo con el movimiento de vanguardia a través de la pasión de García Baena por el cine y de las ilustraciones de del Moral.
Por último, Balbina Prior firma dos artículos que pretenden visibilizar a Rocío Moragas: “Rocío Moragas: ¿En la órbita de Cántico o un verso suelto?” y “Pilar Paz Pasamar: un recuerdo imborrable”. Pese a no haber pertenecido al grupo, Moragas mantuvo una relación de amistad con varios de sus componentes y participó en múltiples reuniones, llegando a publicar dos libros en la década de los 50.
Cierra la miscelánea una brevísima muestra de diez poemas firmados, y cito por orden de aparición, por Francisco Gálvez, Juana Castro, José Infante, Manuel Neila, Luis Alberto de Cuenca, José Teruel y Ángel Rodríguez Abad, en los que se homenajea a los diferentes miembros del grupo.
Este volumen supone, en definitiva, pese a la heterogeneidad de las miradas y enfoques, una interesante ventana para asomarse, una vez más, a Cántico, que marcó la poesía española de postguerra y planteó una auténtica renovación del discurso lírico.



(Publicada en Cuadernos del Sur, el 21 de abril de 2018, p. 6)


Autor: VV.AA. Edición de Balbina Prior.
Título: La tradición trascendida. Cántico y su época
Editorial: Ediciones de La Revista Áurea
Año: 2017