sábado, 10 de noviembre de 2018

Entrevista en "Piezas", de Canal 54


El pasado 23 de octubre, el nuevo programa cultural de Canal 54 Pozoblanco, "Piezas", que pretende dar a conocer a los creadores de nuestro municipio,  emitió su segunda entrega, dedicada a Rafael Sánchez y a un servidor. Aunque cada vez que me veo y me oigo, siento la incomodidad de quien se enfrenta a otro yo, a un impostor, a un alter ego desconfiado, os dejo el vídeo. No sin cierto pudor.

martes, 6 de noviembre de 2018

Amor y muerte, condena y redención



La concesión de un accésit del prestigioso premio Adonáis a Enemigo íntimo en 1959, y su publicación al año siguiente en la mítica colección intonsa de Rialp, supusieron el pistoletazo de salida a uno de los escritores más prolíficos, reconocidos y reconocibles de la segunda mitad del siglo XX. Cuando apenas queda un año para que se cumpla el quincuagésimo aniversario de la salida de las prensas de un libro considerado casi de culto por los lectores más inconformistas del afamado autor cordobés nacido en Brazatortas, sus perfiles se delinean con mayor nitidez y justicia, en la medida en que el conjunto, más allá de haber perdido actualidad, ha ganado en consistencia; no en vano, ha sido reeditado en tres ocasiones –en 1992 por Ediciones La Palma, en 1999 por Planeta y en 2012 por Vitrubio-, con buena acogida por parte de público y de crítica.
Pese a la brevedad de su obra poética, no me parece arriesgado definir a Antonio Gala como poeta, pues el temblor, el ritmo, la emoción, la plasticidad y la sensualidad de sus poemas impregna toda una producción literaria que, en palabras de José Infante,  es “múltiple, brillante y decididamente poética”, pues “la poesía es la nuez alrededor de la cual ha ido construyendo todos y cada uno de sus libros, la que está en el centro de su cosmovisión y de la forma de transmitirla a los demás.” En este  sentido, debemos afirmar que el resto de su producción no puede ni debe entenderse sin su poesía, germen y andamiaje de un universo creativo propio, como él mismo declara entre líneas, con su característica lucidez: “Todo es poyesis, todo es creación dócil. Una creación que, como un líquido, toma la forma del recipiente en que se vierte, y es tal forma lo que diferencia unas artes de otras. Quizá la más difícil de todas, la más alta –también la más humilde-, sea la poesía: una manera de creación que estriba en la cristalización del líquido vertido, o en su evaporación, que lo convierte en un gas teñidor de su entorno. (…) La poesía puede muy poco más que ser sentida, que ser participada o compartida. Porque no reside en la rima ni en el ritmo, ni siquiera en las palabras, sino en el estremecimiento que suscitan: es lo que está en el beso y no es el beso.”
Aunque incomprensiblemente oscurecida por su producción teatral, periodística, novelística y guionística, es en este género donde el creador vuela más alto, en plena libertad y en total comunión consigo mismo, con la palabra y con las grietas en las cuales se incardina su existencia. Sin embargo, y pese a la corriente de reivindicación actual, sus versos aún no gozan de la valoración que se merecen por parte de amplios sectores de la crítica. En esta injusta apreciación tal vez influya el hecho de que hayan permanecido inéditos, en gran parte, por su pudor para compartirlos con los demás, al considerar este acto como una suerte de “estriptis emocional”.
Pese a que el que el propio Gala, acudiendo al tópico de la “excusatio”, lo defina como un libro de poemas de la adolescencia, “de una adolescencia más reflexiva, desalentada por la búsqueda afanosa de la que no está ajena cierta divinidad”, lo cierto es que en su “opera prima” aparece el poeta de cuerpo entero,  en plenitud identitaria, un orfebre inconformista que busca la belleza a través del lenguaje y que, mediante un profundo proceso de introspección, ahonda en sus propias fisuras para abordar temas como el amor, la muerte, el ansia de plenitud, el desamor o la soledad. Tal vez, en semejante afirmación subyazca el hecho de que esta obra nació de una profunda crisis personal. El joven poeta establece una lucha íntima para definirse que lo lleva a abandonar, cuando tenía muy cerca la posibilidad de aprobarlas, las oposiciones de abogado del Estado, a las que se había visto abocado más por complacer a su padre que por auténtica convicción. Como consecuencia de la convulsión interna experimentada, decide retirarse a la vida monástica en la Cartuja de Jerez de la Frontera y acudir a la palabra escrita como instrumento de introspección y autoconocimiento. Fruto de esta estancia, surge una obra de hondas raíces grecolatinas, escrita al margen de las tendencias dominantes en la época, aunque se aprecie en ella la huella del grupo Cántico, entroncada con cierta tendencia al  barroquismo, que, en ningún momento, se encuentra reñida con el tono meditativo y recogido del poema.
A lo largo de los veinte poemas, escritos en cuidados versos blancos –heptasílabos y endecasílabos-, se despliega toda una geografía del amor. El amor es un anhelo irrenunciable del ser humano. Pese a su condición incomprensible e inexplicable, se conforma como una vía de entrada en uno mismo (“quiere el amante a sí reconocerse/en el amor, igual que en un espejo,/sin saber que él es otro espejo en manos/de otro amante, que a sí mismo se busca.”), convirtiéndose en un acto de purificación, un sacrificio, para lo cual necesita de una víctima propiciatoria: el mismo amante. Ante el amor nada puede, no hay voluntad posible contra él, con lo que el amante queda a merced del amado, transformado en deseo y enemigo: “Bien sabes, enemigo/mío, que no soy yo el ardiente crimen/que cometo. Tú has sido quien me impuso/el puñal y la mano,/que no logran rendirse a tu implacable/amor”.
De este modo, se aproximan los conceptos de amor y muerte, coordenadas cartesianas de un hombre (“la vida y el amor transcurren juntos/o son quizá una sola/enfermedad mortal”) que, en su desesperación, los identifica: “Y dónde estás, entonces,/amor, tú, muerte, tú, Enemigo íntimo.” El amante arde en deseos y, en ausencia del amado, se siente exiliado “de aquel reino,/inmediato y distante, donde es todo/ claridad: no respuesta/sino entregada ausencia de preguntas.” La ausencia, pues, provoca una herida profunda que lo lleva a una suerte de autoinmolación en la medida en que el amor deviene búsqueda continua, no hallazgo: “Buscarte y no encontrarte, mi enemigo/íntimo es el amor”. Solo así se entiende que el deseo de unidad en el amado sea la mayor aspiración posible, a la que consagra sus desvelos: “seremos uno” porque “antes éramos uno y todo quiere/la unidad”. Y es, precisamente, en este camino de busca cuando el amor, que es condena, se convierte en redención e implica la resurrección del amante: “al final de una savia prolongada/una pausada sangre,/brota la espiga, desde/la simiente enterrada.”
Dicho esto, creo que Enemigo íntimo, aunque no esté a la altura de El poema de Tobías desangelado, es su libro más atractivo. Semejante afirmación, aunque motivada en parte por la intimidad y confianza sobre la que se sustenta la relación entre lector y obra, está cimentada en los propios valores literarios –tanto de estilo y de tono como de manejo del léxico y del metro, sin olvidar el uso inteligente de la imagen- y en el hecho de que en él se contienen muchas de las líneas de fuga a partir de las cuales el escritor cordobés construye el resto de su obra dramática, narrativa y, cómo no, poética.

(Publicado en Cuadernos del Sur, el 3 de noviembre de 2018, p. 10)

miércoles, 24 de octubre de 2018

Diversos rostros, una misma mirada reflexiva


En silencio. Alejado de las modas del momento. En los márgenes del canon. En Córdoba. Ese es el ámbito en el cual Francisco Gálvez (Córdoba, 1945) ha ido cincelando una voz genuina desde su debut con Los soldados en 1973, el mismo año en que fundó junto a José Luis Amaro y Rafael Álvarez Merlo la revista Antorcha de paja, hasta hoy.
Justo ahora que se cumplen cuarenta y cinco años de la publicación de aquel poemario en El toro de barro, aparece en la prestigiosa editorial valenciana Pre-Textos, dentro de su colección La cruz del sur, Los rostros del personaje (Poesía 1994-2015), una extensa e intensa antología de sus últimos libros, que viene a ser una continuación de Una visión de lo transitorio. Antología poética 1973-1997, editada por Huerga y Fierro en 1988. Si en aquella ocasión se seleccionaban textos de sus primeros seis poemarios -Los soldados (1973), Un hermoso invierno (1981), Iluminación de las sombras (1984), Santuario (1986), Tránsito (1994) y El navegante (1995)-, en el presente volumen se destacan de los cuatro siguientes: El hilo roto. Poemas del contestador automático (2001), El paseante (2005), Asuntos internos (2006) y El oro fundido (2015). Además, vuelve a incluirse Tránsito, reeditado en 2008 por la Diputación de Málaga en su reputada colección Puerta del mar, con prólogo del añorado Eduardo García. Tal inclusión, pese al conflicto temporal que provoca entre ambas antologías y pese a    difuminar la importancia de El navegante, se sustenta en su concepción nuclear; no en vano, supuso una nítida definición de su poética, al tiempo que marcó un nuevo itinerario, caracterizado por una mayor amplitud temática, tonal y formal, mostrando al poeta de cuerpo entero, en plena madurez. Semejante punto de inflexión vino acompañado del acceso a algunas de las mejores editoriales del país -Pre-Textos, donde han aparecido El hilo roto y El oro fundido, e Hiperión, en la cual vio la luz El paseante, después de haber conseguido el Premio Ciudad de Córdoba “Ricardo Molina”- y, por consiguiente, de una mayor atención por parte de la crítica. Pero más allá de la justificación del propio antologado, quien afirma en la “Nota del autor” que lo incluye “al considerar que es enlace entre un período y otro, y principio de otro momento”, la presencia de algunos de los poemas con los que consiguió el Premio Editorial Anthropos en 1994 permitirá al lector que no lo haya leído con anterioridad hacerse una representación cabal de los caminos explorados y del alcance de la travesía iniciada, a la par que muestra el convencimiento de Gálvez de que toda evolución se produce siempre dentro de una profunda continuidad, como puede observarse en la heterogeneidad de tonos y temas que configuran cada uno de sus poemarios.
Los rostros del personaje (Poesía 1994-2015) acaba de ver la luz precedido de un breve pero certero prólogo firmado por Vicente Luis Mora, “Rostros en serie. La poesía de Francisco Gálvez”, en el cual el crítico cordobés desgrana algunas de las claves de la lírica galvesiana, así como el alcance de la misma y su relación con la joven poesía cordobesa de los 90.
El acertadísimo título del volumen, tomado de una de las partes de su más reciente poemario, El oro fundido, coloca al lector frente al tema que sustenta su producción, sobre todo, a partir de El paseante y su afortunado ascendente El navegante: la problemática del sujeto enunciador. Convencido de que el interés del poema ya no está exclusivamente en el enunciado en sí, sino en el acto de habla que supone, con lo cual involucra a un emisor y a un destinatario, el autor crea, a lo largo de diez libros y de varias plaquettes,  una amplia y variada colección de personajes poéticos, formados “de un rostro y otro sucesivo”, más o menos alejados de su voz, que escudriñan lo cotidiano. De todas las máscaras elegidas para que el ejercicio de definición sea fértil, la tercera persona ha sido la más utilizada, al posibilitar un decir plural que desborda el ámbito de la propia intimidad para alcanzar una intimidad compartida, con lo que la anécdota individual deviene experiencia colectiva. De este modo, ante el espejo de lo otro, que engendra al “yo” en un incuestionable acto de responsabilidad, este puede iniciar un camino de conocimiento que le conduzca a tomar conciencia de sí mismo, de sus límites y de sus grietas, de sus anhelos y de sus frustraciones… El discurso queda abierto, así pues, a la alteridad, que adquiere una importancia axial. Solo desde la asunción de esta relación dialógica es posible la construcción de un yo poético imbricado en el otro. En mi opinión, esta es la gran aportación de El hilo roto. Poemas del contestador automático, un libro que, más allá del posible deslumbramiento provocado por la presencia del motivo de la telefonía, muestra la incomunicación y la soledad características de nuestra sociedad actual, al tiempo que ahonda en la depuración, precisión y sugerencia del discurso lírico.
Junto a este, los otros dos grandes núcleos temáticos de toda su producción poética son la importancia de la mirada y la conciencia del paso del tiempo. Para nuestro escritor, el poema es el espacio donde se produce el desvelamiento de lo concreto y, paralelamente, el cambio de estado de la experiencia en la palabra, de la reflexión en la emoción; y, para conseguirlo, el discurso debe nacer de lo cotidiano, de momentos en apariencia insignificantes que han de ser observados con precisión para bucear no tanto en el hecho preciso, sino en los márgenes del mismo, donde se produce el asombro necesario para que el acto de mirar fertilice lo contemplado y tenga lugar, más allá de la simple apariencia, la revelación del enigma que sustenta el engranaje azaroso de nuestra existencia. Así, el poema deviene la mirada de quien escribe, pues su objetivo es hacer más visible lo visible, hacer que la realidad se despliegue mediante el lenguaje poético y sea, por tanto, más realidad. 
En consecuencia, la dicción tiene que ser sobria y estar sustentada sobre una sintaxis precisa y calculada, con una cuidada combinación de metros blancos -que no tiene inconveniente en romper siempre que la necesidad expresiva lo requiere-. Esta es la estructura ósea de un discurso poético tejido entre la sutileza y la sugerencia como vía para activar el pensamiento del lector. Sin perder de vista esta premisa, en los últimos poemarios se atreve a experimentar con la puntuación, con el versículo e, incluso, con el poema en prosa, en el cual encuentra  el instrumento adecuado por el que hacer discurrir el pensamiento de manera ordenada y progresiva. En este sentido, la palabra galvesiana no descansa ni en la metáfora ni en la imagen, sino en la observación y en la verbalización de la misma, con la intención de insinuar al lector el misterio sobre el que se levanta el complejo andamiaje de la cotidianidad.
El paso del tiempo, por su parte, ha sido abordado a través de distintos motivos. Desde un inicial interés por la fugacidad, la pérdida o la ausencia, Francisco Gálvez profundiza, con rigor y solvencia, en el motivo del tránsito, que, según Eduardo García, alude a “la conciencia de la continua transformación del mundo”, dando como resultado el poemario homónimo, que, en palabras del escritor cordobés nacido en São Paulo, es una de los escasas muestras de poesía metafísica existentes en nuestra lengua. Una vez asumido el cambio continuo, el sujeto decide mirar con serenidad al pasado, a la memoria, a la ausencia y al dolor sosegado provocado por ella, actuando la mirada de cauce para el pensamiento, como se aprecia en algunos poemas de Asuntos internos y, sobre todo, en El oro fundido, donde se funde y confunde con la realidad observada, al tiempo que realiza un ejercicio de rememoración que no excluye la atención al presente, la reflexión sobre el tiempo, la afirmación de la vida o la preocupación por la muerte.
En Los rostros del personaje (Poesía 1994-2015) se resumen, pues, algo más de veinte años de creación de un poeta que "no es todo lo conocido que merece", en palabras de Vicente Luis Mora, con quien coincidimos en el deseo de que la presente recopilación contribuya a que su obra alcance la difusión merecida. En este sentido, estamos convencidos de que la exhaustiva selección de textos, que respeta la estructura orgánica de cada libro al incluir las citas y mantener las partes en que se articula, servirá para que el lector se haga una idea bastante certera del alcance de una poesía concebida como un continuo ejercicio de resistencia, de honestidad y de compromiso con la palabra.

(Publicado en "Cuadernos del Sur", el 6 de octubre de 2018, p. 7)

lunes, 1 de octubre de 2018

Intensidad emocional: los aforismos de Luis Rosales




“El título de este libro no es una palabra, sino un signo o, leído en posmoderno, un emoticono. Véanlo: […]. El subtítulo “Aforismos extraídos” y el autor, Luis Rosales, explican mucho mejor su contenido: se trata de una colección de aforismos seleccionados de la obra poética del estremecido autor de La carta entera.”
Con estas palabras comienza Enrique García-Máiquez “La vida es lo junto”, el breve pero clarificador prólogo de esta extensa e intensa selección de aforismos que acaba de ver la luz en la editorial sevillana La isla de Siltolá. En ellas se intuye el riesgo de la empresa: el poeta granadino no escribió ni un solo aforismo; sin embargo, el tono sentencioso y la profundidad de pensamiento de su poesía le han allanado el camino al editor, que ha espigado aquellos fragmentos y versos que, representando el mundo poético del autor, destacan por “su potencia expresiva y su intensidad emocional”.
En este sentido, “el aforismo rosaliano cumple una voluntaria función estrictamente poética”, en la medida en que contribuye a marcar el ritmo del verso libre, dándole intensidad y haciendo que pensamiento y emoción confluyan y se condensen en un metro que se alarga como en ningún otro poeta coetáneo.
La lectura de estos fragmentos, en los que se abordan temas como la identidad, el amor, la mirada, la creación poética, el lenguaje o el tiempo, es entrar en una puerta giratoria que puede llevar o bien a la poesía sin límites de Rosales o bien a una relectura celebrativa y gozosa de algunos de sus versos más significativos, e, incluso, puede actuar como eje sobre el cual el lector va y viene a uno de los poetas más grandes de la posguerra, cuya obra siempre es refugio o casa encendida.


[…] Aforismos extraídos
Autor: Luis Rosales
Editorial: La isla de Siltolá, 2018.

martes, 25 de septiembre de 2018

La mirada del poeta: "Las gafas de Pessoa", de Aitor Francos





Las gafas de Pessoa es el sugerente título del libro con el que Aitor Francos (Bilbao, 1986) ha conseguido el VIII Premio de Poesía Iberoamericana “Hermanos Machado”. Este poemario, editado por la Fundación José Manuel Lara dentro de su colección de poesía Vandalia, había sido ya finalista de la última edición del prestigioso Premio Adonáis y marca un punto de  inflexión en una obra compuesta por Igloo (Renamiento, 2011; XIV Premio Surcos), Un lugar en el que nunca he escrito (Renacimiento, 2013) y Las dimensiones del teatro (La isla de Siltolá, 2015), sin olvidar los haikus de Filatelia (Renacimiento, 2017) ni los aforismos de Fuera de plano (Cuadernos del Vigía, 2016; Premio José Bergamín).
Partiendo de la conciencia de pertenencia a una tradición, que le sirve de sustrato, el poeta reflexiona sobre la escritura, la identidad, la capacidad del lenguaje para crear realidad y el extrañamiento. El resultado es un conjunto consistente, articulado en cinco partes asimétricas: “Los rituales”, “La casa de papel”, “Preparar el vidrio”, “Los oráculos” y “Los cantos de la tribu”. A lo largo de los cuarenta y tres poemas, Francos transita por distintos metros e, incluso, diversos tonos, manteniendo el ritmo y la tensión poética. Con todo, en  los que creo que vuela más alto es en los poemas más breves, en los que consigue despojar a la palabra de lo accesorio para hablarnos a media voz, reforzando, así, la hondura del poema.
De todos los hilos temáticos, el que unifica el volumen es la complejidad de la mirada que escruta la realidad, consciente de la esencia múltiple y variable de esta. Y es, precisamente, de la observación de ese mundo circundante, en el que se incluyen lecturas y literatura, de donde nacen los versos del joven poeta bilbaíno. Algunos de las gemas que encierra el libro son “Primer lenguaje. El maestro del poeta”, “Las gafas de Pesoa”, “Soliloquio de aquel que comienza a escribir” o “Nulidad”, con el cual siento una especial e inconfesable afinidad.



Autor: Aitor Francos
Título: Las gafas de Pessoa
Editorial: Fundación José Manuel Lara
Año: 2018  

miércoles, 20 de junio de 2018

Melancolía y desarraigo. "El musgo y las campanas", de Alejandro López Andrada



El musgo y las campanas, el más reciente poemario de Alejandro López Andrada, abre el catálogo de un nuevo sello editorial, CatorceBis, dirigido por el también poeta Carlos Vaquerizo (Sevilla, 1978). El sugerente nombre de este proyecto, que dará cobijo a autores de la talla, entre otros, de Jesús Munárriz, Manuel Moya, María Sanz o Fernando Ortiz, remite al número de versos de la estrofa por antonomasia, el soneto.
El volumen, articulado en cuatro partes –“Atrio”, “Prosas ocres”, “Fragmentos del verano” y “Las sombras vespertinas”- ofrece el lado más íntimo y personal del poeta nacido en Villanueva del Duque; de hecho, la mayoría de los textos ha ido viendo la luz en el muro del autor en Facebook al hilo de las sensaciones y momentos que los han motivado. Pese a que la utilización del lenguaje y la extensión de los mismos no sea lo establecido al uso en la citada plataforma social, esta influye en su estructura, especialmente en el caso de las prosas. En este sentido, la condición de “diario público” o álbum compartido no es obstáculo para que el autor intente dotar de unidad a esta serie de fragmentos de su propia interioridad, compartida en la red, al seleccionarlos y ordenarlos, con vistas a la publicación, pues responden a un impulso común y a una misma concepción de la poesía y del mundo. Así, el presente libro entronca directamente con Entre zarzas y asfalto.
El poeta, un hombre que ha tenido que marcharse de su pueblo natal ante la falta de trabajo -circunstancia que ya sufrió entre 1986 y 1988-, pasea por la capital cordobesa, donde vivió durante sus años de estudiante de Magisterio, y escribe al hilo de los pequeños detalles en los que repara durante su caminar diario. A ese núcleo se unen los recuerdos del pasado y/o las sensaciones experimentadas en los regresos vacacionales a las raíces, que se amalgaman en un todo imposible de disociar.
“Atrio”, que funciona a modo de patio abierto situado a la entrada, marca el tono y el punto de  vista del conjunto: la sensación de desarraigo. Este desarraigo, presente en poemarios como Novilunio en Allozo, Álbum de apátrida o Los pájaros del frío, se canaliza a través del sentimiento de melancolía y el tono elegíaco característicos de su poesía, y no de la denuncia social –como hiciera en El jardín vertical o en Los perros de la eternidad-. El volumen puede leerse, por tanto, como una metáfora del éxodo rural: “Abandoné el temblor de mis raíces./Piso los surcos/y oigo a mis espaldas/la mansa eternidad de la pobreza/que antaño vi a mi lado.”
En las veintidós “Prosas ocres”, este paseante se muestra desubicado en una ciudad que, pese a sus bondades, se revela hostil en algunos momentos. Por ello, busca refugio en los espacios en que la naturaleza asoma en forma de parque o se muestra plena, como en los Sotos de la Albolafia. Las composiciones más emotivas de este bloque son las cuatro inspiradas en su madre, quien “sigue ahí, con la cabeza llena de aleteos de golondrinas”: “Fe materna”, “Lágrimas”, “Victoria Andrada, madre” y “Noventa y cuatro años”. Junto a ellas, conviene señalar las dedicadas a su mujer y a sus hijas (“Paqui”, “Rocío” y “María Victoria”), escritas todas desde la sensación de despedida que marca un inevitable aliento melancólico.
En los doce poemas de “Fragmentos del verano”, la añoranza y el recuerdo de su pueblo se intensifican. Aparecen, así, los dos temas fundamentales de toda su producción poética: la naturaleza y el paraíso perdido de la infancia. El amor por la naturaleza es una pulsión vital; la infancia, por su parte, un paraíso, un territorio literario en el que se van difuminando los recuerdos, impregnando la poesía de nostalgia, hasta que la evocación lo invade todo. Especialmente significativos son “La vereda” y el proustiano “La galleta”. En el primero, se calza las zapatillas del padre muerto; en el segundo, evoca a su madre joven.
            En los trece poemas que componen “Las sombras vespertinas” aparece el otro gran tema de su obra: la ausencia y la muerte, e, íntimamente relacionado, la recuperación de los seres queridos a través de la memoria. La despedida de sus hijas alimenta “Ellas”; la ausencia del padre, en cambio, deja “El puente del Río Kwai” y “Borrasca”.
            Celebremos, en definitiva, la valentía de Carlos Vaquerizo al apostar por la poesía en este nuevo proyecto editorial, al cual deseamos una larga y fértil existencia, y que sea un escritor cordobés como López Andrada quien inaugure este sueño editorial.



Autor: Alejandro López Andrada
Título: El musgo y las campanas
Editorial: CatorceBis
Año: 2018


(Publicado en Cuadernos del Sur, 16 de junio de 2018, p. 6)

lunes, 11 de junio de 2018

Luis Bagué Quílez. Mediterráneo: puente o frontera



Convencido de que la lectura ha de ser una experiencia incómoda, Luis Bagué Quílez (Palafrugell, 1978) publica Clima mediterráneo (Visor, 2017; Premio Tiflos de Poesía), un libro que no quiere dejar indiferente al lector, al que, en un trabado ejercicio de tensión y distensión verbal, golpea a través de la palabra concisa y certera, brillante y con aristas.

Su sexto poemario conforma un tríptico espectacular junto a Página en construcción (Visor, 2011; Premio Unicaja) y Paseo de la identidad (Visor, 2014; Premio Emilio Alarcos), y lo consolida como una de las voces más importantes y singulares nacidas en la democracia.

Se trata de un libro profundamente unitario, en el cual se armoniza culturalismo y compromiso, reflexión e intensidad lírica. Está articulado en cuatro secciones polifónicas, en las que el auténtico protagonista es un Mediterráneo que es varios mares y que, por ello mismo, se convierte en símbolo de la sociedad presente, de la vieja Europa en crisis que, con sus grietas e injusticias, se muestra incapaz de estar a la altura del legado recibido y de lo que se espera de ella.

«Mediterráneos» son seis poemas sin título que tienen como protagonista a un mar que es origen y término de nuestra civilización y que, por ello, es concebido «como puerta giratoria», en la medida en que ha sido puente entre civilizaciones, aunque ha acabado convirtiéndose en frontera que separa. «Hecho en España», por su parte, está formada por cinco poemas concebidos como un personal inventario de productos patrios, en los que destaca la fina ironía del poeta. «Alta velocidad», en cambio, son 23 «haikus impuros» que destacan por la agilidad del pensamiento. Por último, en los siete poemas de «Zona residencial» irrumpe un yo, poliédrico y contradictorio, que se nutre de la cotidianidad.

Poema a poema, Bagué Quílez configura un universo poético propio, en el que la ironía y la desmitificación, la decodificación de los mitos, la resemantización de la palabra, el escepticismo, la búsqueda del verbo incisivo y mordaz se convierten en los pilares sobre los que levantar un discurso singular, capaz de asombrar al lector, de quien busca una complicidad activa, que lo enganche definitivamente al poema.