viernes, 14 de marzo de 2014

Antonio Machado: Compromiso ético y estético


Antonio Machado es, junto a Juan Ramón Jiménez, el poeta que más ha influido en la poesía española del último siglo por una singular apuesta poética en la que funde ética y estética. La admiración hacia su obra y el magnetismo de su ideario y de su personalidad lo han convertido en un mito, y han motivado que cada lector se cree, como dice Valente, un Machado apócrifo a la medida de sus necesidades.
En este sentido, todos coinciden en señalar que se trata de una persona de innegable altura humana y política, espejo de integridad, compromiso y dignidad, que acude a la palabra como modo de definirse y de definir su relación con el mundo en que le ha tocado vivir. Y son, precisamente, sus versos desnudos, tejidos con palabras verdaderas, sencillas y sugerentes, los que abren nuestra poesía –junto a los de Unamuno- a la modernidad al depurarlos del vano artificio romántico y modernista. Tal economía verbal es lo que confiere a la palabra machadiana, en la que late el temblor primero de un hombre, una intensidad y hondura singulares que en ningún momento están reñidas con la comprensión, y un tono de confidencia a media voz en el que conviven emoción y reflexión. Con estos elementos el poeta, que descree de verdades absolutas, encuentra en la duda el instrumento para sondear el misterio de la existencia humana; sin embargo, semejante propósito viene condicionado por las fallas y limitaciones del lenguaje, que tan solo puede desvelar una mínima parcela de realidad, convertida en ámbito de comunicación entre un tú y un yo en íntima relación dialéctica, con lo que la poesía deviene refugio contra la intemperie.
Antonio Machado nace en Sevilla el 26 de julio de 1875, pero abandona la ciudad a los ocho años. En Madrid cursa estudios, junto a su hermano Manuel, en la Institución Libre de Enseñanza, lo que le permitirá entrar en contacto con una serie de ideas krausistas y regeneracionistas que definirán inevitablemente su concepción del mundo. De su juventud, aparte de una breve estancia en París -donde trabaja como traductor en la casa Garnier- y de la firma del manifiesto contra el Nobel concedido a Echegaray, destacamos un modo de vida tangencialmente bohemio que, sin embargo, recela del mundillo literario –excepto contadas amistades-. En 1902, aunque con pie de imprenta de 1903, publica Soledades, que en 1907 incorporará nuevos poemas bajo el título Soledades, galerías, otros poemas, título que aún sufrirá una última variación en 1919: Soledades, galerías y otros poemas. En este libro apuesta, con una obvia economía de recursos expresivos emparentada con la nueva sensibilidad becqueriana, por una poesía clara e intimista y despoja al poema de todo lo anecdótico para centrarse en la “pura emoción”, como él mismo reconoce en Los complementarios, convirtiéndose la palabra en la sugerente vibración de un susurro al oído.
Tras aprobar unas oposiciones a Cátedra de Francés en 1906, obtiene la vacante del instituto de Soria. Se incorpora en octubre de 1907 y conoce a Leonor Izquierdo, hija de los dueños de la pensión de la plaza de los Teatinos donde se aloja, con la que se casa el 30 de julio de 1909. Ella apenas ha cumplido 15 años; él tiene 34. De modo paralelo, el poeta se empapa de una nueva naturaleza concreta y real que lo deslumbra, hasta llegar a identificarse con ella. Su poesía se vuelve más descriptiva y se centra en una realidad exterior que, indudablemente, tiene una dimensión interior. Así, aparecen en sus versos, aunque tardíamente, los temas y las preocupaciones propios del 98, que adquirirán en su voz la formulación más profunda. Esperanzado en un futuro renacer cimentado en la libertad, la dignidad y el trabajo de la colectividad, denuncia la decadencia moral, política y económica del país, sostenida en una serie de vicios estructurales que impiden el desarrollo.
Junto a Leonor vive dos años de felicidad; sin embargo, en 1910, durante una estancia en París para ampliar estudios, ella enferma de hemoptisis y él debe renunciar a la beca y volver apresuradamente a Soria. Ver cómo la vida de su esposa se apaga sin poder evitarlo le provoca una íntima desesperación. El 1 de agosto de 1912 ella muere y él envejece para siempre. Dos semanas antes había aparecido la primera edición de Campos de Castilla; Leonor había llegado a tener un ejemplar entre sus manos.
Los recuerdos y el dolor provocado por la muerte lo asfixian y, tan solo siete días después de depositar los restos de su amada en el Espino, abandona Soria. Pide traslado al instituto de Baeza, adonde llega en otoño. Acompañado de su madre, busca refugio en las clases, los paseos, las tertulias con contados amigos, la lectura y los estudios –de hecho, obtiene por libre la licenciatura de Filosofía y Letras en 1918-; sin embargo, el recuerdo de Leonor y de las tierras castellanas, así como la necesidad de volver al paisaje donde fue feliz, lo ahogan hasta el punto de trasladarse a Segovia en 1919.
Con todo, la ciudad andaluza tiene una importancia axial en su evolución literaria e ideológica. En ella escribe los nuevos poemas de Campos de Castilla; en ella reside cuando se  publican, en 1917, dos libros: Poesías escogidas y la primera edición de sus Poesías Completas; en ella, al contemplar la injusticia del campo andaluz, los ambiguos ideales del regeneracionismo son sustituidos por una clara conciencia de lucha de clases sustentada en la necesidad tanto de la educación como del trabajo para conseguir una justicia social que asegure la dignidad y la libertad de las personas; en ella escribe Nuevas canciones, epopeya de profundas raíces grecolatinas acerca de la tierra que lo vio nacer y que ahora se funde en la retina con aquella otra donde ha vivido y amado, que incorpora lo popular a una poesía que, de este modo, queda abierta al otro, con quien el yo establece una íntima y solidaria relación dialéctica; en ella crece su interés por la filosofía, que se inicia en Nuevas canciones y desemboca, inevitablemente, en los apócrifos. Si las primeras podrían calificarse de poesía filosófica, los segundos son considerados filosofía poética. De un cancionero apócrifo es un libro original y sugerente. Escrito en prosa, fue apareciendo en varias publicaciones periódicas hasta incorporarse a la edición de 1928 de Poesías completas y supone una continuación y exégesis de la producción poética anterior. Ahora el escritor siente la necesidad de crear unos heterónimos, Abel Martín y su discípulo Juan de Mairena, a los que dota de una biografía real y a través de los cuales expone intuiciones filosóficas que iluminan ciertas áreas en sombra de nuestra existencia.
Instalado en Segovia, la monotonía y los recuerdos se alternan con las clases, las colaboraciones en revistas y periódicos, los meditativos y melancólicos paseos y las tertulias. Sin embargo, la vida le ofrece una nueva oportunidad y aquí acude la madrileña Pilar Valderrama, destinataria de sus Canciones a Guiomar, para conocer al poeta. El primer encuentro tiene lugar el 2 de junio de 1928. Por entonces, Machado solo tiene clases de lunes a miércoles, con lo que dicho día por la tarde coge el tren con dirección a Madrid para encontrarse con la familia, con los escasos amigos y con esta mujer casada con quien vuelve a vibrar su interior. Otros tres hechos destacables de este período son su adhesión, en 1926, a Alianza Republicana, su elección en 1927 como miembro de la Real Academia Española, si bien nunca llegó a leer el discurso de ingreso, y su participación el 14 de abril de 1931 en la izada de la bandera tricolor en el ayuntamiento de Sevilla.
Durante su estancia en Baeza y Segovia escribe una serie de anotaciones en un cuaderno sin título, una amalgama de materiales -algunos de los cuales serían reutilizados en composiciones posteriores- editados póstumamente como Los complemetarios.
En septiembre de 1931 consigue traslado a la capital, al instituto Calderón de la Barca, y se instala en el antiguo hogar familiar, junto a su madre y hermanos. A las clases, los paseos, las tertulias, las colaboraciones en prensa –en El Sol y en Diario de Madrid publica una columna firmada por Juan de Mairena-, habrá que sumar el compromiso con la República –participa en diversos escritos, homenajes y actividades de apoyo al Gobierno legítimo, del mismo modo que condena el golpismo- y las colaboraciones con su hermano Manuel, con quien escribe varias obras teatrales, entre las que destaca La Lola se va a los puertos. En 1933 y 1936 aparecen la tercera y la cuarta edición de su Poesías completas.
Al estallar la guerra civil, intensifica su participación en varios actos de apoyo a la República al tiempo que ofrece su pluma a la causa. El resultado es un conjunto de apresurados poemas, en la mayoría de los casos, de circunstancia. La guerra lo separa para siempre de su hermano Manuel y de Guiomar.
En noviembre de 1936 se traslada con su familia a Valencia, donde participa -junto a Malraux, Ehrenburg, Auden, Tristán Tzara, Neruda, Octavio Paz y Bergamín, entre otros- en el II Congreso Internacional de escritores para la Defensa de la Cultura que comienza el 4 de julio de 1937.
En abril de 1938 es evacuado con su madre, su hermano José y la mujer de este a Barcelona. Poco antes de su llegada a Cataluña comienza a publicar en La Vanguardia los últimos escritos de Mairena. Ante la inminencia de la caída de la ciudad, el 22 de enero de 1939 se prepara una expedición hacia la frontera, formada por coches y ambulancias militares facilitadas por el doctor José Puche. En Mas Faisat se les unen diversos intelectuales, entre los que está Corpus Barga, madrileño de origen belalcazareño. El camino a través de Los Pirineos es prácticamente intransitable y la comitiva está extenuada. A medio kilómetro de la frontera y bajo una lluvia intensa, todos los miembros de la expedición deben bajar de los vehículos, pues el trayecto solo puede hacerse a pie. Antonio, ya enfermo, apenas puede ayudar a su madre, de 84 años e igualmente enferma, y en varias ocasiones pide ayuda a Corpus Barga, quien la lleva en brazos mientras ella le susurra al oído “¿llegamos pronto a Sevilla?”. Pero aún habrá otras dos ocasiones en que el periodista se revele imprescindible para la familia Machado. La primera, cuando ha de explicarle a un gendarme quién es el exiliado al que acompaña y mostrarle los documentos oficiales que evitan su reclusión en un improvisado campo de concentración; la segunda, el 28 de enero, al bajarse con ellos en la estación de ferrocarril de Colliure y acompañarlos hasta el hotel Bougnol-Quintana. Antonio y su madre se alojan en la habitación número 5, en el primer piso; José y su esposa, en una inferior. El moribundo poeta tan solo sale del hotel en una ocasión y es para dar un paseo por la costa junto a su hermano, durante el cual exclama: “¡Si pudiera vivir detrás de una de estas ventanas, libre de todas preocupaciones!”.
En aquella habitación cedida mueren tanto Antonio como su madre. Él, el 22 de febrero, en la cama más alejada de la puerta; ella, ajena ya al final de su hijo –aunque algún testimonio afirme que preguntó adónde lo llevaban y que, al escuchar que a un sanatorio para que se recuperase, lloró y cerró los ojos-, tres días más tarde. Poco después de los funerales, llega una carta para Antonio con el ofrecimiento de un lectorado en la Universidad de Cambridge. A esta ironía del destino debe responder José, quien encuentra un papel arrugado en un bolsillo del gabán de su hermano con tres anotaciones: “ser o no ser”, una cuarteta dedicada a Guiomar y un enigmático alejandrino, “Estos días azules y este sol de la infancia”, el último verso escrito por el poeta.

Se cumplen ahora 75 años de este triste final, convertido en símbolo de la ignominia del exilio y de la dignidad de quien se sabe derrotado y es despojado de todas sus señas de identidad.

(Publicado en Cuadernos del Sur, 8 de marzo de 2014, pp. 4 y 5)

martes, 11 de marzo de 2014

11 M. Décimo aniversario


191 ÁLAMOS

La muerte llega como el frío y el equilibrio
que antecede a la nieve
y nos mira a los ojos.
Ciento noventa y dos miradas
de vidrio, donde pueden escribirse
ciento noventa y dos historias diferentes.

La mañana se ha roto antes de comenzar:
la luz, enferma de odio,
oscurece el diario
recorrido del tren.
Cae una nube de óxido
sobre los viajeros.
Un silencio de móviles que suenan
estira el tiempo.
Desorientada y frágil
una joven arrima su oído
hacia la fría tierra:
quiere escuchar la quietud de su seno,
quiere apagar la luz del nuevo día.

(Publicado en Los lugares públicos, Córdoba, 2008)

jueves, 6 de marzo de 2014

Emoción e inteligencia: "La fertilidad de los vocablos", de Jesús Hilario Tundidor

Después de la aparición hace ahora tres años de Un único día -su poesía completa hasta la fecha, revisada y estructurada en dos libros que se corresponden con dos etapas creativas distintas: Borracho en los propileos y Repaso de un tiempo inmóvil-,  Jesús Hilario Tundidor (Zamora, 1935) publica en la editorial madrileña Cuadernos del Laberinto La fertilidad de los vocablos, título tomado del primer verso del poema “Mudo festejar”. Se trata de una curiosa antología donde se recogen algunos de sus poemas en castellano y en otras seis lenguas: francés, inglés, italiano, neerlandés, portugués y rumano.

El poeta zamorano, que transita un camino solitario, concibe la poesía como una tabla de salvación en la que conviven valores éticos y estéticos en la medida en que asume una irrenunciable responsabilidad con la palabra y una concepción introspectiva de la realidad. En este recorrido, su discurso se vuelve, libro a libro, más reflexivo en tanto y en cuanto hay un proceso de ahondamiento en la propia interioridad, pero sin olvidar el hecho mismo de la creación poética ni la problemática existencialista del hombre actual. Estamos, por tanto, ante una poesía que es, y cito al propio Tundidor, “emoción del conocimiento” o, lo que es lo mismo, una poesía donde se aúnan las vivencias y la meditación sobre ellas, sin olvidar que todo debe estar “al servicio de la palabra poética”.

(Publicado en Cuadernos del Sur, 15 de febrero de 2014, p. 7)

lunes, 3 de marzo de 2014

sábado, 22 de febrero de 2014

75 aniversario de la muerte de Antonio Machado

Hoy se cumplen 75 años de la muerte de Antonio Machado en Collioure. La vida del poeta sevillano, uno de los referentes inevitables de mi poesía, ha inspirado dos poemas. El primero, perteneciente a Los lugares públicos, fue escrito cuando apenas tenía 20 años y se titula "Conversaciones con José durante un paseo por la costa"; el segundo, "Imagen", fue compuesto "ex profeso" para el número 4 de la revista Suspiro de Artemisa, monográfico dedicado al centenario de la publicación de Campos de Castilla. Os dejo ahora este último:


IMAGEN

Cuando los días son de lluvia,
el maestro
contempla
por la ventana
los campos.
Las encinas no son encinas, sino olivos;
los pájaros, lechuzas.
Estudia los caminos del agua
-como en La Perla-,
se olvida de los verbos
modales
que explica a los alumnos
y piensa
una casa con un hombre que escribe
y ama,
mirado
por otro
que solo escribe
y escribe.

martes, 18 de febrero de 2014

Poesía ontológica: José Ángel Valente

Poesía es el escueto título de la última antología de José Ángel Valente (Orense 1919- Ginebra, 2000). Los poemas, elegidos por el escritor madrileño Benjamín Prado, quien firma un sugerente prólogo titulado “Lo que se ve a través de lo escrito”, son, en palabras del propio antólogo, “los que, como suele decirse, yo salvaría de un incendio, si es que no me daba tiempo a llevarme su obra completa”.
La disposición cronológica de los textos -desde A modo de esperanza, Premio Adonáis en 1954, hasta Fragmentos de un libro futuro, editado póstumamente por Círculo de Lectores en el 2000, y Premio Nacional de Poesía en 2001- permite que el lector se haga una idea bastante fiel de la obra de este poeta heredero de la tradición mística que concibe toda su producción como la búsqueda de lo que él denomina “punto cero”.
El mundo es un enigma que no debe ser desvelado, y que tan solo puede intuirse, con lo que el poeta se propone indagar en el ámbito de lo inexplicable a través de la palabra, que, aunque connotada, es el único instrumento del que dispone para vislumbrar lo invisible. De este modo, la creación poética nace de una inevitable paradoja, lo que motivará la desconfianza del poeta en un lenguaje a todas luces insuficiente para descifrar el misterio del cosmos o, lo que es lo mismo, el misterio del propio ser que se incardina en un tiempo y un espacio determinados (“escribo sobre el tiempo presente”) y del que el poeta tan solo consigue “dejar indicios de su paso, no pruebas”.

Estamos, por tanto, ante una poesía de carácter ontológico, en la que el lenguaje y la materia se convierten en las dos vías para intuir el secreto de la existencia, con lo que se sitúa en un plano de igualdad tanto lo que se dice como aquello que se vislumbra a partir de lo dicho.

(Publicado en Cuadernos del Sur, 15 de febrero de 2014, p. 7)

jueves, 13 de febrero de 2014

Un drama comprometido: "Pañuelos bajo la lluvia"


Después de su primera novela, Un revolver en la maleta (Editorial Cuadernos del Laberinto, 2012; Premio Solienses 2013), y cuando el lector espera la continuación prometida de las aventuras del inspector Homero por las calles de la Córdoba de principios del siglo pasado, el pozoalbense Félix A. Moreno Ruiz (1969) sorprende con una obra teatral, Pañuelos bajo la lluvia, merecedora del accésit del VIII Premio el Espectáculo Teatral y recientemente editada por Ediciones Irreverentes.
La obra, un drama a la manera de Buero Vallejo, representa la desaparición, tortura y asesinato de Carlos, profesor universitario sospechoso de pensar de manera distinta al régimen, y de su mujer, Lucía, que está a punto de dar a luz a la hija de ambos. Veinte años después, Inés, hermana de Lucía, consigue encontrar a Julia, su sobrina, entregada a una familia afín a la dictadura, y decide actuar para que la joven conozca tanto su auténtica identidad como lo sucedido a sus verdaderos padres.
Se trata, pues, de “una historia de niños robados” que, aunque en la contraportada se nos sitúe “en una dictadura hispana cualquiera” y aunque la simbología del pañuelo que Inés y Lucía llevan para resguardarse de la lluvia sea un homenaje a las madres de mayo, suena muy española, además de por los antropónimos elegidos para los personajes, por el modo de comportarse de los mismos y por el aire de los diálogos y situaciones.
Formalmente, la pieza se divide en dos actos asimétricos en cuanto al número de cuadros –que no en cuanto a la extensión de los mismos-, por lo que en el acto primero los diálogos son más breves y la acción sucede con mayor rapidez, mientras que en el segundo las intervenciones de los personajes se vuelven más extensas, lo que da pie a una mayor profundización en los mismos. Junto a esto debemos destacar que el primero es más innovador, en la medida en que el autor acude a técnicas de inmersión y hay una mayor funcionalidad de los juegos de luces que, además, dividen el escenario en dos espacios –a la izquierda del espectador, en penumbra, la desaparición, tortura y asesinato de Carlos; a la derecha, la vida a punto de nacer y la desesperación de Lucía e Inés ante la incertidumbre- que se alternan a la par que los cuadros hasta que en el Cuadro IX los personajes del plano iluminado invaden, como siluetas, el ámbito izquierdo, donde actúa la ignominiosa represión. Por el contrario, el acto segundo es más convencional y transcurre todo en el salón de una vivienda de clase acomodada.
El resultado es una obra ágil, planteada con inteligencia, en la que los personajes están bien caracterizados, los diálogos suenan espontáneos y la acción se sucede de modo natural, consiguiendo que la intensidad vaya en aumento e implicando, en todo momento, al lector, que, al final, se reconcilia consigo mismo, a través de una catarsis sustentada en la contemplación y en la condena de la injusticia y de una de las atrocidades cometidas durante la dictadura y en el enaltecimiento de la dignidad de los perdedores, de los que sufren, de aquellos que se mojan bajo la lluvia.

(Publicado en Cuadernos del Sur, 8 de febrero de 2014, p. 6)