lunes, 24 de diciembre de 2018
jueves, 13 de diciembre de 2018
JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ: POETA DE LA EXISTENCIA
También vivir
precisa de epitafio. Antología poética (1983-2017), recientemente publicada
por Chamán Ediciones, viene a sumarse a otras tres selecciones de la poesía de
Javier Sánchez Menéndez (Puertorreal, 1964) aparecidas en los últimos siete
años, evidenciando el interés que suscita la obra del poeta, ensayista y
editor, fundador de la editorial La isla de Siltolá: Faltan palabras en el diccionario (Madrid, Libros del Aire, 2011), Por complacer a mis superiores (Sevilla,
Ediciones en Huida, 2014) y Cuarenta y
tres poemas (Colombia, Gamar Editores, 2014). Ahora bien, lo que distingue
a la que nos ocupa de las precedentes es el rigor y la solvencia del antólogo,
José Luis Morante, quien, además de firmar un esclarecedor prólogo, realiza una
acertadísima selección de textos.
Convencido de que toda su obra es un único poema,
reescrito a lo largo de más de tres décadas, el escritor puertorrealeño, lector
inquieto y exigente, que ha configurado una voz propia a partir de una
tradición nutricia, apuesta por una poesía que convierte al yo en materia –aunque
no exista vinculación entre el yo poético y el personal, merced al proceso de
decantación de las palabras en el cajón- de unas composiciones que nacen del
merodeo en torno al desconcierto y de la fuerza fertilizadora de la mirada
extraviada, capaz de ver más allá de la realidad. En este sentido, aunque el
poema pueda surgir a partir de una experiencia anecdótica, filtrada por la
cultura literaria del autor, es la observación reflexiva la que consigue unir emoción
y concepto, sugerencia y hondura, siendo este el límite en el cual lo escrito se
convierte en sacudida, en electrocardiograma de un latido que busca la esencia
del mundo.
En su “opera prima”, Motivos
(Moguer, Ayuntamiento de Moguer, 1983), se vislumbra una voz singular dentro de la
poesía española de los primeros años ochenta, sustentada en un proceso de
ahondamiento y depuración para llegar a lo esencial de la propia existencia.
La defensa de esta singularidad frente a la dominante “poesía
de la experiencia” es más evidente en Derrota
y muerte a los héroes (Valencia, Abalorio, 1988), su libro más
culturalista, escrito desde la conciencia de la opresión que la sociedad ejerce
sobre un yo íntimo.
En 1991 se produce un salto cualitativo, marcado por la publicación
de dos libros: El violín mojado
(Barcelona, Seuba, 1991; segunda edición, Madrid, Libros del Aire, 2013) e Introducción y detalles (Madrid,
Betania, 1991). Tomando como sustrato el amor, el poeta articula el primero como
un único poema fragmentado y explora, de la mano de Nicanor Parra, el verso
libre, cuya cadencia enunciativa le permite indagar en las contradicciones del
sujeto enunciador y en la inestabilidad de una historia de amor.
En esta misma línea escribe Última cordura (Madrid, Betania, 1993), que, junto con los dos
anteriores volúmenes, conforma un interesante e intenso tríptico sobre el amor,
concebido desde la perspectiva de que “el
amor como el aire llena al hombre de humo”.
Pero el carácter efímero de la existencia y del propio
ser se impone. De la cruel y terrible constatación de la nada que somos y del
vacío que nos espera brotan los poemas de La
muerte oculta (Córdoba, Ateneo de Córdoba, 1996; segunda edición, Sevilla,
Vitela, 2014), cuyo desengañado título se sustenta en la revelación y en la celebración
de la herida, fuente de creación y vida.
Definida una poética fundamentada en una profunda
erudición y en un culturalismo vivencial, que acude al trayecto biográfico
propio como fuente inagotable de materia prima, Sánchez Menéndez siente la
necesidad del silencio para crecer y profundizar en las líneas de fuga planteadas.
Así, en 2011, tras quince años, ven la luz dos poemarios: Una aproximación al desconcierto (Sevilla, S.M. Libros, 2011) y Cartoons (Sevilla, La isla de Siltolá,
2011).
Una aproximación al
desconcierto aborda la confusión de la que nace su poesía con la mirada maravillada
de quien desconoce el mundo. El libro se reeditó meses después con abundantes modificaciones;
sin embargo, en palabras de Morante, “la renovada versión destila una perspectiva
estética continuista. A pesar del silencio no hay rupturas en el corpus
múltiple de la obra.”
Cartoons, por
su parte, no es un simple juego culturalista postmoderno, sino que supone una exploración
de las contradicciones que sustentan la existencia humana, tomando como motivo
algunos personajes de dibujos animados.
En el breve poemario Perdona
la franqueza (Córdoba, Detorres editores, 2015) vuelve al versículo del creador
de la “antipoesía”, cuya huella es evidente, además, en el uso de la ironía, en
la dicción y en el sustrato emocional. El verso libre marca el ritmo del
pensamiento del discurso al tiempo que sirve para explorar, de modo
fragmentario, la realidad.
La penúltima estación es El baile del diablo (Sevilla, Renacimiento, 2017), escrito entre
2004 y 2017, donde se traza el itinerario de un hombre que contempla con
sorpresa lo que le rodea –aunque acuda, como contrapunto, al paraíso perdido de
la infancia- y decide dar testimonio de sus dudas y de su fragilidad.
Se cierra el conjunto con cuatro
poemas “de un libro inédito en preparación”, con lo que se refuerza la idea de
obra en marcha y se cumple con el objetivo propuesto por el editor de la presente
antología, que “pretende ser una guía suficiente
del recorrido poético de Javier Sánchez Menéndez entre 1983 y 2017”, mostrando
la orografía de una poesía nihilista y desencantada, austera y directa, irónica
e inconformista, que nace de la contemplación asombrada y reflexiva para
adoptar un molde narrativo -aunque sin abandonarse a la coloquialidad- y que
descree de verdades inamovibles, por lo que muestra, más que las respuestas,
las dudas y las preguntas que sostienen la existencia, fundamentadas en la
intuición de la verdad última: “detrás de todo no hay nada”.
(Publicado en Cuadernos del Sur, 1 de diciembre de 2018, p. 6)
Autor: Javier Sánchez Menéndez
Título: También vivir precisa de epitafio
Editorial: Chamán Ediciones
Año: 2018
Autor: Javier Sánchez Menéndez
Título: También vivir precisa de epitafio
Editorial: Chamán Ediciones
Año: 2018
viernes, 7 de diciembre de 2018
El poema, acto de resistencia moral. Basilio Sánchez
Un poema único compuesto por cuarenta y ocho fragmentos que, de una forma alegórica y utilizando como hilo narrativo el amor entre dos jóvenes, reflexiona sobre la entereza y la perseverancia como únicas maneras de sobrevivir al extravío ético de nuestras sociedades actuales». Con estas palabras, sacadas de las «Notas y agradecimientos» finales, define Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) su último poemario, Esperando las noticias del agua, recientemente editado por la editorial valenciana Pre-Textos dentro de su prestigiosa colección La cruz del sur.
Con tal intención, el poeta despoja el poema de cualquier coordenada geográfica y temporal y construye «un escenario mítico», a partir de un profundo proceso de indagación en las entrañas del desaparecido paisaje rural de la infancia. Semejante regreso a los orígenes es un acto de resistencia moral frente a la intemperie de la sociedad actual, en la medida en que pretende encontrar modos de estar en el mundo que ayuden a superar las grietas sobre las cuales se cimenta. Para ello, el yo poético inicia una incierta búsqueda, con el único asidero de la palabra, por los márgenes propios, asomándose al precipicio interior para tantear las preguntas que dan sentido a su existencia y abrirse, inmediatamente, al exterior, consciente de que solo puede ser definido a partir del otro, que actúa como espejo capaz de dar, de la manera más ajustada posible, su medida, y a partir de los vínculos sobre los que se levanta una relación dialógica.
En este sentido, la creación de los dos jóvenes enamorados y el empleo de la tercera persona -que convive en armónica polifonía con la primera e, incluso, con la segunda- permiten un decir plural, que desborda el ámbito de la intimidad individual para alcanzar una intimidad compartida, con lo que el discurso queda abierto a la alteridad y deviene experiencia colectiva.
Y es, precisamente, en esta dimensión de la palabra, donde radica la profunda humanidad que irradian los versos del poeta cacereño. Versos, cabría añadir, de alguien que ha aprendido a mirar con el asombro necesario los pequeños detalles que lo rodean, para fundirse con lo mirado a través de la meditación y destilar lo observado en materia poética.
Este decir es concebido como un susurro al oído, una reflexión a media voz, en la cual el lector se reencuentra con una palabra germinal, nacida del interior del propio ser que la genera y, por tanto, libre de las connotaciones sociales, ideológicas, históricas o culturales que la han ido erosionando. Tan solo desde esta palabra, despojada de excesos verbales, con la que se podrá nombrar de un modo diferente el mundo y, en consecuencia, crearlo, se pueden tener noticias de un agua que purifica y salva, convirtiéndose en horizonte y trinchera, linde y confluencia, refugio y abismo.
(Publicado en Cuadernos del Sur, 1 de diciembre de 2018, p. 7)
Autor: Basilio Sánchez
Título: Esperando las noticias del agua
Editorial: Pre-Textos
Año: 2018
Autor: Basilio Sánchez
Título: Esperando las noticias del agua
Editorial: Pre-Textos
Año: 2018
sábado, 10 de noviembre de 2018
Entrevista en "Piezas", de Canal 54
El pasado 23 de octubre, el nuevo programa cultural de Canal 54 Pozoblanco, "Piezas", que pretende dar a conocer a los creadores de nuestro municipio, emitió su segunda entrega, dedicada a Rafael Sánchez y a un servidor. Aunque cada vez que me veo y me oigo, siento la incomodidad de quien se enfrenta a otro yo, a un impostor, a un alter ego desconfiado, os dejo el vídeo. No sin cierto pudor.
martes, 6 de noviembre de 2018
Amor y muerte, condena y redención
La
concesión de un accésit del prestigioso premio Adonáis a Enemigo íntimo en 1959, y su publicación al año siguiente en la
mítica colección intonsa de Rialp, supusieron el pistoletazo de salida a uno de
los escritores más prolíficos, reconocidos y reconocibles de la segunda mitad
del siglo XX. Cuando apenas queda un año para que se cumpla el quincuagésimo aniversario
de la salida de las prensas de un libro considerado casi de culto por los
lectores más inconformistas del afamado autor cordobés nacido en Brazatortas, sus
perfiles se delinean con mayor nitidez y justicia, en la medida en que el
conjunto, más allá de haber perdido actualidad, ha ganado en consistencia; no
en vano, ha sido reeditado en tres ocasiones –en 1992 por Ediciones La Palma,
en 1999 por Planeta y en 2012 por Vitrubio-, con buena acogida por parte de
público y de crítica.
Pese a la
brevedad de su obra poética, no me parece arriesgado definir a Antonio Gala
como poeta, pues el temblor, el ritmo, la emoción, la plasticidad y la
sensualidad de sus poemas impregna toda una producción literaria que, en
palabras de José Infante, es “múltiple,
brillante y decididamente poética”, pues “la poesía es la nuez alrededor de la
cual ha ido construyendo todos y cada uno de sus libros, la que está en el
centro de su cosmovisión y de la forma de transmitirla a los demás.” En este sentido, debemos afirmar que el resto de su
producción no puede ni debe entenderse sin su poesía, germen y andamiaje de un
universo creativo propio, como él mismo declara entre líneas, con su característica
lucidez: “Todo es poyesis, todo es creación dócil. Una creación que, como un
líquido, toma la forma del recipiente en que se vierte, y es tal forma lo que
diferencia unas artes de otras. Quizá la más difícil de todas, la más alta
–también la más humilde-, sea la poesía: una manera de creación que estriba en
la cristalización del líquido vertido, o en su evaporación, que lo convierte en
un gas teñidor de su entorno. (…) La poesía puede muy poco más que ser sentida,
que ser participada o compartida. Porque no reside en la rima ni en el ritmo,
ni siquiera en las palabras, sino en el estremecimiento que suscitan: es lo que
está en el beso y no es el beso.”
Aunque
incomprensiblemente oscurecida por su producción teatral, periodística,
novelística y guionística, es en este género donde el creador vuela más alto,
en plena libertad y en total comunión consigo mismo, con la palabra y con las
grietas en las cuales se incardina su existencia. Sin embargo, y pese a la
corriente de reivindicación actual, sus versos aún no gozan de la valoración
que se merecen por parte de amplios sectores de la crítica. En esta injusta
apreciación tal vez influya el hecho de que hayan permanecido inéditos, en gran
parte, por su pudor para compartirlos con los demás, al considerar este acto
como una suerte de “estriptis emocional”.
Pese a que
el que el propio Gala, acudiendo al tópico de la “excusatio”, lo defina como un
libro de poemas de la adolescencia, “de una adolescencia más reflexiva,
desalentada por la búsqueda afanosa de la que no está ajena cierta divinidad”,
lo cierto es que en su “opera prima”
aparece el poeta de cuerpo entero, en
plenitud identitaria, un orfebre inconformista que busca la belleza a través
del lenguaje y que, mediante un profundo proceso de introspección, ahonda en
sus propias fisuras para abordar temas como el amor, la muerte, el ansia de
plenitud, el desamor o la soledad. Tal vez, en semejante afirmación subyazca el
hecho de que esta obra nació de una profunda crisis personal. El joven poeta
establece una lucha íntima para definirse que lo lleva a abandonar, cuando
tenía muy cerca la posibilidad de aprobarlas, las oposiciones de abogado del
Estado, a las que se había visto abocado más por complacer a su padre que por
auténtica convicción. Como consecuencia de la convulsión interna experimentada,
decide retirarse a la vida monástica en la Cartuja de Jerez de la Frontera y
acudir a la palabra escrita como instrumento de introspección y
autoconocimiento. Fruto de esta estancia, surge una obra de hondas raíces
grecolatinas, escrita al margen de las tendencias dominantes en la época,
aunque se aprecie en ella la huella del grupo Cántico, entroncada con cierta
tendencia al barroquismo, que, en ningún
momento, se encuentra reñida con el tono meditativo y recogido del poema.
A lo largo
de los veinte poemas, escritos en cuidados versos blancos –heptasílabos y
endecasílabos-, se despliega toda una geografía del amor. El amor es un anhelo
irrenunciable del ser humano. Pese a su condición incomprensible e
inexplicable, se conforma como una vía de entrada en uno mismo (“quiere el
amante a sí reconocerse/en el amor, igual que en un espejo,/sin saber que él es
otro espejo en manos/de otro amante, que a sí mismo se busca.”), convirtiéndose
en un acto de purificación, un sacrificio, para lo cual necesita de una víctima
propiciatoria: el mismo amante. Ante el amor nada puede, no hay voluntad
posible contra él, con lo que el amante queda a merced del amado, transformado
en deseo y enemigo: “Bien sabes, enemigo/mío, que no soy yo el ardiente
crimen/que cometo. Tú has sido quien me impuso/el puñal y la mano,/que no
logran rendirse a tu implacable/amor”.
De este
modo, se aproximan los conceptos de amor y muerte, coordenadas cartesianas de
un hombre (“la vida y el amor transcurren juntos/o son quizá una
sola/enfermedad mortal”) que, en su desesperación, los identifica: “Y dónde
estás, entonces,/amor, tú, muerte, tú, Enemigo íntimo.” El amante arde en
deseos y, en ausencia del amado, se siente exiliado “de aquel reino,/inmediato
y distante, donde es todo/ claridad: no respuesta/sino entregada ausencia de
preguntas.” La ausencia, pues, provoca una herida profunda que lo lleva a una
suerte de autoinmolación en la medida en que el amor deviene búsqueda continua,
no hallazgo: “Buscarte y no encontrarte, mi enemigo/íntimo es el amor”. Solo
así se entiende que el deseo de unidad en el amado sea la mayor aspiración posible,
a la que consagra sus desvelos: “seremos uno” porque “antes éramos uno y todo
quiere/la unidad”. Y es, precisamente, en este camino de busca cuando el amor,
que es condena, se convierte en redención e implica la resurrección del amante:
“al final de una savia prolongada/una pausada sangre,/brota la espiga, desde/la
simiente enterrada.”
Dicho esto,
creo que Enemigo íntimo, aunque no
esté a la altura de El poema de Tobías
desangelado, es su libro más atractivo. Semejante afirmación, aunque
motivada en parte por la intimidad y confianza sobre la que se sustenta la
relación entre lector y obra, está cimentada en los propios valores literarios
–tanto de estilo y de tono como de manejo del léxico y del metro, sin olvidar
el uso inteligente de la imagen- y en el hecho de que en él se contienen muchas
de las líneas de fuga a partir de las cuales el escritor cordobés construye el
resto de su obra dramática, narrativa y, cómo no, poética.
(Publicado en Cuadernos del Sur, el 3 de noviembre de 2018, p. 10)
miércoles, 24 de octubre de 2018
Diversos rostros, una misma mirada reflexiva
En silencio. Alejado de las modas del momento. En los
márgenes del canon. En Córdoba. Ese es el ámbito en el cual Francisco Gálvez
(Córdoba, 1945) ha ido cincelando una voz genuina desde su debut con Los soldados en 1973, el mismo año en que fundó junto a José Luis Amaro y Rafael
Álvarez Merlo la revista Antorcha de paja,
hasta hoy.
Justo ahora que se cumplen cuarenta y cinco años de la
publicación de aquel poemario en El toro de barro, aparece en la prestigiosa
editorial valenciana Pre-Textos, dentro de su colección La cruz del sur, Los rostros del personaje (Poesía 1994-2015),
una extensa e intensa antología de sus últimos libros, que viene a ser una
continuación de Una visión de lo
transitorio. Antología poética 1973-1997, editada por Huerga y Fierro en
1988. Si en aquella ocasión se seleccionaban textos de sus primeros seis
poemarios -Los soldados (1973), Un hermoso invierno (1981), Iluminación de las sombras (1984), Santuario (1986), Tránsito (1994) y El navegante
(1995)-, en el presente volumen se destacan de los cuatro siguientes: El hilo roto. Poemas del contestador
automático (2001), El paseante
(2005), Asuntos internos (2006) y El oro fundido (2015). Además, vuelve a
incluirse Tránsito, reeditado en 2008
por la Diputación de Málaga en su reputada colección Puerta del mar, con
prólogo del añorado Eduardo García. Tal inclusión, pese al conflicto temporal
que provoca entre ambas antologías y pese a
difuminar la importancia de El
navegante, se sustenta en su concepción nuclear; no en vano, supuso una
nítida definición de su poética, al tiempo que marcó un nuevo itinerario,
caracterizado por una mayor amplitud temática, tonal y formal, mostrando al
poeta de cuerpo entero, en plena madurez. Semejante punto de inflexión vino
acompañado del acceso a algunas de las mejores editoriales del país
-Pre-Textos, donde han aparecido El hilo
roto y El oro fundido, e
Hiperión, en la cual vio la luz El
paseante, después de haber conseguido el Premio Ciudad de Córdoba “Ricardo
Molina”- y, por consiguiente, de una mayor atención por parte de la crítica.
Pero más allá de la justificación del propio antologado, quien afirma en la
“Nota del autor” que lo incluye “al considerar que es enlace entre un período y
otro, y principio de otro momento”, la presencia de algunos de los poemas con
los que consiguió el Premio Editorial Anthropos en 1994 permitirá al lector que
no lo haya leído con anterioridad hacerse una representación cabal de los
caminos explorados y del alcance de la travesía iniciada, a la par que muestra
el convencimiento de Gálvez de que toda evolución se produce siempre dentro de
una profunda continuidad, como puede observarse en la heterogeneidad de tonos y
temas que configuran cada uno de sus poemarios.
Los rostros del
personaje (Poesía 1994-2015) acaba de ver la luz precedido de un breve pero
certero prólogo firmado por Vicente Luis Mora, “Rostros en serie. La poesía de
Francisco Gálvez”, en el cual el crítico cordobés desgrana algunas de las
claves de la lírica galvesiana, así como el alcance de la misma y su relación
con la joven poesía cordobesa de los 90.
El acertadísimo título del volumen, tomado de una de las
partes de su más reciente poemario, El
oro fundido, coloca al lector frente al tema que sustenta su producción,
sobre todo, a partir de El paseante y
su afortunado ascendente El navegante:
la problemática del sujeto enunciador. Convencido de que el interés del poema
ya no está exclusivamente en el enunciado en sí, sino en el acto de habla que
supone, con lo cual involucra a un emisor y a un destinatario, el autor crea, a
lo largo de diez libros y de varias plaquettes,
una amplia y variada colección de
personajes poéticos, formados “de un rostro y otro sucesivo”, más o menos
alejados de su voz, que escudriñan lo cotidiano. De todas las máscaras elegidas
para que el ejercicio de definición sea fértil, la tercera persona ha sido la
más utilizada, al posibilitar un decir plural que desborda el ámbito de la
propia intimidad para alcanzar una intimidad compartida, con lo que la anécdota
individual deviene experiencia colectiva. De este modo, ante el espejo de lo
otro, que engendra al “yo” en un incuestionable acto de responsabilidad, este
puede iniciar un camino de conocimiento que le conduzca a tomar conciencia de
sí mismo, de sus límites y de sus grietas, de sus anhelos y de sus
frustraciones… El discurso queda abierto, así pues, a la alteridad, que
adquiere una importancia axial. Solo desde la asunción de esta relación
dialógica es posible la construcción de un yo poético imbricado en el otro. En
mi opinión, esta es la gran aportación de El
hilo roto. Poemas del contestador automático, un libro que, más allá del
posible deslumbramiento provocado por la presencia del motivo de la telefonía,
muestra la incomunicación y la soledad características de nuestra sociedad
actual, al tiempo que ahonda en la depuración, precisión y sugerencia del
discurso lírico.
Junto a este, los otros dos grandes núcleos temáticos de
toda su producción poética son la importancia de la mirada y la conciencia del
paso del tiempo. Para nuestro escritor, el poema es el espacio donde se produce
el desvelamiento de lo concreto y, paralelamente, el cambio de estado de la
experiencia en la palabra, de la reflexión en la emoción; y, para conseguirlo,
el discurso debe nacer de lo cotidiano, de momentos en apariencia
insignificantes que han de ser observados con precisión para bucear no tanto en
el hecho preciso, sino en los márgenes del mismo, donde se produce el asombro
necesario para que el acto de mirar fertilice lo contemplado y tenga lugar, más
allá de la simple apariencia, la revelación del enigma que sustenta el
engranaje azaroso de nuestra existencia. Así, el poema deviene la mirada de
quien escribe, pues su objetivo es hacer más visible lo visible, hacer que la
realidad se despliegue mediante el lenguaje poético y sea, por tanto, más
realidad.
En consecuencia, la dicción tiene que ser sobria y estar
sustentada sobre una sintaxis precisa y calculada, con una cuidada combinación
de metros blancos -que no tiene inconveniente en romper siempre que la
necesidad expresiva lo requiere-. Esta es la estructura ósea de un discurso
poético tejido entre la sutileza y la sugerencia como vía para activar el
pensamiento del lector. Sin perder de vista esta premisa, en los últimos
poemarios se atreve a experimentar con la puntuación, con el versículo e,
incluso, con el poema en prosa, en el cual encuentra el instrumento adecuado por el que hacer
discurrir el pensamiento de manera ordenada y progresiva. En este sentido, la
palabra galvesiana no descansa ni en la metáfora ni en la imagen, sino en la
observación y en la verbalización de la misma, con la intención de insinuar al
lector el misterio sobre el que se levanta el complejo andamiaje de la
cotidianidad.
El paso del tiempo, por su parte, ha sido abordado a través
de distintos motivos. Desde un inicial interés por la fugacidad, la pérdida o
la ausencia, Francisco Gálvez profundiza, con rigor y solvencia, en el motivo
del tránsito, que, según Eduardo García, alude a “la conciencia de la continua
transformación del mundo”, dando como resultado el poemario homónimo, que, en
palabras del escritor cordobés nacido en São Paulo, es una de los escasas
muestras de poesía metafísica existentes en nuestra lengua. Una vez asumido el
cambio continuo, el sujeto decide mirar con serenidad al pasado, a la memoria,
a la ausencia y al dolor sosegado provocado por ella, actuando la mirada de
cauce para el pensamiento, como se aprecia en algunos poemas de Asuntos internos y, sobre todo, en El oro fundido, donde se funde y
confunde con la realidad observada, al tiempo que realiza un ejercicio de
rememoración que no excluye la atención al presente, la reflexión sobre el
tiempo, la afirmación de la vida o la preocupación por la muerte.
En Los rostros del personaje (Poesía 1994-2015) se resumen, pues, algo más de veinte años de creación de un poeta que "no es todo lo conocido que merece", en palabras de Vicente Luis Mora, con quien coincidimos en el deseo de que la presente recopilación contribuya a que su obra alcance la difusión merecida. En este sentido, estamos convencidos de que la exhaustiva selección de textos, que respeta la estructura orgánica de cada libro al incluir las citas y mantener las partes en que se articula, servirá para que el lector se haga una idea bastante certera del alcance de una poesía concebida como un continuo ejercicio de resistencia, de honestidad y de compromiso con la palabra.
(Publicado en "Cuadernos del Sur", el 6 de octubre de 2018, p. 7)
Autor: Francisco Gálvez
Título: Los rostros del personaje
Editorial: Pre-Textos
Año: 2018
Autor: Francisco Gálvez
Título: Los rostros del personaje
Editorial: Pre-Textos
Año: 2018
lunes, 1 de octubre de 2018
Intensidad emocional: los aforismos de Luis Rosales
“El título de este libro no es una palabra, sino un signo o,
leído en posmoderno, un emoticono. Véanlo: […].
El subtítulo “Aforismos extraídos” y el autor, Luis Rosales, explican mucho
mejor su contenido: se trata de una colección de aforismos seleccionados de la
obra poética del estremecido autor de La
carta entera.”
Con estas palabras comienza Enrique García-Máiquez “La vida
es lo junto”, el breve pero clarificador prólogo de esta extensa e intensa
selección de aforismos que acaba de ver la luz en la editorial sevillana La
isla de Siltolá. En ellas se intuye el riesgo de la empresa: el poeta granadino
no escribió ni un solo aforismo; sin embargo, el tono sentencioso y la
profundidad de pensamiento de su poesía le han allanado el camino al editor,
que ha espigado aquellos fragmentos y versos que, representando el mundo
poético del autor, destacan por “su potencia expresiva y su intensidad
emocional”.
En este sentido, “el aforismo rosaliano cumple una
voluntaria función estrictamente poética”, en la medida en que contribuye a
marcar el ritmo del verso libre, dándole intensidad y haciendo que pensamiento
y emoción confluyan y se condensen en un metro que se alarga como en ningún
otro poeta coetáneo.
La lectura de estos fragmentos, en los que se abordan temas
como la identidad, el amor, la mirada, la creación poética, el lenguaje o el
tiempo, es entrar en una puerta giratoria que puede llevar o bien a la poesía
sin límites de Rosales o bien a una relectura celebrativa y gozosa de algunos
de sus versos más significativos, e, incluso, puede actuar como eje sobre el
cual el lector va y viene a uno de los poetas más grandes de la posguerra, cuya
obra siempre es refugio o casa encendida.
[…] Aforismos extraídos
Autor: Luis Rosales
Editorial: La isla de Siltolá, 2018.
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