Cuando un poeta escribe al margen de las modas y de las
corrientes literarias, cuando no busca el aplauso complaciente de una crítica
acostumbrada a los marbetes simplificadores, cuando no tiene prisas en publicar
un primer libro que le sirva de carta de presentación sino que prefiere
exigirse a sí mismo la búsqueda de una voz propia, cuando entiende la creación
como una entrega absoluta a un ámbito en el que buscar las respuestas que den
sentido a las grandes interrogantes de nuestra existencia, se produce un
milagro solo al alcance de los más grandes: la coherencia de una apuesta
poética sistematizada en el poema inicial del primer libro, a la que se
mantendrá fiel a lo largo de toda su producción.
El argentino Roberto Juarroz (1925-1995), quien concibe la
poesía como un proceso de indagación en el ser, presenta una obra esencialmente
unitaria tanto por la utilización de unos símbolos, de unos temas y de un
estilo similares –creados con un rigor extremo- como por el hecho de que todos
sus libros mantienen el título de
Poesía
vertical, al que tan solo añade el ordinal correspondiente. Desde 1958
hasta 1994 se sucedieron trece poemarios, a los que habría que añadir una
Decimocuarta poesía vertical, de
carácter póstumo, y una
Quinzième poésie
vertical bilingüe.
La poesía juarrociana nace de la duda, de la interrogación
constante ante la realidad –entre la que se encuentran el lenguaje y la propia
identidad del ser-, en una búsqueda continua del ser motivada por la desconfianza
ante ella. Por ello prescinde de lo anecdótico, de lo accesorio, de todo lo que
rodea al yo poético. Esto es, hay que “desbautizar el mundo” o, lo que es lo
mismo, “desrepresentar”, con lo que todos los conceptos dados como ciertos y
seguros desaparecen. Una vez realizada semejante operación, lo que se encuentra
es la nada. Ante tal constatación, decide profundizar en la palabra, que es
donde reside toda verdad, sin que esto signifique que se olvide del ser, pues
penetrar en la palabra supone indisolublemente ahondar en el ser, que es
inestable y poliédrico.
Este es el gran acierto del poeta nacido en Coronel Dorrego:
convertir la poesía en una búsqueda ontológica, en la que la palabra es el
punto de partida. De este modo consigue fundir sin estridencias metapoesía y
ontología en el poema, concebido como la única área donde el hombre puede
preguntarse por el mundo que lo rodea y buscar las claves que le dan sentido…,
aunque esta búsqueda sea siempre inconclusa. A diferencia de la filosofía, la
poesía, al ser el espacio donde la palabra no se encuentra sometida a la
rigidez del concepto, le ofrece la libertad de hacer añicos la lógica, los
conceptos, las divisiones y las categorías. Algunas de las herramientas más
eficaces para semejante tarea son la imagen, el símbolo, que revela el abismo
del que nace la creación al no tener el sustento del concepto y de las verdades
tejidas en torno a él, y el fragmento.
En suma, Juarroz, un clásico imprescindible que se adelanta
al siglo XXI mucho antes de que apareciese esta antología en Cátedra, con un
riguroso prólogo y un impecable aparato crítico de Diego Sánchez Aguilar, crea
una poesía de un profundo aliento filosófico que pretende mirar, a través de la
creación, más allá de la realidad cotidiana para profundizar en el ser, que se
convierte en el eje capaz de unir metapoesía, poesía filosófica y poesía
ontológica.
(Publicado en
Cuadernos del Sur, 1 de diciembre de 2012, p. 6)