viernes, 7 de febrero de 2014

"Amor", de Vicente Sabido


El fallecimiento de Vicente Sabido (Mérida, 1953) ha coincidido con la llegada a las librerías de la antología Amor (Renacimiento, 2013). Esta triste coincidencia condiciona, de manera inevitable, la lectura de los cuarenta y siete poemas que la conforman. El poeta ha preferido no volver sobre ellos y retocarlos, sino que los ofrece tal y como aparecieron en los libros originales, con el simple añadido de una dedicatoria a cada uno, como si hubiese querido despedirse de todos los que conforman tanto su geografía emocional como literaria.
Poeta discreto, consciente de que cualquier libro necesita un tiempo de maduración, tan solo ha publicado cinco poemarios: Aria (1975), Décadas y mitos (1977), Sylva (1981), Adagio para una diosa muerta (1987) y Aunque es de noche (1994), última y más importante publicación, de la que hace casi veinte años.
Y, precisamente, tal silencio –roto de modo parcial en 2004 con la aparición de la antología Los cuarenta principales- junto a las afinidades con Miguel d´Ors han llevado a que pase desapercibido para gran parte de la crítica, que lo ha considerado un poeta menor y un discípulo diligente pero sin brillo.
Esta antología, cuya selección y prólogo corren a cargo de José Julio Cabanillas, viene a romper tales prejuicios, nacidos de una lectura apresurada. El escritor granadino prescinde del orden cronológico y distribuye los poemas en tres bloques temáticos: “Versos de amor”, “Versos de la niñez” y “Versos del tiempo adentro”. De este modo, no solo hace hincapié en los tres ejes fundamentales en torno a los cuales se articula la poesía del poeta extremeño -el amor, el tiempo y la desolación existencial-, sino que también refuerza la unidad de tono de toda su obra.

Por eso, más allá de la emoción provocada por la triste desaparición, el presente volumen posibilitará al lector el acercamiento a unos poemas perdidos en ediciones difíciles de encontrar al tiempo que le permitirá hacerse una visión de conjunto de la intensidad y del alcance de la poesía de Sabido. 

(Publicado en Cuadernos del Sur, 1 de febrero de 2014, p. )

miércoles, 5 de febrero de 2014

Culturalismo y compromiso


Partiendo del convencimiento de que el compromiso del poeta ha de ser, en primera instancia, con el lenguaje, materia con la que trabaja y, a través de la cual, se comunica con el resto de la humanidad, y después de profundizar en una identidad individual en Las Ollerías (Visor, 2011; XXIII Premio Internacional de Poesía Loewe), Joaquín Pérez Azaústre apuesta en su nuevo poemario Vida y leyenda del jinete eléctrico, merecedor del XXIII Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma, por definir una identidad colectiva y para ello mira hacia fuera, pero siempre desde su propia interioridad, con la intención de dar testimonio de la sociedad convulsa en la que se incardina su existencia y de los conflictos que la constriñen. Esta forma de mirar es la vía que permite al autor mantener la coherencia con el resto de su producción poética, al tiempo que contribuye a que el discurso suene auténtico.
Para semejante propósito, el autor recurre a la técnica del “poema río” (“el poema el poema largo el poema río el poema canto”), que ha resurgido con inusitada fuerza en los últimos años –La tumba de Keats de Juan Carlos Mestre, Entreguerras de Caballero Bonald, Canción en blanco de Álvaro García o Alma Venus de Pere Gimferrer-. Dicho molde constructivo permite que en un único texto convivan, dándose la mano, las diversas caras, aristas y vértices de una realidad poliédrica y en continua transformación, bien sea a través de la diversidad temática, la identificación de diferentes planos temporales en el poema –que algunos críticos definen como un fresco de la historia del siglo XX- o la adopción de una estructura conversacional en la que se amalgaman multitud de voces que, en una armónica polifonía, buscan respuestas y se cuestionan la realidad toda al tiempo que se plantea una ruptura de la sintaxis y una apuesta por un lenguaje innovador que va más allá de la omisión de los signos de puntuación y de las mayúsculas y que reside en la confianza en la metáfora sorprendente como instrumento para hacer reflexionar al lector.
Además de la estructura, el otro elemento que contribuye a que los treinta y seis fragmentos en que se divide el poema puedan ser leídos tanto en su conjunto como de un modo exento es la figura del jinete eléctrico, que nos remite al film de Sidney Pollack protagonizado por Robert Redford y Jane Fonda, y que, más allá del hilo conductor que supone la filmografía de Robert Redford, es el propio yo poético (“soy también el jinete / que hoy llegó para estar en su propio lenguaje”).
En este sentido, debemos destacar que, por debajo de antropónimos y topónimos que nos remiten a la cinematografía y al mundo norteamericano, se esconde una realidad muy cercana a todos nosotros que es abordada por la mirada desengañada y comprometida de un joven ya no tan joven que, como todos sus compañeros de generación, se siente estafado al ver cómo la ineptitud, la corrupción y la falta de valores morales han desintegrado un futuro que parecía halagüeño y que, ahora, más que nunca, se revela inestable. Así, en el poema se entrecruzan, sin caer en lo panfletario, las referencias a la crisis de las instituciones, al descrédito de nuestros representantes políticos, a la vergonzante amnistía fiscal, a los infames recortes sociales, a la interesada anulación del estado del bienestar, a la inmoral privatización de la sanidad y de la educación, al abyecto papel de los bancos en la situación actual, a los ignominiosos desahucios, al desamparo jurídico de los más necesitados, a la denigrante cifra de parados, al inevitable empobrecimiento de las familias -muchas en el umbral de la pobreza-, a las ruines y asfixiantes hipotecas, a la precaria situación del trabajador… en suma, al suicidio colectivo al que se nos aboca sin remisión con tal de mantener el bienestar de los que más tienen y que nos ha hecho retroceder varias décadas. El dolor, por tanto, es la materia de la que está hecho este poema, “porque todo es poesía más allá del desgarro”.
Ante esta crisis de la democracia y del agonizante capitalismo, propone una sociedad basada en la justicia  y que debe “recuperar el primer mandamiento / su caricia total en la fe del paisaje”. Por eso, aunque concluye un fragmento con cierto pesimismo (“en serio vámonos esto ya está perdido / nuestra época ha pasado y es hermoso saberlo”), insta a la lucha cívica: “volveremos a ser nuestro golpe desnudo / y juntos lucharemos por bocanadas de aire”.  Esta reivindicación de la justicia y la libertad es una contienda épica, lo que justifica la enorme presencia de alusiones a la cultura grecolatina, fundamentalmente la Ilíada (“patroclo sin jubón acampa ante el congreso”). De este modo, el poeta contrae un compromiso con la realidad presente, pero sin caer nunca en lo panfletario.

Estamos, sin lugar a dudas, ante el mejor y el más ambicioso poemario del escritor cordobés, donde asume, desde la vanguardia y el 27 español, una tradición que recoge el espíritu heterodoxo de los novísimos y el postismo, al tiempo que intenta hacerse eco de lo que sucede en calle, demostrando que hoy, más que nunca, las categorías en poesía han estallado, con lo que el poeta puede afirmar sin complejos: “hoy voy a darlo todo el idioma o la vida / culturalismo compromiso”.

(Publicado en Cuadernos del Sur, 1 de febrero de 2014, p. 6)

lunes, 3 de febrero de 2014

Culturalismo intimista


Cuando las referencias culturales no resuenan como el desgastado eco de una voz impostada, sino que contribuyen a definir la propia identidad del sujeto poético, se produce la fértil paradoja que sustenta
Una copa de Haendel, de José María Jurado (Sevilla, 1974). En él la cultura no se convierte en el pretexto que sostiene un estéril alarde estético, sino que deviene existencia, formando parte de la misma, al darle un sentido a través de la mirada del sujeto que contempla la realidad y reflexiona acerca de ella. Sobre este principio sostiene todo el libro, desde la dedicatoria inicial, “A la clara memoria de Miguel García-Posada”, hasta el poema final, “La quencia”, dedicado a la misma persona, sin olvidarnos de la sugerente fotografía en la que se nos presenta al escritor delante de una de las estampas más retratadas de la inevitable Venecia, la Torre del Reloj; y es que el verso de Jurado se asemeja a las instantáneas de aquellos a los que nos gusta incorporar en cualquier paisaje o monumento el elemento humano, en un intento de dar testimonio de la persona.
Así, más allá de que a lo largo de los treinta y siete poemas que conforman un todo unitario se sucedan las intertextualidades, las referencias a autores y obras imprescindibles de la literatura universal (Chejov, Thomas Mann, Scott Fitzgerald, Verlaine, Keats, Yeats o Valéry), de la música (la familia Strauss, Schubert, Eduard Elgar, Gershwin, Chopin, Schönberg o Shostakovich) o de la pintura (Caspar David Friedrich, Klimt, Hopper, Juan Gris, Juan Sánchez Cotán, Tiépolo, Rembrandt o Turner), las alusiones mitológicas, históricas, arqueológicas, monumentales o ajedrecísticas…, el poeta consigue hablar “de las cosas sencillas, / en voz baja”, y lo hace a través de la reflexión, creando una emoción compartible por el lector, quien no puede quedar impasible ante el fascinante viaje a su propia interioridad ofrecido por Jurado.
En este sentido, juega un papel clave la memoria, siempre subjetiva, que bucea en el pasado para encontrar los hilos de los que tirar hasta conseguir que el poema adquiera consistencia y rezume un indubitable aire clásico que hunde sus raíces en los Novísimos y en Cántico, destacando por el preciso manejo de la palabra, por la sugerencia de las imágenes, por la sólida arquitectura y por una musicalidad que, más allá de las referencias citadas, se enraíza en un acertado manejo del metro que va desde el verso rimado del soneto al del verso blanco y al poema en prosa. Buena muestra de esto son “Chejoviana”, “Hora de entrada”, “Fragmentos de una tabla de arcilla”, “Después de la lluvia”, “Calendario perpetuo”, “En la tumba de Yeats”.
Con este cuarto poemario, el poeta sevillano, autor de La memoria frágil (Diputación de Cáceres, 2009), Plaza de Toros (La Isla de Siltolá, 2010) y Tablero de sueños (La Isla de Siltolá, 2011), se revela como una de las voces que deben ser tenidas en cuenta dentro de la actual poesía andaluza.

(Publicado en Cuadernos del Sur, 25 de enero de 2014, p. 6) 

viernes, 31 de enero de 2014

Mística de lo humano



Con su cuarto poemario, Yo he querido ser grúa muchas veces, Antonio Praena (Purullena –Granada-, 1973) cristaliza, como ya intuíamos en Poemas para mi hermana (accésit del Premio Adonáis en 2006), una de las apuestas más interesantes y auténticas de la poesía más reciente en nuestra lengua. Este nuevo libro, que ha merecido el XXVI Premio Tiflos de Poesía y que ha sido editado por la editorial Visor, es un ahondamiento en los planteamientos éticos y estéticos propuestos en Actos de amor (XXII Premio Nacional de Poesía José Hierro), donde defiende una poesía que podríamos definir como “mística de lo humano”, en la que se fusionan sin fricciones la cultura posmoderna, las referencias grecolatinas y un hondo humanismo, de base renacentista, que coloca al hombre en el centro del verbo. La empatía con el otro, que ha de ser necesariamente coetáneo, no es una simple impostura sino que deviene un modo de relacionarse con el mundo que le ha tocado en suerte al asumir la entrega incondicional a los demás como vía para encontrar la armonía, e irradia unos versos que nacen de y buscan la emoción con precisión, agilidad y claridad, sin olvidar la sugerencia y la musicalidad.
Se trata, por tanto, de la confirmación de una obra original y arriesgada que integra diversas tradiciones; una poesía en la que lo profundo y lo cotidiano se dan la mano en el poema.

 (Publicado en Cuadernos del Sur, 25 de enero de 2014, p. 7) 
 


lunes, 27 de enero de 2014

"La piel de los extraños", de Ignacio Ferrnado


LA TEMPERATURA DE OTRA PIEL

La piel de los extraños, de Ignacio Ferrando (Trubia –Asturias-, 1972), Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en 2013, corrobora el excelente momento que atraviesa el género en nuestra lengua. Los once cuentos que componen el volumen, dedicado “a los que cierran los ojos”, es decir, a los que no se conforman con lo que son y deciden complicarse la existencia, suponen la tercera incursión del escritor asturiano en la narrativa breve, tras Ceremonia interior (2005) y Sicilia, invierno (2009).
Se trata de un conjunto nada convencional en la medida en que el autor crea unas historias complejas, de una profunda carga conceptual y simbólica, al tiempo que mima la palabra, dando como resultado una prosa cuidada y precisa que encierra en sí misma un enorme poder de evocación. Dichas historias están protagonizadas por personajes en situaciones límite, lo que contribuye a potenciar y agilizar los conflictos, que, en su mayoría, giran en torno al tema de la identidad.
El libro se abre con una pieza magnífica, “Los atardeceres de Tagfraut”, donde un profesor enseña a sus alumnos a viajar a un lugar paradisíaco que, de repente, toma consistencia real y se convierte en una pesadilla para el protagonista. Junto a ella, destacamos “Los sistemas”, el intento estéril de un profesor de reducir la realidad y el inexplicable misterio que la conforma a un sistema de variables que permita predecir el futuro; “Tres violines”, tejido a partir de la desazón del protagonista, que regresa a su pueblo tras un conflicto armado y se encuentra con la sorpresa de que nadie lo recuerda; “Matilda y el hombre del tiempo”, donde, en medio del caos que invade una urbanización de la costa oeste de Estados Unidos ante la amenaza de un tsunami, una pareja decide esperar en soledad el inevitable fin; o “Liberación”, el relato más poético y el que encierra una mayor dureza al contar la historia de supervivencia de una mujer en un campo de concentración nazi y su lucha por conservar la dignidad. Pero de todos, quizás el más conseguido sea el que da título al conjunto, la historia de una pareja que, cansada por la monotonía, decide desconocerse como medio para salvar la convivencia y deciden vivir, durante una tarde a la semana, al margen uno del otro con la intención de recuperar el misterio perdido y la sensación de convivir con alguien a quien no se conoce del todo.

En definitiva, un libro urdido con oficio y con buenos mimbres que no dejará impasible al lector. 

(Publicado en Cuadernos del Sur, 25 de enero de 2014, p. 7)

jueves, 23 de enero de 2014

'Música tenaz", de José Martí

Su labor como político y líder intelectual de la independencia cubana, así como sus escritos periodísticos, han oscurecido la producción poética de José Martí. A este olvido ha contribuido también el hecho de que, en vida, tan solo publicase dos breves poemarios que pasaron casi desapercibidos en la época: Ismaelillo (1882), una obra plenamente modernista aparecida seis años antes que Azul de Rubén Darío, y Versos sencillos (1891). De toda su producción inédita destaca Versos libres, superación de la encorsetada apuesta modernista que, callando más de lo que dice, plantea una poesía más trascendente, capaz de bucear en la realidad concreta en la que el yo poético vive. Y aquí radica la novedad que Martí -conocedor de nuestra tradición y de la literatura clásica, pero también de los poetas norteamericanos, franceses, ingleses y alemanes coetáneos- aporta a la lírica hispánica. Consciente de la necesidad de renovar una poesía anclada en una retórica manida, los poemas del poeta habanero, nacidos de una angustia existencial íntima, tienen la intención de provocar extrañeza en el lector, para lo que recurre al uso del verso blanco, a una sintaxis distorsionada -fruto de la complejidad emocional del yo poético y de la dificultad de reducirla a palabras-, al uso de imágenes carentes de coherencia racional, a la sorprendente desconexión temática entre las partes del poema y a las inesperadas inflexiones coloquiales.

La antología Música tenaz (Renacimiento, 2013), título tomado de un verso de Martí, es una buena ocasión para acercarse a un poeta aún no suficientemente valorado. 

(Publicado en Cuadernos del Sur, 21 de diciembre de 2013, p. 7)

domingo, 19 de enero de 2014

Vida y muerte. 'Sarajevo', de Sarajlic

Hace diez años que la desaparecida colección lucentina 4 Estaciones editó por primera vez en España la poesía de Sarajlic (Doboj, 1930 – Sarajevo, 2002). La antología, titulada Una calle para mi nombre, corría a cargo de Juan Vicente Piqueras. Ahora, la editorial Valparaíso recupera al poeta bosnio más importante y traducido del siglo XX. Bajo el título de Sarajevo, el granadino Fernando Valverde, quien ha contado con la ayuda de Sinan Gudzevic, selecciona y traduce los poemas nacidos de la contemplación de los horrores de la guerra  -en su mayoría, pertenecientes al libro más conocido del autor eslavo, Diario de guerra de Sarajevo .
Los textos recogidos tienen, por tanto, una dimensión vivencial, pues al hecho de que Sarajlic decidiese quedarse en la capital bosnia durante los casi cuatro años de cerco hay que añadir que concibe la creación artística como una prolongación de la vida; semejante condición los vuelve aún más desgarrados y conmovedores.

La presencia constante de la muerte, convertida en una inquietante compañía, y la espera del inminente fin hacen más intensa la vida. Aquí radica gran parte de la fuerza de las imágenes de un poeta que, con un tono narrativo, consigue cincelar unos poemas estremecedores que, más allá de la infamia, la sinrazón y la crueldad de la guerra, ahonda en la importancia de los pequeños detalles cotidianos, de la amistad y de los afectos, del cálido contacto del cuerpo y de la palabra amiga; un poeta que sabe volar por encima de la muerte y encontrar en ella misma una afirmación de la vida.

(Publicado en Cuadernos del Sur, 18 de enero de 2014, p. 7)